La carretera que une Híjar con La Puebla la recorrió andando siendo un crío y sin parar de tocar su bombo. Era nuevo, se lo había comprado su madre y él se lo sujetó al hombro con un pañuelo y emprendió la marcha rumbo a su casa. Así recuerda Pedro Salvador Gimeno su primer contacto con los tambores de Semana Santa en unos tiempos nada fáciles. «Mis abuelos y mis padres no eran mucho de tocar, pero a mí siempre me llamó la atención, y también a mi hermana. Ellos hicieron lo posible porque pudiéramos tocar y, además, teníamos unas tías modistas que hicieron túnicas para todos los sobrinos, que éramos una montonada», dice.
Una de las suyas lleva sus iniciales bordadas y a veces la viste su hija Pili para salir con el paso del Nazareno, el mismo en el que sale su hermano Pedro desde crío. «Yo me uní cuando dejé de ser reina de los alabarderos por unas amigas, que eran de la cofradía. Mi hermano ya era desde pequeño y el Nazareno es su dedicación al mando de la peana», explica. Pili Salvador mantiene el título de reina infantil de los alabarderos porque ese cargo nunca lo ocupó nadie más. Ella entró para procesionar con su padre, que estuvo más de 30 años en el cuerpo. «Primero fui ‘punchón’ -soldado-, y luego corneta y capitán de corneta», sonríe él.

En casa no había más alabarderos, Pedro comenzó poco a poco a base de ensayos con un maestro del pueblo que les enseñaba a sacar las cinco notas. «Si no las hacía, no salías a tocar», apunta. «Ahora es todo más ligero, yo veo que la gente va con mucho estrés a todas partes y que se cansa de todo con más facilidad. Y en el caso de ser corneta se trata de compromiso, no es otra cosa», reflexiona. Pedro hizo la mili en Zaragoza en la banda de música, algo que le permitió aprender más. Esa Semana Santa de servicio militar no se la saltó por mediación del cura de La Puebla, que envió una carta al cuartel solicitando el permiso de Salvador y pudo estar en sus procesiones también ese año.
Ahora hace tiempo que está retirado, pero en la retaguardia. A sus 78 años, las piernas no soportan una procesión completa, pero no le impiden salir con su tambor a romper la Hora en su puerta, que siempre está abierta de par en par. En su caso no es una frase hecha. Su cochera forma parte del día a día de la calle Mayor de La Puebla porque la tiene siempre abierta y nunca vacía. «Hay gente que se deja el bombo o el tambor aquí y hasta el año siguiente no se acuerdan», sonríe Pili. Son todo amigos de ella o de su hermano, todo gente que sabe que en casa de Pedro Salvador va a encontrar un refugio y un rato de descanso si lo necesita. «Hay gente que se deja aquí el tambor por no entrar con él en el bar y aquí lo encuentra luego», añade. «Cuando acaba Semana Santa y pasan unos días y no han venido a buscarlos, los tapo y los guardo y hasta que vengan a buscarlo», dice él.
El fin de semana del 13 y 14 de marzo por la cochera pasaron personas que Pedro no se hubiera imaginado. La Puebla acogió la Tamborada Nacional en un fin de semana con miles de personas procedentes de cinco comunidades autónomas. «Yo todavía estoy alucinado de lo que fue ese fin de semana, no me hubiera imaginado vivir todo eso en mi pueblo, fue algo bueno», dice. En esa casa todos estuvieron implicados de alguna manera en la organización como personas voluntarias. Hasta su nieta Lucía estuvo al quite portando un estandarte en el desfile y la exaltación.

A sus 9 años le pega fuerte al bombo y no deja de mirar su correa llena de las pegatinas que tamborileros de otros sitios le fueron regalando en la Tamborada. «Me hubiera gustado que hubiera aprendido con tambor, pero le tira el bombo y no puedo hacer nada», admite su madre, que reconoce que ella empezó también con bombo, el mismo que cuelga como recuerdo de una pared de la cochera. «Tenía mi bombo, pero un día mi padre nos compró un tambor en Calanda y ya no lo dejé», recuerda. Pili ha vivido cada ensayo y ha formado parte del grupo que representa a La Puebla de Híjar en la Ruta del Tambor y Bombo muchos años. También ha vivido desde dentro la evolución de la propia Ruta, de cuya junta formó parte como vocal por parte de La Puebla. «Ha cambiado en todos los sentidos, siempre está el poso, pero todo cambia y evoluciona», señala.
Reconoce que el nivel que se ha alcanzado en los grupos se ha quedado reservado para muñecas bien entrenadas capaces de redoblar a unas velocidades de vértigo. «A los jóvenes a veces cuesta cogerlos, porque mezclan tantos ritmos que parecen discomóviles. Cuando pasa por aquí una cuadrilla tocando las marchas tradicionales de La Puebla casi te alegras», sonríe Pedro. A él nada le molesta, al contrario, admite que toda la aglomeración de cuadrillas picándose entre sí en las noches y tardes de toques de calle le dan la vida. «A mí me pone contento ver el pueblo de esa manera con tanta alegría, con gente joven, mayor… Me alegra mucho. Y los que vienen a la cochera son conocidos, amigos de mis chicos o amigos de amigos, no hay problema, son bien recibidos», se sincera. Sabe lo que es vivir una Semana Santa con la cuadrilla, y romper la Hora y terminar almorzando.

Ahora ve la vida tranquilo entre el huerto y la cochera, un espacio en el que conviven aperos con recuerdos de alabardero y del comercio que había cuando se casó con María Pilar Morer, de la que enviudó muy joven. Ella no tocaba ni pertenecía a ninguna cofradía, pero llevaba a sus hijos a los actos tan propios de estas fechas. «De su parte, mi tío Miguel también salía a tocar», recuerda su hija Pili. Hoy en día, aunque cada cual tiene su casa, en Semana Santa la vivienda familiar de Pedro y su cochera son el centro de operaciones. Allí se guardan listos las túnicas negras para el tambor, y las de sacar el Nazareno con el capirote y la faja de color morado.
También se colocan bien dispuestos los tambores de todos y el bombo de Lucía, que también precisa de su traje de Manola y de hebrea que luce junto a su madre. Como Manola salió por primera vez el año pasado con su tía Sofía, y lo de repetir se lo tiene que pensar. Mientras se lo piensa patea un balón que hay por la cochera porque es hincha del Zafán. No es de extrañar porque el fútbol sala, al igual que la afición a las bicis, impregna todo el ambiente familiar. Lucía está en modo pruebas, y participa en lo que sea preciso, una mentalidad que también le viene de casa. «No sé cómo explicarlo, pero es que el tema tambor, en estos pueblos, nos viene en la sangre», remata su abuelo.







