Con una vocación clara por la dinamización cultural, Andrea, conocida como Aine Martínez en el mundo de los proyectos culturales, desarrolla su labor profesional en el pueblo que la vio nacer, Andorra. Impulsora del proyecto ‘Fotosíntesis’, desarrolla a través de la fotografía participativa diferentes talleres con temática medioambiental, pero con un «potencial multiplicador» muy alto de cara al futuro.
¿Cómo surge tu vocación por la dinamización sociocultural?
Siempre tuve una inquietud por lo que pasaba a mi alrededor. Inicialmente empecé a estudiar Periodismo, pero lo dejé porque había algo que no me terminaba de cuadrar. Estuve un año en el pueblo sin saber muy bien qué hacer. Hice un curso de monitora de tiempo libre y al realizar las prácticas me di cuenta de que me gustaba mucho. Descubrí después la FP de Grado Superior de Animación Sociocultural y Turística y durante dos años lo compaginé trabajando en proyectos socioculturales con la Asociación ‘Ahula’. También me animé a presentarme a Jóvenes Dinamizadores Rurales con el proyecto ‘Fotosíntesis’. Me decanté por la educación no formal que consiste en llevar el arte y la cultura a la gente de forma dinámica y activa.
Tu proyecto 'Fotosíntesis', persigue fomentar la cultura en áreas rurales a través de la fotografía, donde el medio ambiente también es un pilar fundamental… ¿Cómo surge esta idea?
Sabía que quería hacer algo con la fotografía y con la educación ambiental por ponerle un sentido a lo primero, no solo estético. Se trata de llenar la fotografía de un objetivo y con ello conseguir un cambio en la gente. Presenté el boceto, y al tiempo conseguí toda la dotación económica de la convocatoria ‘Made in Rural’. Con toda la financiación lo implementé a través de diferentes talleres.
¿Cómo ha sido el proceso de implementación en el territorio?
El proyecto ha sido mi TFG de la FP y cogió un corpus enorme en cuanto a justificación, análisis de realidad, contacto con las diferentes instituciones… En octubre de 2023 lo empecé a aplicar en cuatro pueblos de Andorra-Sierra de Arcos. Realicé los talleres en el Colegio de Educación Especial Gloria Fuertes de Andorra; en el Espacio joven de Ariño; en el CRA de Alloza; y el último taller fue en la Biblioteca comarcal de Ejulve. Con perfiles distintos de edades diferentes. Conté con la asistencia y ayuda de Pablo Rodríguez, que aparte de hacer un apoyo logístico, estuvo conmigo en los talleres y llevó una parte de la dinamización en el ámbito de la musicalidad y la poesía.
‘Fotosíntesis’ versa sobre la fotografía participativa, ¿en qué consiste esta disciplina?
Es una modalidad que aparece en los años 90 desde el campo de la investigación social. Se basa en que la fotografía puede ser una herramienta para que la gente hable de sus propias realidades. A mí me lo enseñó Pilo Gallizo, de quien he recibido una influencia súper importante y también estuvo en uno de los talleres. Las dinámicas y actividades de esta práctica son guiadas y se lanzan a modo de retos. Puede ser una gymkana fotográfica; ‘fotografía el color verde, un abrazo, haz una fotografía denuncia del entorno’… En este caso, por ejemplo, me traían fotografías de una bolsa de plástico entre la vegetación o de una colilla en el suelo… Esa es la idea de la fotografía participativa. Radica incluso en denunciar algo que está mal. Otro de los temas que implica es la propia identidad y sobre todo se logra crear debate y reflexión.
¿Qué respuesta has tenido en los talleres de ‘Fotosíntesis’?
La gente se ha involucrado un montón y ha disfrutado. He visto que ha generado inquietud por la fotografía, pero también ha gustado mucho la parte lúdica. Las personas participantes han sido bastante críticas con la situación a nivel medioambiental. Muchas veces nos sentimos impotentes sin sabes cómo actuar. Ese sería un siguiente paso del proyecto.
¿Te gustaría abordar otros ámbitos con el proyecto a futuro?
Tiene un potencial de replicabilidad muy alto. El camino que me gustaría que tomara ‘Fotosíntesis’ es entender la interrelación entre el entorno y el cuerpo, es decir, entre las personas y el lugar en el que habitan, sobre todo en los pueblos. Este matiz que tenía el proyecto de educación ambiental ahora va encaminado a decir ‘para cuidar tu pueblo te tienes que cuidar tú y para cuidarte tú, tienes que cuidar tu pueblo’. El proyecto tiene una vocación de reivindicar el pueblo y la vida rural. Ahora estoy haciendo la formación online de Social Impact Academy (Laboratorio Aragón Abierto) en la que el proyecto está siendo la semilla y continúa desarrollándose. La idea es que se establezca como un formato, sobre el que se pueda trabajar la temática que sea, con el público que sea. Tiene el potencial de poder llevarlo incluso por todo el país.
Eres además dinamizadoras del recientemente inaugurado Espacio Joven de Andorra y también en Alloza, ¿ha sido fácil complementarlo con tu proyecto?
Siento que es más últil mi contribución en este ámbito y que me reconforta al estar cumpliendo una labor social importante trabajando en la educación no formal. Es una verdadera vocación, algo que disfruto.
¿Qué diagnóstico harías de la oferta cultural y el ocio de nuestros pueblos?
Creo que es mejorable. El problema es que hoy en día se mide todo a niveles cuantitativos y no cualitativos. Se mira mucho la economía, pero sin detenerse en otras facetas de la misma. Por ejemplo, la rentabilidad social o el bienestar de las personas son muy importantes para tener una buena economía. La educación no formal y el ocio tienen una función de bienestar y salud que repercute positivamente en la economía de un país, una provincia o un pueblo, y eso no se atiende. Incluso se están quitando recursos. En las zonas rurales la educación no formal es súper necesaria porque hay cierta franja de edad que queda un poco desamparada, la adolescente y preadolescente. Es justo con la que estoy trabajando ahora.
Se habla mucho de la llamada ‘generación de cristal’, ¿cómo ves a los jóvenes del medio rural y su capacidad de ser el motor de cambio y dinamización?
Es una pregunta súper peliaguda. Yo soy del 99, tengo 25 años, El cambio tiene que venir de las generaciones jóvenes y de esta mal llamada generación de cristal. No creo que seamos más sensibles, sino que de verdad hemos aprendido a poner nombre a las cosas y a tomar conciencia de lo que está pasado. Hemos nacido bajo la crisis y no hemos conocido otra cosa. Heredamos un cabreo con las generaciones anteriores de decir ‘pero ¿qué habéis hecho?, aquí se supone que se vivía bien’.







