Por más que trata de encontrar la palabra adecuada para definir qué siente tallando madera no da con ella. Pero a veces los silencios lo dicen todo y es lo que le sucede a Chesús Palacio Gil (1971). «Siento que me conecta con mis raíces, con mi padre, con mi abuelo… Quizá suena un poco rimbombante, pero es así, creo que eso es lo que me hace sentir tan bien», reflexiona.
Chesús es zaragozano de nacimiento, y su corazón late a ritmo maellano y montañés. «Me explico», dice divertido. «Mi padre era de Nerín, un pueblo del Valle de Ordesa, y bajaba con las ovejas en la trashumancia a lo que allí llaman la Tierra Baja, y más en concreto a parajes por Maella donde conoció a mi madre», apunta. «Por eso en Maella me llaman el montañés o el hijo del montañés, y allá arriba soy el maellano o el caspolino», ríe. La cuestión es que su padre era muy habilidoso con las manos como casi todo pastor que en tiempos menos confortables, se fabricaban utensilios varios para la cocina, la casa o la faena.
Con el ejemplo en casa, y teniendo en cuenta que en la casa de la montaña de la que desciende había carpintería en la que su abuelo también hacía sus cosas, Chesús comenzó a fabricar algunas. Algo pequeño para regalar a familiares, especialmente cuando falleció su padre. «Creo que lo llevo en los genes, por eso estoy tan a gusto concentrado en la madera. Alguien tenía que hacer los utensilios de cocina y me puse, pero luego me dio por los llaveros que regalaba a amigos, familiares y compañeros de trabajo», explica. Él es educador y como tal trabaja en un centro escolar en Zaragoza. Todas las tardes que puede a la semana se escapa a un taller en el que se evade dando forma a las mil ideas que le rondan la cabeza. «Me llena totalmente estar con la madera, y en estos tiempos que vivimos más lo necesito», añade. En el taller recibe clases con más personas que ya son una gran familia. «El ambiente es buenísimo y, además, algunos son carpinteros ya jubilados… Todos estamos porque nos apasiona esto y aprendemos mucho los unos de los otros», explica.
Asegura que todavía no está en el punto de ver un trozo de madera y sacar de ella lo que cree que le está pidiendo. «No soy tan creativo. Hay que gente que sí, que siente que la madera le habla y le pide y me encantaría que me pasara pero no, yo voy con mi idea, mis medidas y todas las cosas estudiadas», ríe.
En un viaje a Asturias es donde sintió la llamada para dar el salto de los llaveros y útiles de cocina a otros trabajos más ambiciosos. «Allí trabajan muchísimo la madera, está por todas partes en decoración y muchas cosas son talladas», rememora. Así empezó a decorar la cocina de la casa del huerto de su tía o a tallar escudos como el de Maella o el de Batea también por su tía. Ha ido aprendiendo en el taller y a fuerza de pruebas con sus errores y aciertos. Tallar madera es tallar algo vivo con colores cambiantes, vetas que condicionan formas y nudos que pueden suponer una rotura insalvable.
Reconoce que se le resiste hacer volúmenes, pero sí ha ido aprendiendo a crear las profundidades aplicando rebajes. De esta manera ha dado vida a cuadros como el de la iglesia de su pueblo con las montañas del Pirineo al fondo. Hizo sus incursiones en el torno y se compró uno pequeño pero no termina de arrancar con él. «Me atrae tanto la gubia y el trabajo con las manos que no acabo de cogerle el punto a lo demás…», dice. Lo que le gusta es el relieve y le apasiona darle una segunda vida a maderas que no van a emplearse en otra cosa. Él sabe darle salida a unos escalones de roble o los laterales de una cama. «Me encanta», sonríe.















