Hay labores que apenas se ven, pero que resultan imprescindibles para que la vida de un pueblo siga latiendo. En Muniesa, una de esas personas es Asunción Albero Sanz, vecina del municipio y voluntaria de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Muniesa, que desde hace muchos años se encarga de una larga lista de tareas cotidianas que permiten que el templo funcione, esté cuidado y pueda abrir sus puertas cuando hace falta. Su trabajo, discreto, pero constante e imprescindible, será reconocido este año con la Maza de Honor de Muniesa.
El reconocimiento es el máximo galardón que otorga la Cofradía del Santo Rosario y de la Virgen de los Dolores a una persona o institución por sus valores humanos y dedicación al pueblo de Muniesa. Ella misma rehúye del término con el que tradicionalmente se ha definido a quienes ejercían este papel. Asunción prefiere definirse como voluntaria. Resume bien la manera en la que entiende todo lo que hace: no como un cargo, como un trabajo ni como una obligación, sino como un compromiso nacido desde el cariño y de la costumbre.
Esta implicación responde a una tradición familiar profundamente arraigada: su abuelo y su padre desempeñaron esta función durante años. Tras el fallecimiento de este último hace 15 años, fue ocupando ese espacio de ayuda, atención y presencia en torno a la Iglesia.
El hecho de vivir en el pueblo todo el año y además cerca de la Iglesia hizo que empezara a echar una mano con naturalidad hasta convertirse en una figura imprescindible para el funcionamiento cotidiano del edificio y de buena parte de su actividad religiosa. «Yo esto lo llevo en mi corazón, porque mi padre era único y yo lo he heredado de él», explicó entre lágrimas, emocionada.
El galardón tiene además un fuerte componente simbólico. Su padre ya recibió esta misma distinción hace tres décadas, lo que convierte este momento en un homenaje doble a una familia estrechamente ligada a la vida parroquial de Muniesa.
La lista de funciones que asume Asun da buena cuenta de esa dedicación. Si hay un funeral, se encarga del toque correspondiente para avisar al pueblo, prepara el espacio y coloca todo lo necesario para que la Iglesia esté lista para la ceremonia. Se encarga de preparar los oficios religiosos, acondicionar la Iglesia y coordinar la limpieza junto a otras personas voluntarias. Ella misma se ocupa también de lavar manteles, purificadores y otros textiles. A ello se suma el control de las campanas que, aunque funcionan de forma automática en muchas ocasiones requieren intervención manual en momentos concretos. También permanece pendiente del estado del edificio cuando hay tormentas o viento fuerte. Si entra agua o surge cualquier incidencia, acude a comprobarlo y a limpiarlo y recogerlo ella misma.
También se ocupa de aspectos menos visibles pero igual de necesarios, como la gestión de la colecta. Su implicación no se limita únicamente a las celebraciones religiosas. Cuando llegan personas interesadas en visitar la iglesia de Muniesa, ella misma se acerca para abrirles y enseñarles el templo. Ese papel, casi improvisado, la convierte también en una especie de guía para quienes se acercan al municipio y quieren conocer uno de sus principales elementos patrimoniales.
Además, mantiene relación directa con las cofradías y colabora con ellas en todo aquello que haga falta. En esa red de apoyo participan personas cercanas de su entorno familiar. Su hija, aunque no vive en el pueblo, sigue vinculada o su hermano. También menciona a Raúl Blasco, vecino y perteneciente a ambas cofradías del municipio además de segundo hermano mayor de la Cofradía del Santo Rosario y de la Virgen de los Dolores como persona que le echa una mano cuando se trata de afrontar tareas que requieren fuerza física, especialmente en momentos como las procesiones o ciertas celebraciones.
La noticia del reconocimiento llegó de forma inesperada. Fue el mismo Raúl Blasco quien le entregó la carta en la que se le comunicaba la concesión de la Maza de Honor. «Me emocioné mucho, no sé si me lo merezco, todavía me queda mucho tiempo aún para hacer», reconoce todavía sin asimilarlo.
Asun recibirá la Maza de Honor en Jueves Santo minutos antes de la medianoche. A continuación a las 12 de la noche, será la encargada de bajar la maza para dar comienzo al toque de los tambores y bombos al unísono. Aunque estos días suelen ser de mucho trabajo, organización y responsabilidad dentro de la Iglesia y del entorno cofrade, este año estará marcado por la emoción personal y reconoce que será un Jueves Santo muy diferente.
Ella misma advierte de la dificultad para encontrar continuidad en este tipo de labores en los pueblos. «Mucha gente me dice, el día que tú faltes…. Esto se acabará», lamenta, subrayando la ausencia de relevo generacional en tareas esenciales que sostienen la vida parroquial en el medio rural.
En su familia existe esa vinculación histórica con la iglesia, hasta el punto de que la llave del templo ha ido pasando de generación en generación, de su abuelo a su padre, y después a ellos. Pero los tiempos han cambiado y la realidad de los pueblos también. La movilidad, la falta de población estable y la marcha de los jóvenes hacen cada vez más complicado que surjan relevos naturales para este tipo de funciones.







