Con la energía de los niños y la templanza y sabiduría de los mayores, la familia de Felipe de Vicente se reúne cada año en Semana Santa, compartiendo raíces y fe en la cofradía de El Nazareno. Son ya cuatro generaciones las que conviven entre tambores, cornetas, bombos y devoción por su cofradía. Felipe es el presidente desde hace más de 15 años porque, dice, los cofrades no le quieren relevar «ni a tiros». Llegó a El Nazareno por su padre, quien se unió a la cofradía en 1945 contra todo pronóstico, ya que su mujer, hermanos y cuñados eran de La Columna. «Mi padre fue el díscolo, tampoco tenía amigos en El Nazareno. No sé por qué la eligió, nunca llegué a preguntárselo», comenta.
El caspolino decidió seguir la estela de su padre, a quien relevó como portador del paso cuando cumplió los 16 años. Tras más de 30 años cargando la imagen, Felipe tuvo que retirarse por salud, aunque sigue procesionando. Este 2025, cumplirá los 55 años compartiendo procesión con su mujer, Teresa Guardia, que se unió a El Nazareno hace unos 10 años. También saldrá su hijo Pablo y su nieta Carla, de 6 años. Su otra hija, Mónica, les verá pasar junto a su hijo de un año, Rafa. «Tengo ganas de poder volver a procesionar, pero aún es muy pequeño», añade la cofrade.

Mónica y Pablo tuvieron clara su elección a la hora de unirse a una cofradía. La tradición familiar es importante para ellos y, de hecho, Mónica recalca que en El Nazareno todos forman «una gran familia». La caspolina comenzó procesionando junto al paso, pero a los 12 o 13 años decidió entrar en la banda de instrumentos. Comenzó aprendiendo a tocar el tambor, aunque al tiempo se unió a los bombos para reforzar esta sección. Para la cofrade, formar parte de la banda le permite participar en más actos, como el de Romper la Hora o el Toque de Gloria.
Cambio de la banda al paso
Su hermano también forma parte de la banda desde joven. Entró cogiendo el bombo pero terminó cambiando la maza por la corneta, un instrumento que señala que es más cómodo: «El cambio fue grande pero te incentiva para superarte y descubrir otra forma de participar en la banda», valora. Tras más de una década, este año ha decidido dejar el instrumento para participar portando el paso y sentirse más cerca de su padre durante la procesión. «Es quien marca y dirige el paso y quizás no le queden muchos años de hacerlo por salud. Quiero aprovechar mientras pueda», explica.
Carla es la integrante más joven que procesiona de la familia. El año pasado lo hizo por primera vez sosteniendo una vela con la que, recuerda, se quemó al caerle la cera derretida en el dedo. «Me asusté, pero luego me dieron una de luz y fui mejor», asegura. Los recorridos de las procesiones son largos y, a sus cinco años, Carla necesitó un pequeño descanso durante la misma. La pequeña tiene claro su futuro en la cofradía y asegura que entrará en la banda de instrumentos y con un bombo bajo el brazo.

Las raíces familiares de los hijos de Felipe y Teresa llegan también hasta La Burreta, cofradía de la que formaba parte su abuelo. Por ello, apunta Pablo, en alguna ocasión ha procesionado junto a ellos. Aunque Teresa no había continuado formando parte de la cofradía de su padre, en la que de joven decoraba la imagen con flores, se ha volcado con su familia y ha cosido las túnicas moradas con remates dorados que lucen orgullosas las cuatro generaciones.








Bravo, Felipe. Siempre al pie del cañón.