Los cuadros en su casa tienen algo muy especial y es que no hay dos iguales aunque comparten firma. Son obra de Paquita Barceló Puyo (Maella, 1954), una mujer que se mueve con una destreza de admirar en el pastel, pero que entró al mundo de las artes a través de la flor prensada.
Fue hace ya más de dos décadas cuando los paseos por el entorno de Maella o de cualquier lugar con un poco de vegetación se convirtieron en algo más. «En educación de adultos nos enseñaron a hacer flor prensada y desde entonces ya no miro el entorno de igual modo», dice. «Te das cuenta de que hasta la flor o la plantita más común como la amapola o las manzanillas pueden resultar en un cuadro», añade. Y tanto que resultan pero para eso hay que tener mano y Paquita la tiene. Conserva pequeños cuadros con sus composiciones de flores secas en exclusiva, y otros más grandes en los que las plantas son el vestido de una dama de época. «Un día pensé en que si tenía que pintar una falda igual podía ponerle flores de verdad y no quedó mal», ríe. Son cuadros vivos porque la flor por muy muerta que esté, en función de la proyección de la luz, llega a cambiar de color con el paso del tiempo. «Es muy curioso, pero eso lo vas aprendiendo a base de hacer», dice.
Las pinturas que se mezclan con las flores en los cuadros también son suyas. Hay óleos, una técnica que le encanta, y hay mucho pastel, un mundo en el que se maneja como pez en el agua pero que desconocía hasta que tuvo que ayudar a una sobrina. «Ya tiene 30 años, pero cuando estudiaba en el instituto me acuerdo de que vino una Semana Santa a pedirme ayuda para pintar un cuadro con pinturas pastel. ¡Madre mía!», ríe. «Yo me agobié porque nunca había oído hablar de eso, pensaba que eran colores o tonalidades, pero no un tipo de pintura», añade. Recurrió a Ofelia, una vecina de Maella que pintaba y que le explicó lo que necesitaba saber. «Es una mujer encantadora y me ayudó mucho… Tuvo premio el cuadro», sonríe. Nada menos que tuvo que replicar el cuadro de Friedrich ‘El caminante sobre el mar de nubes’, un reto nada fácil pero que acabó siendo su enganche a la pintura.
Fue aprendiendo con el método prueba y error hasta que su hija la apuntó a unas clases que salieron desde el ayuntamiento. En esa época se unió a un grupo de artistas locales con los que compartía espacio y conocimientos. «Hicimos un grupico bastante majo, expusimos varias veces y nos iba muy bien tener nuestro sitio para llegar, extender y no estar recogiendo como nos pasa en casa. Pero nos fuimos enfriando, nos quedamos sin el local y, aunque estamos en contacto, ojalá nos volviésemos a juntar», confiesa. En ese tiempo con el grupo tomó las únicas clases que ha tomado y fueron para pintar al óleo.
Una mano delicada para el pastel
En el pastel se siente a gusto, se le ha ido cada vez mejor desde que fue conociendo sus virtudes y sus cosas menos buenas. Recomienda pintar de arriba abajo porque la tiza suelta polvillo, e ir poniendo laca en la parte hecha. «Ahí ves cómo también cambia de aspecto», apunta. «Y cuando se satura de pintura no admite más, la rechaza por más que insistas», aconseja. No se le resisten ni paisajes ni rostros, y ha hecho varios retratos. Sus hijos y sus nietos han pasado por sus manos, y también ellos lucen con orgullo obras de su madre. «Hace mucho que no hago nada y no me importaría seguir aprendiendo sobre el pastel. Desde que lo descubrí me gustó mucho», sonríe.







