Las huellas de Serrano o de Oteiza salpican el taller. También el sello propio en esculturas y cuadros, pero es que Antonio Blesa Noé (Ariño, 1953) sabe rodearse bien. Sigue en pleno proceso de aprendizaje porque, como advierte, su historia «es muy lineal». «Hasta que no me jubilé no empecé en serio a dibujar y esculpir», argumenta. Eso sucedió hace casi ocho años y en cuanto volvió a ser dueño de su tiempo, se apuntó a la Academia Cañada en Zaragoza. En el estudio que fundó el pintor olietano Alejandro Cañada y que continúa su familia, el ariñero comenzó su aprendizaje de dibujo artístico al mismo tiempo que iba desarrollando algunas piezas escultóricas. «Vengo a aprender de cero, como un niño», les dijo. Y así, poco a poco, pero asegurando cada paso, cada trazo y cada técnica, fue haciéndose un camino.
Ya tenía habilidad pero en dibujo técnico y lineal, nunca había tocado el artístico aunque no lo parezca viendo los resultados. De hecho, en 2019 expuso sus retratos en Ariño. Su formación es en Arquitectura Técnica y eso implica dibujo que desarrollaba con habilidad y, sobre todo, implica visión espacial. Esta capacidad la desarrolló en décadas como aparejador en la construcción. «A veces me vienen ideas de piezas y las boceto, luego saco la plantilla y muchas las hago, otras se quedan en el papel», asegura. «Bocetar ni mancha ni ocupa espacio», ríe. Y es que hasta que no se acondicionó un taller en Ariño no dispuso de un lugar en el que tallar maderas, lijar alabastro o colocar su caballete con lienzos al óleo. Ahora entre manos tiene un cuadro con el desmonte de las minas como protagonistas porque su entorno también le inspira. De paseos se trae algún material porque, algunas piezas ya las visualiza en el que cree que le pega, «pero otras veces es el material el que me sugiere algo», dice. Insiste en que lo suyo es una afición, un entretenimiento y no se asocia con la palabra y el concepto arte. Su única pretensión es disfrutar y unas piezas las regala y otras las tiene cerca. Tampoco le obsesiona la producción y puede pasar un mes sin que toque una herramienta.
Empezó en 2017 pero sintió la llamada hace más de 25 años en una exposición de Jorge de Oteiza en Zaragoza. «Fue el chispazo, lo que me motivó», dice. «Me caló hondo esa muestra. Fui varias veces a ver las piezas, Oteiza me descubrió esta inquietud, saber que cuando tuviera tiempo me dedicaría a ello», recuerda. Le atrae lo experimental del vasco y el vaciado de cajas, el cubo vacío, la desocupación de la esfera son reminiscencias del escultor. En madera de olivo tiene un ladrillo cortado en diagonal. «Como la obra de Serrano de ‘Pan partido compartido’, pues tocho partido», añade divertido. En un taller en Crivillén con Simón Domingo, Daniel Elena o Joaquín Macipe aprendió a manejar moldes, resinas y esculpió sus primeras figuras humanas. «Ellos sí son artistas, es una suerte tenerlos cerca y poder aprender», dice. Él sigue en aprendizaje con colegas y acudiendo a ferias y exposiciones donde saciar su inquietud y curiosidad. «Admiro a mucha gente, soy un aprendiz que disfruta mucho», apunta.











