Sentado al más puro estilo Dalí muestra la última obra en la que está inmerso. Es la Sagrada Familia en gran formato y le ha incluido la cruz que hace un mes le incorporaron a la torre más alta. Con un español más que aceptable, aunque con el que dice que todavía no se siente muy seguro, el belga explica su admiración por diferentes artistas españoles. Es uno de los motivos que trajeron al país a Nils Van der Linden hace ya más de seis años y se instaló en Maella.
Nació en 1987 en Grammont, Bélgica, y estudió Bellas Artes en Brujas y Gante, donde se licenció. También estudió fotografía en Amberes y a lo largo de su vida ha experimentado con diferentes técnicas, pero su preferida es el dibujo por ser la «expresión más directa, fundamental y honesta». Tras varias series en carboncillo y lápiz, hace diez años cogió el bolígrafo BIC. Los gasta a pares, sobre todo, el azul que a veces combina con el negro.
No se siente capaz de traducir sus obras a horas de trabajo. Va haciendo, pero sí admite que no encuentra la tranquilidad hasta un punto determinado del proceso. Si es un paisaje, hasta que no está encaminado más allá de la mitad, no se relaja. «Si es un retrato, hasta que no tengo los ojos, la boca y consigo la expresión, no me relajo. A partir de que consigo eso ya lo disfruto», dice. Todo le inspira, todo en su entorno es susceptible de despertarle un sentimiento y una emoción.
Una gran fuente de inspiración es el modernismo, corriente que abunda también en Bélgica y por la que tiene interés; y también el surrealismo le gusta. «Miró, Dalí… Me encantan, pero mi interés es infinito, me gustan de todas las épocas, también Velázquez, por ejemplo», admite. No obstante, él suele atenerse a la realidad cuando dibuja. Maneja con una maestría impecable los bolígrafos, y recuerda que en la zona no es el único y destaca las obras de Alberto Rodríguez, de Valderrobres; y de Álex Mirasol, de Híjar. Llegó al boli a través de la fotografía, cuando experimentó con la cianotipia y los tonos azules que da la impresión le llevaron a probar con el boli.
Ya desde niño mostró dotes para las artes, y dice que su madre tuvo mucho que ver en ello. La define como «fundamental» para su desarrollo artístico. Ella siempre le apoyó y le animó en todo lo que hacía: «creía en mi trabajo, me llevó desde muy joven a las exposiciones más importante del país y me permitió estudiar en las mejores academias».
Ya con unos ocho años sintió «fascinación» dibujando con perspectiva. A los 12 se aventuró a salir solo al campo para aprender a dibujar paisajes, árboles, distancias al fondo, nubes y demás composiciones. «Que luego fuera a la academia fue una consecuencia lógica de todo esto», sonríe.
Ha expuesto en Maella, y antes también en Bélgica y Amberes. En tierras belgas además participó en concursos y ha recibido encargos de países como Reino Unido, Holanda, Francia o Alemania, tanto por particulares y empresas como por empresas, como por ejemplo, colaboración con BIC Francia.
Asegura que está feliz en Maella y que también le gusta mucho Bélgica. Trabaja para abrirse y expandir su arte más allá de tierras bajoaragonesas y para eso tiene también sus ventanas virtuales en sus redes sociales tanto en Instagram como en Facebook), que no entienden de fronteras.







