Un bajoaragonés, que prefiere mantener el anonimato, sigue llevando su relato allá donde es requerido, ya sea en institutos de Secundaria o en clubes de lectura. Cumpliendo condena escribió su libro, del que ya tiene preparada la segunda parte en la que contará qué tipo de delitos le llevaron hasta allí, un sitio en el que "tocó fondo". Cada 17 de febrero se conmemora el Día Mundial del Juego Responsable, aunque las presentaciones y conferencias que imparte no se limitan a fechas que destacar. De hecho, para lanzarse a escribir y editar contó con la ayuda de personas de las letras, un mundo en el que se encuentra a gusto y por el que quiere seguir su camino.
¿Cómo le llevó su adicción a acabar en prisión?
Tenía 16 años y estaba viendo una etapa a la Vuelta Ciclista a España en un bar con amigos. Eché las monedas que sobraron de las consumiciones a una tragaperras y me tocó el premio mayor de 60 euros (10.000 pesetas de entonces). Al día siguiente volví. La ludopatía es así y ganar siempre es perder porque siempre quieres más. A la vez que estudiaba trabajaba en la fundición en el pueblo y ganaba un dinero. Una adicción te lleva a la otra y yo siempre que consumía, bebía y jugaba, algo que en pueblo había visto desde pequeño. Seguí, y aunque iba perdiendo, nunca dejé de creer en el juego. Mis amigos tuvieron la gran idea de llevarme a un bingo a Zaragoza como regalo de mi 18 cumpleaños. Y me tocó.
Además, con la suerte de lado.
Siempre digo que tuve la mala suerte de que me tocase el premio. Aunque lo peor estaba por venir porque con 18 años acerté un pleno al 15 de la quiniela de 240.000 euros.
¿Cómo lo gestiona?
Cuando a los ludópatas nos toca un premio tan grande queremos más, somos súper ambiciosos. Seguí jugando y me siguen tocando premios, tanto que yo pensaba que si esto solo lo sabía hacer yo. Comenzó una cadena porque me iba gastando el dinero de la cuenta corriente que tenía que reponer que mis padres iban vigilando porque yo era muy joven. Sigo jugando y jugando y el agujero y el problema se va haciendo más grande porque, además, tenía un plazo fijo a mi nombre y el de mi pareja. Lo único que quería era jugar al día siguiente, me daba igual que me denunciaran.
¿En algún momento pensó que estaba perdiendo el control?
No. Cuando estás tan enganchado no ves el problema. En las charlas que doy a chavales digo que lo primero es reconocer que hay un problema porque si no, no te recuperas. Yo no creía que tuviera ninguno. Fui a una partida clandestina en un piso en Zaragoza a jugar al 9 -que en el libro aparece como póker-. Me jugué mi casa.
¿Cómo explotó todo?
Nos creemos más listos que nadie pero explota siempre. En mi caso fue porque iba a llegar la fecha del plazo fijo. Reuní a la familia y les conté todo, que no había dinero porque me lo había jugado. Trato de contarlo con un poco de humor y demostrar que se puede salir de todo esto.
¿Cómo acaba entre rejas?
Al contarlo todo, mi familia me llevó a ABATTAR, pero me llevaron de las orejas, yo seguía sin pensar en que tenía un problema. La prueba de que no te recuperas es que en el centro pusieron todo sus recursos pero yo seguía jugando y acabé abandonando. Me fui a otra comunidad autónoma para alejarme de mi ambiente pero ahí, además de quitarme la prohibición de acceder a salas de juego, en cuanto se terminó el dinero, empecé a conseguirlo de otra manera. Eso me llevó a una condena de 9 años de prisión que he terminado hace poco. Lo contaré en el segundo libro.
¿Cuándo decidió escribir?
En la cárcel trabajé y me apunté a todos los cursos. En uno de inteligencia emocional la guía un día me invitó a contar mi historia. Me armé de valor y vi que se identificaba mucha gente. Y es que todos tenemos las mismas pautas de ser mentirosos y robar para conseguir dinero para nuestras adicciones. Lo mío no fue por una quiniela, era cuestión de tiempo y eso me lo hicieron ver en ABATTAR: que mi problema se llama ludopatía. Me recomendaron escribir, trabajé en la revista de prisión y nació el libro. Me han ayudado mucho en correcciones y edición. Me ha costado mucho. Hay sufrimiento mío y de familiares porque ellos entran en la enfermedad del control de los enfermos. Somos enfermos. Yo tuve que tocar fondo para verlo, pero si hubiera seguido consumiendo con ese ritmo lo siguiente era ya la muerte.
¿Qué pensó al llegar a prisión?
Mis primeras palabras dentro fueron: ‘Joder, no se puede tocar más fondo’. Estaba acojonadísimo. Todos somos delincuentes dentro pero hay niveles, también homicidas y maltratadores y eso es una jungla. Es verdad que cada uno decide cómo quiere que sea su condena por su comportamiento. Yo tenía que salir de ahí siendo una persona nueva.
¿La ludopatía se controla?
No me gusta la palabra controlar. Se calma. Yo lucho cada día para que el chip no se encienda y ahora está apagado. Somos enfermos para toda la vida. En mi epitafio quiero que ponga: ‘Aquí yace un ludópata’.
¿Qué herramientas tiene para mantener en calma la ludopatía?
La confianza con la familia es clave. Cuando pasa algo hay que reconocerlo, pedir ayuda y resolverlo juntos. Muchos chavales me dicen que tienen miedo a contar según qué cosas en casa. A los padres les digo que no son coleguitas, porque algunos van así, pero que tienen que dar confianza a su hijo y reaccionar de tal manera que entre todos eviten que ese problema se haga más grande. Esta enfermedad te quiere de rodillas, esclavo… tanto a nosotros como a nuestro entorno porque afecta a todos. Y repito, tarde o temprano explota.
¿Qué le dicen los jóvenes en las charlas de los institutos?
Que ellos controlan porque solo consumen el fin de semana, pero cuando ven que no conciben salir de fiesta a refrescos hay que hablarlo. También me pregunta mucha gente que juega la Bonoloto. No hay problema, llega a serlo cuando teniendo obligaciones prefieres la adicción que atenderlas. Hay gente que no le da de comer a sus hijos por jugar. Yo mismo hubo días en los que, si tenía que comer o ir a jugar, elegía el juego.
¿Cómo es su vida ahora?
Me he quitado el sentimiento de culpa y mi familia también. Nos impusimos no hablar del tema en casa porque era un infierno y conseguimos armonía. El dinero se repone, pero las personas no y yo he perdido a muchas por culpa de las adicciones.








Un tío valiente, si señor. Felicidades.