El poco tiempo que tiene libre se lo pasa extrayendo luz de la oscuridad, intentando llegar al alma de cada persona que se propone dibujar. Lo consigue, y por eso Robert de Niro, Pablo Gargallo, Marilyn Monroe y Salvador Dalí lo dicen todo con la mirada. No solo son reconocibles, sino que derrochan personalidad. De que así sea se encarga Antonio Barberán Tudó (Maella, 1972), un hombre que no ha soltado ni el lápiz ni los carboncillos desde 2010.
En este tiempo tampoco ha soltado la goma de borrar. Dibuja con ella porque es especialista en retratos y ninguno con fondo blanco. «No dejo un retrato con fondo blanco, no me gusta que se vea así porque parece que el retrato flota, no tiene el volumen, no parece real, no tienen vida…», justifica. Tanto es así que a la exposición que hizo en verano en Maella la llamó ‘Luces y sombras’. «El dibujo es eso, no tiene más. En los que son bastante oscuros lo oscurezco todo a base de carboncillo con un algodón y con la goma voy dibujando, saco las luces de la cara y así se consiguen las tres dimensiones y la vida del dibujo», sigue.
Hace 15 años el dibujo lo sacó a él de la oscuridad en la que se sumió desde que se quedó sin empleo. Entonces se dedicaba a la construcción, un sector arrasado en la crisis de 2009. Barberán, que nunca había estado sin ir a trabajar, entró en un bucle de días iguales y sin una motivación hasta que un día recibió una llamada. Era su hermano mellizo que llamaba como lo hacía otras veces a interesarse por él. A los dos se les daba muy bien dibujar desde pequeños, eran los que sobresalían en clase, pero con 14 años los lápices se quedaron en un cajón. «¿Por qué no dibujas?, me dijo a mis 38 años», recuerda. «No sé si fueron esas cuatro palabras o que estaba inspirado en ese momento, pero le hice caso, me puse y no he parado», sonríe. Asegura que el dibujo fue terapéutico y destaca lo importante y vital que es encontrar un aliciente en el día a día.
Después de tantos años en dique seco, hizo bueno el dicho que dice que «el que tuvo, retuvo» porque se puso con los retratos y sigue transitando el realismo y el hiperrealismo. Es autodidacta, va haciendo sus pruebas y tiene dos reglas no escritas: no rompe ningún dibujo y no los repite. «Si no ha salido bien yo lo guardo y paso a otra cosa, todos tienen su personalidad», sonríe.
Dice que el secreto es «ponerse». Son horas y horas y las tiene calculadas. La media de horas invertidas está entre 100 y 150 para formatos de 50x70. Y eso que tiene poco tiempo porque trabaja en el campo, pero las horas que le araña al reloj se las dedica a sus rostros. Y se va complicando la existencia porque eso es parte de la esencia del arte y de la propia vida. Busca la perfección, quiere que el dibujo se acerque lo máximo a una fotografía y por eso en el que está enfrascado ya lleva 150 horas y no ha llegado a la mitad. Lo que se avecina promete porque no se está dejando ni un detalle de un retrato que incluye arrugas, barba, brillos, uñas y lágrimas. «La clave es el triángulo de ojos y nariz, una vez lo tienes, el resto sale», dice. La exigencia de cada retrato es alta y va alternando con animales a los que también sabe acariciarles el alma. Su Instagram es @antonio_barberan_tudo, allí muestra sus procesos y también admite consultas y encargos.
Los años de experiencia no le han acomodado, le han llevado a querer aprender y experimentar más y por eso va probando con distintos lápices, carbones y papel de gramajes diferentes. Emplea lápices de grafito de punta blanda y en el carbón, unos lápices de piedra negra que le dan el negro intenso que tienen sus cuadros. Es autodidacta pero se fija en los que más saben, como por ejemplo, en Juan Martín Villate, un zaragozano también autodidacta con el que ha dado alguna sesión. «Yo ya iba con la base y él me enseñó un par de toques muy buenos», admite.
Lleva 15 años exponiendo sus dibujos en Maella cada verano, y también ha pasado por Caspe en el Bar Quijote, por Fabara, Nonaspe, Batea y Valderrobres. La última muestra fue colectiva en el puente de la Constitución en Maella, donde llevó sus cuadros pastel. «La gente me preguntaba si no había expuesto, y es que me conocen más por el lápiz», ríe. También le gusta y quiso ofrecer otra cosa a sus paisanos. En técnicas húmedas como óleo sí ha ido a clases y prefiere tener cerca a alguien que sepa. En Maella, cuna de artistas, hay mucha gente que sabe y hubo un tiempo en el que se juntaban varios en un local. «Si no teníamos profesor nos ayudábamos entre nosotros cada uno con lo suyo y era muy interesante compartir», añade.







