Lorena Villegas, caspolina del 82, echa la vista atrás y ve que todo lo que ha hecho tiene un hilo conductor. Justifica así la variedad que hay en su trayectoria, aunque hay un nexo común en todo ello. Estudió Periodismo, una carrera que eligió «en un momento en que quieres cambiar el mundo», y en el último curso decidió darle el espacio que le iba pidiendo cada vez más su vena artística. Compaginó el último año con la Escuela Massana y enlazó con Bellas Artes en Granada. «Tengo una personalidad muy curiosa y siempre ha habido muchas cosas que me han interesado», sonríe. En esa vista atrás se percata de lo importante: «lo importante para mí es contar cosas». Uno de los caminos que encontró fue comenzar a realizar cuentos personalizados, un proyecto en el que unió todo, la palabra y la ilustración, de todas las expresiones artísticas la que más satisfacciones le reporta. Durante casi ocho años desarrolló estos encargos hasta que sintió una llamada a explorar otra faceta que siempre le había interesado como es la docencia. Es hija de maestros y siempre lo había visto en casa. «Veía cómo han amado y respetado este oficio al que yo quería llegar pero siempre había sentido que necesitaba caminar mucho más antes de llegar a un aula, sentía que tenía que llenar la mochila con muchas vivencias y experiencias antes de hacer algo así», apunta.
Así lo hizo y encontró el lugar que le esperaba en Gelsa. «Me cayó un regalo tremendo con una plaza que llevaba el puesto de educadora de adultos pero también el de biblioteca», asegura y no oculta que es una plaza «apasionante» porque le permite hacer todo lo que le gusta hacer. «Si volvemos al hilo conductor, estoy en el sitio adecuado porque mi vida son los libros». Por un lado, lleva a cabo diferentes proyectos de animación a la lectura y, por otro, «unos proyectos muy interesantes y muy potentes» con los que asegura estar «muy contenta» y con los que lleva a cabo el modelo de escuela de adultos y de biblioteca en los que cree: espacios que son motores de cultura y dinamismo. «Hay mucha gente haciendo muchas cosas en Gelsa y por eso hay tanta oferta cultural. En un pueblo como este se vive muy bien, no sé cómo la gente prefiere a veces irse a la ciudad si tienes servicios y, además oferta cultural», se sincera. En Gelsa es una más desde que llegó, porque además por su trabajo conoce a gente de todas las franjas de edad. Llegados a este punto, la empatía es lo que más valora. «El trato tan cercano y de preocuparse los unos por los otros es lo que cuenta, yo me quedo con eso y creo que todos deberíamos trabajar más esto y estar más por los demás», añade.
Amor por la poesía y el simbolismo
Que ahora esté retirada de la primera línea no significa que no esté ni que sea para siempre. Uno de los proyectos que lleva en marcha es la animación a la lectura y más concretamente a la poesía. «De la poesía sí que no me separo de ninguna de las maneras porque es pasión pura lo que tengo», ríe. Así es, no le tienta escribir pero disfruta leyendo y recitando, aunque desde hace un tiempo dice que disfruta más cuando sus alumnas se lanzan a ello de su mano. «Es muy gratificante ver cómo personas que nunca han leído poesía se acercan a ella y, además, se atreven a leerla en voz alta y regalan ese momento a alguien», dice. Siente fascinación por las formas de tratar de decir algo con pocas palabras y simbolismo huyendo de la literalidad. «Me pasa en la poesía y en la ilustración, que prefiero lo que me obliga a mirar y pensar e imaginar, en lugar de que me lo den todo masticado, me gusta que me propongan otro tipo de juego».
Se ha dedicado años a la ilustración pero de niña pensaba que dibujaba mal. La etiqueta del dibujante en clase se le coloca a quien tiene la facilidad técnica ya de por sí y una capacidad para el realismo y ella no tenía nada de eso. «Yo dibujaba en casa sin pretensiones de nada, pero sí que tuve siempre la necesidad de expresar cosas y todo tiene que ver en mi vida con la comunicación y buscar muchos lenguajes para comunicar», señala. Tiene muy ubicado su despertar artístico, y da gracias a que su adolescencia a mediados de los 90 coincidiera con un Caspe con mucha actividad cultural y se montase una escuela municipal. «Vino Maite Aldaz, una profesora maravillosa que nos cambió la vida a muchos por su manera de entender una escuela de dibujo. A día de hoy como escuela sigue siendo lo más fascinante que yo he visto», dice. Recuerda incluso el primer ejercicio, que versó sobre la relación de los puntos. «No eran clases de sentarte a dibujar, nunca lo hicimos. Fue un florecer inmenso, me dio un hogar dentro de las artes plásticas», rememora.







