Pronto encuentra el origen de su pasión: ver a su madre haciendo punto toda la vida. Pilar Herrero lo aprendió con ella siendo muy pequeña, porque «el ganchillo vendría más tarde». Sus recuerdos también viajan en el tren que la llevaba a Zaragoza a estudiar, una distancia que hacía con el punto como compañía. «Me encantaba y, además, entonces se llevaba bastante porque había muchas tiendas», añade.
Esta operación la repetía cada fin de semana hasta que cuando terminó sus estudios decidió regresar a Caspe. El regreso quedó condicionado a si abrían una tienda, la propuesta que le hizo a su madre y que aceptó. «Yo tenía 18 años y pensé que quería dedicarme a algo que me gustase y, como mi madre y yo compartíamos la misma afición por las labores, abrimos una tienda. Ese fue el origen de Lanas Ardilla, un establecimiento que fue más que un comercio porque por allí pasó «muchísima gente de Caspe a aprender a hacer punto» hasta que cerró cuando ya iba a nacer la tercera hija de Pilar. Comenzó otra etapa vital, pero nunca dejó de lado las manualidades, ya fuera con hilos, lanas, papel o con el material que fuese.
Su unión con el ganchillo es más reciente. «Yo era mucho de agujas, el ganchillo me gustaba, lo sabía hacer pero no le encontraba mucha gracia en un principio», reflexiona. Le fue cogiendo el atractivo poco a poco y empezó con bolsos cada vez más difíciles, cada vez más trabajados… «Fui buscando ideas, intentándolo, haciendo y deshaciendo, porque esto es hacer y deshacer, y es como realmente se aprende», recuerda. Esos fueron sus comienzos en el ganchillo y le animó la buena recepción que obtuvieron los que mostró en una de las ferias de Caspe en Navidad.
A través de la Asociación de la Mujer Caspolina a la que también pertenece volvió a dar clase hace unos años. «Les dije que yo estaba abierta a dar las labores que quisieran ya fuera punto, ganchillo, cruceta o vainicas… todo tipo porque me gustan y estamos muy a gusto», sonríe. El grupo fue creciendo con personas que primero querían hacer bolsos igual que hacía Pilar, hasta que ya cada cual empezó a tomar su camino propio ya sea tejiendo jerséis o cualquier otro tipo de prendas y accesorios. Además de las labores en las sesiones, ella también realiza las suyas propias. «¡Sí! Eso no lo he dejado nunca, me dan todas las noches las tantas. Me concentra y relaja. De hecho, es la única forma de que aguante una película entera sin dormirme», explica. Va haciendo tanto encargos como creaciones propias. Acaba de entregar un par de jerséis y entre manos lleva un bolso playero, un chal… Siempre tiene labores entre manos. Su escaparate es ‘Punto y Trapillo’ en Instagram, y también en mercados medievales en Caspe.
Irrepetibles
No desestima ningún material, pero reconoce que conseguirlos es ahora lo más complicado. Siguen quedando tiendas pero no toda la cantidad que ella conoció. «Cada vez que subo a Zaragoza voy a mirar, eso lo hago en cada viaje. A mi marido lo vuelvo loco pero bueno, cada uno tiene su afición», ríe. Celebra que este arte esté atrapando a cada vez más gente y tanto a mujeres como a hombres. «El ganchillo siempre se ha considerado una cosa de yayas porque lo que más se hacía eran tapetes, colchas y poco más, pero hoy en día se le han sacado muchas posibilidades», apunta.
Lo más atractivo es que cada pieza es única. «E irrepetible, porque aunque sea el mismo modelo tal cual, nunca va a salir igual… Nunca», señala. Además de que cada cual tiene su estilo y forma de trabajar, incluso el punto varía dependiendo de si es más o menos apretado. Los remates, apliques, colores, tejidos… Todo abre un mundo muy amplio de opciones. «Todo eso ha atraído a mucha gente joven y es maravilloso, mis nietas se pidieron lanas en Reyes. Y todo el mundo puede hacerlo, con tiempo y dedicación todo sale», anima. Sólo ha habido una época en su vida en la que lo aparcó: cuando fue alcaldesa. «Pues mira, en esa época a lo mejor me hubiera ayudado, pero no tenía tiempo», ríe.







