Igual que el arte forma parte de su vida, Castelnou es un pilar. Por eso no esconde la felicidad que le produce anunciar que del 6 al 9 de agosto en fiestas expondrá una parte de su arte en su pueblo. «Me hace mucha ilusión, considero Castelnou el centro de mi mandala vital», sonríe.
Será la primera vez que exponga en el lugar donde nació hace 38 años y en el que desde niña fue desarrollando sus habilidades con el dibujo y la pintura. Tanto, que se inclinó por Bachiller de Artes en el IES de Alcañiz, años que combinó con visitas a museos y galerías con su tía Divina, gran influencia. Los estudios superiores los centró en la psicología y la llevaron a la Comunidad Valenciana, donde reside sin olvidar sus frecuentes y necesarios viajes al pueblo.

Suele salir siempre con un libro de viajes en el que hace sus dibujos rápidos con acuarela. «El último que tengo es La Estanca de Alcañiz, en un paseo con mi madre en Semana Santa», cuenta. «Me gusta llevarlo y captar un lugar y la atmósfera del momento», explica.
En su vida hay mucha acuarela, pero también mucho acrílico y lienzos incluso circulares de todos los tamaños en los que da vida a los mandalas. Llegaron a ella en cuanto se adentró en una búsqueda más personal y creativa en su vida. Eso sucedió en pandemia, cuando se quedó sin trabajo y comenzó a pintarlos por afición hasta que llegaron peticiones. Al principio, sobre todo, de personas del mundo del yoga. «Lo viví como algo mágico porque era como vivir mi sueño de artista. Fue la eclosión del mandala pero se ha quedado conmigo», apunta.

Crea los suyos, pero cuando lo hace para otras personas siente igualmente que está dando vida a un símbolo de calma y una experiencia de conexión y contemplación. Siempre pregunta a la persona sobre qué quiere que le transmita y con qué quiere que le conecte cuando lo mire. Se lo toma como la creación de una ventana hacia el mundo interior que va a formar parte de un nuevo hogar. «Eso me da mucha felicidad y mucha alegría», dice.
El mandala nunca se fue de su vida porque para ella no es solo una pieza artística. Es la fusión del arte con la terapia vinculada a la psicología y la meditación. El propio proceso de la obra se convierte en una meditación artística y acaba siendo espacio de atención plena. Acaba siendo un espacio de introspección para desarrollar la concentración y la calma porque cada pincelada se aplica con presencia. Se va acompasando con la respiración y para eso, la técnica del puntillismo es ideal. «Es lo que ahora se llama mindfulness», aclara.
Cada mandala se suele pintar con una intención o propósito que se va repitiendo como un mantra interior. «El proceso puede dar un espacio de meditación y arteterapia», dice. «Como psicóloga, me gusta destacar la importancia de desarrollar conscientemente espacios de calma y silencio y bajar el ritmo de una sociedad hiperacelerada», avisa.
También es una experiencia ver cómo cada persona recibe su arte. «Me resulta muy emocionante compartir mis mandalas y acuarelas con público de todas las edades. Me encanta observar como cada persona conecta con la obra de manera diferente y encuentra su significado propio y personal», reflexiona. Hace un año lo comprobó en su primera exposición individual en Valencia, un momento de «gran felicidad», y ahora, descuenta los días para compartir experiencia con los suyos y sus orígenes.







