Inventa y reinventa, pero a todo le da su toque. José Miguel Pradilla Gómez (1959) pinta lo que le gusta y lo que le apetece. Lo dice con una amplia sonrisa y contento de haber conseguido dedicarse a eso que tanto quería desde que empezaba a ver cerca el tiempo de la jubilación. «En 2018 cuando ya tuve tiempo me apunté a clases de pintura al óleo, estuve dos cursos», recuerda.
La pandemia frenó el avance de las sesiones y ya no las retomó. Con las nociones aprendidas en ese tiempo continuó por su cuenta de forma autodidacta. «Nunca había cogido un pincel con colores antes y tenía ganas de aprender, me gustó mucho. Tanto, que sigo con ello», explica. Se inspira en fotografías, láminas o en cuadros ya consolidados, como por ejemplo, el ‘Guernica’ de Picasso o alguno de Botero. «Yo les doy mi toque y hago mi versión, como en el caso del ‘Guernica’, que lo tengo pero en colores», explica. «Una técnica o una temática definidas no tengo, lo que me gusta lo hago», reitera.
Que la jubilación le deje más tiempo para el arte no quiere decir que todos los días a todas horas se siente delante del lienzo. Lo hace también cuando le apetece, cuando tiene algo en mente. «Eso sí, cuando me siento y me meto de lleno a pintar me cuesta salir del cuadro, me concentro mucho y las horas se me pasan sin enterarme», sonríe. Algunos cuadros los vieron los maellanos en el puente de la Constitución en el Casino en una muestra colectiva con más artistas locales. «Es una responsabilidad exponer porque quieres que le guste a la gente y para eso hay que elegir y seleccionar entre todo lo que tienes», reflexiona. En Maella tiene unos cuantos, aunque muchos los regala porque encargos no hace. «Pinto lo que me apetece y un encargo ya requiere de un compromiso aparte», dice.
Vive a caballo entre Zaragoza y Maella, donde tiene su espacio para pintar, un estudio en el que pasa sus ratos. «El óleo requiere de un espacio propio porque huele y en casa es un poco molesto, por eso en Zaragoza no pinto», sonríe. Siempre tiene un proyecto en mente y empezado. De hecho, siempre trabaja sobre dos cuadros a la vez porque el óleo tiene sus tiempos. «Llega un punto en el que para seguir tienes que esperar a que seque lo que hay pintado si no quieres estropearlo y pueden pasar días. Mientras, puedes ir avanzando en otro», apunta.

Un niño que destacaba en lápiz
Cuando se apuntó a las clases de óleo ya tenía una buena base en dibujo. Desde niño siempre dibujó «muy bien» y destacó en el colegio, donde también aprendió técnicas con el lápiz. «Pero ya la vida te lleva a otras cosas y con 12 ó 13 años dejé los lápices», recuerda. Siempre se le dieron bien las manualidades, de niño siempre el que hacía figuritas si había que hacer un belén o lo que se pusiese por delante.
Durante su vida laboral, aunque estuvo dedicado a la industria en un ámbito que nada tenía que ver con lo artístico, trabajó con pinturas. Durante más de tres décadas estuvo en la sección de pintura en vidrio, algo que siempre lo mantuvo familiarizado con las mezclas de colores. Eso no le hizo aborrecer la pintura a caballete, básicamente porque supo distinguir entre obligación y ocio y retiro.
«No tengo nada que ver con el Pradilla pintor», ríe. «Yo soy de Ainzón, del Campo de Borja, no somos de la misma rama familiar», añade divertido. Esas inquietudes artísticas le llevaron a enrolarse en el grupo de teatro de Ainzón y, sin saberlo, compró el billete rumbo a Maella. «Mi mujer es la maellana, nos conocimos en un festival de teatro de Alfajarín al que íbamos los dos, yo desde Ainzón y ella con el grupo de teatro Matarraña de Maella», rememora. «Nuestra historia es de teatro, pero de verdad que lo es», sonríe.







