En la jota encontró la actividad que le llenaba siendo un niño, y en la jota ve y planifica su futuro. Tuvo que ser muy fuerte, lo que sintió a medida que iba aprendiendo más pasos de baile, que la eligió por encima del fútbol, un deporte del que se confiesa «apasionado». Era un niño cuando sus padres le inscribieron en baile en busca de algo que apaciguara su inquietud y sin saberlo le dieron la llave de su futuro. «Debía de ser bastante nervioso y con cinco o seis años me apuntaron a fútbol y a jota porque una prima bailaba. En jota hay pocos chicos, ya destacas, pero influyeron Víctor y Yoli, mis maestros, para elegir la jota», recuerda. Juan Carlos Aguayo Lapuerta nació en Zaragoza en 1989 y la jota le trajo a Alcañiz. Forma parte de Baluarte Aragonés, donde tras unos años como profesor de baile, desde hace más de una década es el director de la academia, tomando el testigo de José Miguel Pamplona al jubilarse. Esta labor hace años comenzó a compaginarla con viajes al Bajo Aragón y Cuencas Mineras, a dar clases a diferentes pueblos hasta que conoció a su pareja y se instaló en la capital bajoaragonesa. Ahora se encuentra en un momento de cambio incentivado, además, por las lesiones de rodilla, algo que comparten bailadores y futbolistas.
Desde las orillas del Guadalope, junto a su familia ya piensa en nuevos retos más enfocados a aparcar un poco el baile y dedicarse más a la enseñanza y el montaje de coreografías. Tiene todos los mimbres, la experiencia y la mejor escuela porque Baluarte Aragonés es una vuelta de tuerca a la jota. «Baluarte fue fundado por el gran maestro José Miguel Pamplona y cambió la jota no solo para Baluarte, sino en general. Le dio otro punto de vista porque se dio cuenta de que con la jota se pueden narrar historias», reflexiona Aguayo. Montajes como ‘Los Amantes de Teruel’ o ‘La Dolores’ forman parte de la larga historia de la formación. «Para mí, él llevó la jota a otro nivel que nadie ha podido alcanzar. Nuestro objetivo es continuar con lo que nuestro maestro nos enseñó y es lo que a mí me gustaría traer al Bajo Aragón», avanza. Cree que la jota vive un buen momento y también clave en busca de la protección de la Unesco, por eso cree que la unión hace la fuerza. «Deberíamos juntarnos todos un poco más porque a más unión más fuerza tendremos», añade.
Docencia y montaje de coreografías
Conseguir que la jota sea declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad sería un gran paso en todos los sentidos. También a la hora de enseñar, ya que a la docencia le daría un marco «más formal». «Ojalá se tradujera en estudios de jota igual que existen de danza clásica, por ejemplo», dice y celebra que al menos los estigmas que van asociados a la jota se van eliminando, y en parte, gracias a la televisión y medios de comunicación en general. «Creo que se está ayudando a eliminar la atribución de la jota a gente mayor porque ahora hay más niños que nunca bailando cuando también parecía que era de niñas», apunta. Atraer a los chicos ha sido siempre un reto, así como retener a los que están, y reconoce que él mismo tuvo su crisis. «Siempre hay una edad con las vergüenzas, el deporte… Algunos abandonan, pero vuelven, otros no. Yo me lo pensé, pero gracias a José Miguel volví», sonríe. No falta alumnado, en Baluarte son unos 130.
Que continúen depende de la motivación, de algo que vaya más allá de un fin de curso, y por eso hay montajes y actuaciones a corto y medio plazo. Él lo ha visto hacer a Pamplona y recuerda especialmente el montaje de ‘Trasmoz y sus brujas’ en el que ya estuvo más implicado. «Son horas y horas con él viendo cómo trabaja, con las músicas y montando la coreografía. Es un genio y eso me lo llevo yo a mi baile», explica. Su último protagonista lo hizo en Valderrobres encarnando a Palafox y ahora su intención es seguir formándose. «Me da mucho respeto, no creo que todo el mundo pueda hacer una coreografía, aunque parezca que mucha gente hace muchas cosas. Me voy a formar antes de empezar a montar mis cosas por el Bajo Aragón», sonríe. Aunque aparca el baile, no echa el freno porque no ha dicho la última palabra junto a su compañera Carla Caballero, a la que conoce bien porque era su alumna cuando se plantearon presentarse al Certamen de Zaragoza. Él llevaba diez años apartado de concursos y lograron el Premio Ordinario. Ahora van a por el Extraordinario. «Carla es la mejor bailadora de Aragón», advierte.










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