La huella escultórica que va dejando Daniel Elena Bueno en calles y plazas de diferentes poblaciones se miden por tamaños naturales e incluso de mayores magnitudes, sin embargo, sus inicios están en la miniatura. De sus manos salieron el Tamborilero de Alcañiz, el Buñuel de Calanda o el Mauricio Aznar que ha emocionado a viandantes y a quienes le conocieron y convivieron con él. Reconoce que es de las que más orgullo siente por la reacción popular. «Gente que lo conoció dice que se ha encontrado con Mauricio, y es lo más grande, que el público se encuentre delante de alguien y no de algo», señala. Con ayuda de Joaquín Macipe, lo esculpió caminando sujetando su bici, «porque estaba en proceso de transición», igual que el Buñuel descansa el peso sobre una pierna. «Para sacar la esencia, la postura y gestos son básicos y eso es estudio y documentación», dice.
Al detalle trabajaba en sus inicios en Zaragoza haciendo modelos en resina para una empresa de miniaturas históricas y militares. Siendo un adolescente contactó con el ya extinto Colectivo Pablo Gargallo, compuesto por escultores que desarrollaban sus proyectos en una de las antiguas naves del matadero en Miguel Servet. Allí aprendió de todos los veteranos. Ya dibujaba desde niño por influencia de su madre, a la que acompañaba al estudio de Alejandro Cañada. El olietano le daba recortes de láminas guillotinadas en las que iba «pintando sus cosas». También desarrolló una querencia «por los inventillos» y por eso estudió Ingeniería. Desde hace más de dos décadas vive en Alcañiz y da clases de Tecnología en el IES Bajo Aragón. «Le doy un enfoque bastante creativo a la Tecnología y, a su vez, de las artes, la escultura tiene un componente técnico importante», dice. Es partidario del arte que no necesita explicación y de contar los procesos: «desde el boceto hasta el bronce, la pieza ha existido en 7 materiales».
Del medio rural destaca el dinamismo cultural y las oportunidades que da ya solo en espacio cuando costearse un local en una ciudad es «difícilmente asumible y menos si estás empezando». Una vez en Alcañiz comenzó a trabajar la piedra y en estos años ha ido encadenando concursos con encargos. Ha trabajado desde gran tamaño con cemento especial como es el Tamborilero, hasta piedra de Calatorao, pero si tiene que elegir se queda con el bronce. «El moldeado es el barro y es rápido, lo que piensas lo plasmas. Cincelar en piedra implica parar, salir y mirar, volver… Es lentísimo, tu cabeza va a mucha más velocidad», cuenta.
Sus redes sociales son las calles donde se puede ver buena parte de sus trabajos. A los ya mencionados, se suman imágenes de varias iglesias, y un conjunto en bronce en Teruel. Con todo, no se termina de sentir cómodo en el traje de artista. «Son todo encargos. No he encontrado tiempo para hacer una exposición mía, pero no lo descarto más adelante», avisa.














Un pedazo de escultor como la copa de un pino!!!