Diez niños y niñas saharauis disfrutan del verano con sus familias de acogida del Bajo Aragón Histórico
Pasar el verano en el desierto del Sáhara, conocido como el desierto de los desiertos debido a que, entre otras vicisitudes, en los meses estivales los termómetros llegan a sobrepasar los 50 grados centígrados-, no es el mejor plan para nadie. Pero sobre todo, no son las condiciones deseadas para ningún niño o niña que se encuentre en la edad en la que la única preocupación debería ser salir a jugar con libertad despojados de toda cicatriz de guerra.
Precisamente por ello, para que los más pequeños puedan disfrutar de unas «Vacaciones en Paz», la asociación Acción Solidaria de Ayuda al Pueblo Saharaui (ASAPS) organiza en el Bajo Aragón desde hace más de 22 años este programa estival. Gracias a el, los niños de 7 a 12 años dejan atrás sus Campamentos de Refugiados argelinos durante los meses de julio y agosto con el fin de pasar un verano feliz con sus familias de acogida en diferentes localidades de todo el Bajo Aragón Histórico.
Este año son diez los jóvenes que el pasado miércoles 27 de junio hicieron sus maletas para coger con ilusión un avión con rumbo a Zaragoza, localidad en la que fueron recibidos por sus familias de acogida, ellas todavía con más nervios que los pequeños, procedentes de Albalate del Arzobispo, Utrillas, Monreal del Campo, Calanda, Alcorisa, Aguaviva, La Ginebrosa, Cretas y Mas de las Matas.
Ocho de los diez niños ya conocían el territorio puesto que repetían la experiencia y familias. Un número de participación que, a lo largo de los últimos años, ha caído «en picado», como informaba la coordinadora de ASAPS en el Bajo Aragón, Pilar Mindán. «Recuerdo que en el año 2008 llegamos a tener a 55 niños». El porqué del descenso se convierte en un interrogante para Pilar puesto que es la asociación la que se encarga de solicitar las ayudas para costear los billetes de avión. «Las familias solo nos encargamos de la alimentación, no es un gasto importante», añade mientras mira de reojo a Mohamed, de 12 años. Desde hace tres cambia su campamento de Smara para pasar los verano con Pilar y su familia en Calanda y, desde el primer momento, es un calandino más. «Se lleva muy bien con Mario, para él es su hermano mayor», explica mientras le hace muecas en la distancia al pequeño e inquieto Mario que juega al fútbol sin parar con su nuevo «hermano mayor».
Leslifa y Mohamed celebran un cumpleaños muy especial. Algo a lo que no están acostumbrados en sus casas.
Pilar lleva 10 años acogiendo niños incluso ha visitado en varias ocasiones los campamentos ubicados en Smara y Dahla, cercanos de Tindouf (Argelia). Tocando la arena ha podido comprobar de primera mano las condiciones extremas en las que viven. «No tienen agua, ni árboles. Viven en tiendas de campaña hechas de adobe con tejados de hojalata». Es por eso que cada verano participa de manera muy activa en el programa y confía en que en próximas ediciones muchas más familias se sumen a una iniciativa que ha perdido fuerza y que, si sigue esta tendencia, corre el riesgo de desaparecer. «Está en nuestras manos que se aparten del desierto puro y duro. Ningún niño debería vivir en esas condiciones», explica.
La historia con nombre y apellidos de Mohamed se suma a otras diez escenas de alegría, celebración y tranquilidad como la de Leslifa Lahsan, un joven de 13 años que tampoco es nuevo en el territorio puesto que ha participado durante cuatro años en el programa y, después de vivir con una familia en Alcorisa, ahora disfruta de su tercer año con Ángel Vicente Monforte y su numerosa familia. Precisamente celebró por tercer año consecutivo las velas de su cumpleaños, en esta ocasión para festejar los 13 años.
Los trece años es una cifra que prácticamente no celebra ningún niño del Sáhara puesto que el programa pone el límite de edad en 12 años pero, debido a un problema de visión, la organización ha aumentado el periodo para que el joven pueda acceder a una asistencia médica inexistente en los campamentos. De esta manera se cumple así con uno de los elementos claves del programa ya que fruto de esta asistencia, se valora el estado de salud y se toman las medidas necesarias para su mejora, tanto durante su estancia en territorio, como a la vuelta con sus familias, como explicaba Ángel, quien envió el año pasado el presupuesto necesario para que Leslifa pudiera solucionar sus problemas de visión generados por 12 dioptrías. «El primer año que vino no llevaba gafas. Se había acostumbrado a tener trucos para poder tener algo de visibilidad», explica Ángel mientras recoge las tazas de chocolate y los trozos de tarta que habían sobrado tras la celebración de cumpleaños a la que asistieron la cuadrilla de amigos que cada verano, al igual que la familia de acogida, esperan con ilusión la llegada de Leslifa
«Desde el primer día que llegó le vinieron a buscar todos sus amigos», relata la madre de Ángel que, como buena abuela, solo tenía palabras de orgullo para Leslifa. Y es que, no es para menos. En cuanto se establece contacto con estos jóvenes se comprueba al instante la inocencia, ilusión, inquietud e inteligencia puesto que, con tan solo tres veranos en España, tanto Leslifa como Mohamed pueden entablar perfectamente una conversación en castellano, otro de los objetivos marcados por la asociación. Ambos explican con naturalidad que lo mejor del verano es jugar al fútbol. Los dos son incondicionales del Fútbol Club Barcelona y cada día mejoran su técnica en el campus de Calanda. Por la tarde, después de la piscina, llega el momento de «salir a la fresca», sin duda el mejor plan para disfrutar de la brisa que se respira en las paz del pueblo.







