Con once años, en 1989. Es la fecha que recuerda a la perfección Carlos Naltes. Ese año y con esa edad empezó a tocar la trompeta en la Banda Municipal de Música de Caspe, un mundo que le abrió otro. «Cómo no me voy a acordar… Nos dieron una placa conmemorativa y la veo cada vez que voy a casa de mi madre», sonríe. Está a buen recaudo y marca el inicio de la eclosión creativa musical en la familia. Carlos Navarro Altés (1978) es el primero que desarrolló inquietudes musicales en casa. «Nadie sabe de donde me vino pero siempre me ha gustado mucho la música y la electrónica especialmente. Tocar un instrumento es lo que me llevó a la parte que no se ve», dice. Es técnico de sonido en el Auditorio de Zaragoza. Antes de llegar ahí, lo fue con su empresa en infinidad de espectáculos de variado perfil. Aquello le suponía viajes, horarios sin horario y periodos de trabajo llenos de altibajos. A través de un teclado conoció que en la escena musical había más mundo que el que hay sobre el escenario y se lanzó a ello. «Entre los 15 y los 22 años estuve en una orquesta amateur tocando los teclados, que es un instrumento que siempre va más ligado a la tecnología que cualquier otro porque ya lo conectas a un ordenador y hacer cosas de producción», explica.
Quedó fascinado con eso, con algo que no sabía cómo aprender porque era un camino que se abría. «Ahí empecé a aprender sobre sintetizadores, sobre MIDI (el sistema de gestión de información que se utiliza para conectar a ordenadores), cajas de ritmos y todas estas cosas», apunta. «¿Cómo lo hacía? No había internet, así que iba detrás de cada persona que sabía que tenía cualquier aparato para que me dejase fotocopiarme el manual, poder aprender de cualquier cosa que sonara o tuviera efectos o cualquier cosa así», sonríe. Así fueron sus inicios, completamente autodidactas, por eso cuando le propusieron impartir una clases no se lo pensó. «Me di cuenta de que ya tenía el nivel suficiente para explicar todo esto y me encantó porque enseñas a gente que está ahí porque quiere y le interesa y siempre de cada grupo salen dos o tres personas en las que ves que hay potencial», dice. Es una de las personas que participa cuando Fran Arroyo en FeelSing organiza talleres con la filosofía de mostrar a los jóvenes que la música tiene muchos caminos.
Uno de los que camina Carlos se pudo ver el fin de semana en Caspe porque es el productor de sonido del videomapping que se proyectará con motivo del Compromiso y que ha realizado en DG Visuals. Se acaba de ver uno en Tarazona en el que también ha participado y hace un tiempo pasó lo mismo en Rentería (País Vasco). Siempre que puede acude a Caspe con su arte también en la mesa de mezclas porque la electrónica le puede por encima de todas las cosas. Actuó en Frecuencia Cincuenta700 y también en Caspe en 2020 estrenaron ‘Cello on the Dancefloor’, espectáculo en el que acompaña a la vilonchelista Cristina Suey. Con ella como creadora y él como productor musical se ocuparon del show de la bailarina madrileña Cristina Cazorla y que se estrenó en París. En mayo, participó en ‘Petróleo’, obra póstuma de Pasolini que llevó a escena la Orquesta de Música de Cámara. También tiene una espina clavada con la Blue Note Party que organizó varios años con la Casa de las Burbujas Azules. «Era una propuesta diferente desde el ocaso hasta la medianoche, con cócteles, música distinta a lo habitual con más jazz, reggae, hip-hop, disco… pero no conseguimos mover a la gente, el año pasado ya no lo hicimos», apunta. «He ido haciendo mis cosas pero siempre en la sombra, nunca ha sido mi intención ser artista, tener que estar siempre de viaje me parece durísimo», reflexiona.
El Auditorio: 300 eventos anuales
Sabe de sobra lo que implica la vida nómada del artista. Entrar a formar parte del equipo del Auditorio de Zaragoza hace ya unos años le trajo estabilidad en todos los sentidos, además de permitirle dedicarse a lo que le apasiona. El Auditorio programa de septiembre a junio y en diez meses se realizan entre 250 y 300 eventos. «Es un trabajo físicamente más cómodo pero mentalmente desgasta más, tienes que estar al cien por cien siempre», apunta. «Y a veces me falta el griterío del público al apagarse las luces; soy un hombre más de rock and roll, pero con 47 años creo que ya tuve suficiente y no lo cambio», sonríe. De la Sala Mozart, con 2.000 butacas, siempre se ha dicho que uno de los lugares con mejor acústica para las grandes orquestas. «Los directores más notables a nivel europeo de Berlín, Londres, Francia… siempre dicen que está seguro en el top 3 de Europa a nivel acústico para orquestas sinfónicas», explica. Él disfruta como nadie con su trabajo, su mano y su talento están detrás de todo lo que sucede en el escenario. Pero, como bien recuerda, «si la gente no nota que está el técnico de sonido es que ha ido todo bien».










