Cada ilustración que crea es un reto. Lo es para quien se planta ante su obra y también para él. Andrés Giner Puerto (Mas de las Matas, 1997) lleva la acuarela a un extremo que obliga a quien mira a acercarse mucho más y a hacer el ejercicio de ver y observar para encontrar puntitos, brillos y hasta relieve. Es la manera de apreciar el detalle dentro del detalle, porque siente predilección por el pequeño formato. «Lo mío es pintar en un grano de arroz, casi con lupa», sonríe. No es tanto eso, pero sus ilustraciones caben en la palma de la mano y nunca hace dos iguales.
Sus herramientas son pinceles y rotuladores Rotring con la punta más fina que existe de un grosor milimétrico. Lleva la acuarela a un punto que roza el acrílico. Podría emplearlo directamente, pero no sería igual. Pinta aplicando capas y capas y capas para dar con las texturas con acuarela muy empastada y concentrada. Ahí consigue un efecto tan desconcertante y tan suyo a la vez. El acrílico permite correcciones y volver al blanco, cosa que la acuarela, no. «Ese desafío me gusta», sonríe.

Reconoce que le gusta tocar todos los palos y no aferrarse a ninguno. Está probando la resina polimerica y en su horizonte están los libros pop-up. Va indagando y en su galería del móvil se van acumulando las inspiraciones. Mientras, sigue explorando una temática en la que está muy a gusto de momento. «Sé que no me quedaré ahí, me gusta ir cambiando y eso me llena, me gusta pensar que me sabré desenvolver en cualquier ámbito. Y solo tenemos una vida, así que, ¿por qué cerrarme a nada?», añade.
Sus últimos trabajos son peluches en pequeño formato y reinterpretados porque, para empezar, todos están enfadados. «El rollo infantiloide con el punto grotesco me gusta, y coger juguetes de la infancia y darles una vuelta me está motivando mucho», explica. Los pinta con un rojo y un azul, que son sus preferidos, y tienen detalles como tres puntitos formando un triángulo. Aparecen esparcidos por muchas sus obras de manera sutil, pero su trabajo se entiende como un todo en el que ni medidas ni enmarcación son al azar. «No hago una ilustración por hacer», dice.

Igual que considera que el arte no es un don, sino que es algo que practicar y no desfallecer, considera que lo que hace no tiene explicación detrás. «Porque me gusta», es su respuesta. Y lo bueno es que le gustan muchas cosas. Tiene mucho mundo interior y una cabeza que va a mil revoluciones aunque desde fuera parezca el tipo más tranquilo del mundo. Posee esa naturaleza curiosa que hace todo sea tan genuino en él y admite que siempre le ha gustado ir a contracorriente. «No es llamar la atención, pero tristemente es lo que parece en cuanto no sigues unos cánones», analiza.
Eso no va con él y practica el apoyo entre artistas porque sus sudaderas son diseños de amigas, se calza zapatillas de diferentes colores y customizadas por él, y en sus brazos y piernas luce tatuajes también de amigas tatuadoras. También experimenta él consigo mismo porque en cuanto se cansa de su pelo, coge sus coloridos tintes y da toque. De adolescente pensó en estudiar peluquería, hasta que se dio cuenta de que eso supone más cosas que teñir. «No se me daba bien, yo pintaba en mi pelo en vez de en papel pero ya», ríe.

El dibujo le ha acompañado desde niño y siempre vuelve a él, aunque es hijo de ceramistas y, además de larga trayectoria y reconocimiento. Nunca le ha dado por la escultura, pero como le sucede con todo, tampoco lo descarta. Entró en Bachillerato de Artes en el IES Bajo Aragón. Luego se decantó por un grado medio de Diseño Gráfico aplicado prensa y por uno superior de Ilustración en Teruel. Ahí tuvo «un buen profesor en acuarela» y él terminó por todo lo alto con un Trabajo Fin de Grado que dedicó a ilustrar un poemario. La experiencia fue tan grata que tampoco le importaría repetir.
En Mas de las Matas ha colaborado en murales, confección de carrozas y tantas otras cosas cuando su pueblo recurre a él. Volvió tras acabar los estudios y, desde entonces trabaja en La COMARCA y aplica sus conocimientos, creatividad y buen hacer tanto en papel como en digital. Y este binomio lo combina a la perfección también en sus proyectos artísticos personales. «No soy nada purista porque muchas veces un toque digital en un dibujo manual es el remate perfecto», opina.
Sus dibujos desdibujados le permiten captar la esencia de personas sin necesidad de pintar el rostro si lo puede evitar. Y si no puede, huirá del realismo puro y duro. «Cuando empieza a ser muy humano pero a la vez hay algo raro, inquietante, uf... prefiero desdibujar», argumenta. Y consigue el resultado satisfactorio para él y para quien ha solicitado el dibujo porque ya lleva unos cuantos encargos. Los combina con sus «chorradicas» propias, que son de amplia variedad. «Si hago puntillismo, voy a saco, como una máquina de coser. Yo me pongo mi música... Y a pintar», sonríe.







