¿Qué planes tienes ahora que sales de la dirección de la Escuela Municipal de Música y Danza de Zaragoza?
Sigo como profesor y me dedicaré a mis clases, dedicaré más tiempo a ensayos, investigaciones y a proyectos que tenía un poco más dejados como el Centro de la Cultura Popular de Albalate, en que me quiero implicar más. Quiero fijar visitas guiadas periódicas y lo estoy poniendo a punto porque el día 28 a las 11.30 haremos la primera para todo el mundo que venga. Los estatutos de la escuela permiten flexibilidad para actividades y todo revierte. Hay que trabajar mucho fuera del aula y más en esto porque no hay publicaciones salvo las nuestras o de otras comunidades. Yo sigo disfrutando de mi trabajo.
¿Qué importancia tiene mantener la escuela municipal?
La de Zaragoza fue pionera en 1994 con la unión de tres entidades: la escuela municipal de jota, el taller de rock del mercado Delicias y la escuela municipal de música de la que yo fui alumno. Creemos que es un baluarte de la cultura aragonesa porque ha logrado incorporar todas las dimensiones estéticas de la música como es la clásica, la moderna y la tradicional. Es un valor que hay que cuidar y no lo puede hacer el conservatorio igual que hay cosas que no puede hacer la universidad, tiene que haber algo intermedio como una escuela que es más didáctico y relacional con el público. Igual que se está haciendo bien en Alcañiz.
¿Por qué llega este cambio?
En la escuela hay 1.500 estudiantes en dos centros. Ya llevaba 20 años en la directiva entre dirección y subdirección y los últimos años tenía ganas de soltar porque, además, había venido gente joven muy preparada, con tres grados superiores, magisterio y con capacidad de comunicación.
¿Ahí notas el cambio en formación?
En formación reglada, sí, porque la formación en estos instrumentos tradicionales la hemos creado nosotros. No existía. Fuimos desbrozadores del camino y creo que valientes. El primer paso con la escuela fue crear una gran masa. Ya la tenemos porque hay gaiteros en cada pueblo o comarca y buscamos la excelencia. Cada año hay alumnos que vienen a tocar en nuestros conciertos y tienen sus grupos. Serán los continuadores de la tarea. Es el momento de que salga gente buena y ya está saliendo. Conocen lo clásico, la técnica y lo tradicional y darán impulso porque valoran que la música tradicional es patrimonio endémico a conservar y desarrollar.
¿No sirve decir que esto se ha hecho así desde siempre?
La tradición siempre se va a modificar, no ha habido un momento en que se diga que esto es la tradición histórica. Por ejemplo, el Pepinero de Alcañiz, Ronzano de Las Parras y el Tío Salao de Albalate tocaban el pasacalles y todos distinto. Hemos recogido todos los estilos, presentado las opciones y que cada cual decida. Yo toco y me doy cuenta de que mezclo todas. Se mejora y aporta.
Has recuperado cantos y tradiciones de dances, Semana Santa, folclore de Albalate y el Bajo Aragón. ¿Cómo empezaste en la música?
Mi familia viene de músicos pero se cuidaron de ocultárnoslo a mi hermano y a mí y hemos acabado los dos músicos (ríe). Empezamos en Albalate con la flauta dulce en el colegio como todos. Falleció el gaitero y a unos cuantos nos pedían tocar en los barrios en las fiestas y mi padre consiguió una dulzaina. Era 1986, ensayamos un año, sacamos las notas y tocamos en San Antón y luego llegaron pasacalles con cabezudos. Con 15 años marché a Zaragoza a estudiar primero al seminario y aprendí órgano, solfeo… Pero en el pueblo aprendimos por nuestra cuenta hasta que hablamos con el Pepinero y Noel Vallés de Alcañiz, conocimos a Camilo Ronzano de Las Parras de Castellote… He ido en Vespino a Alcañiz para que el Pepinero me contara cómo hacían las cosas. Ronzano era músico y fue referencia e hizo sus composiciones y ahora nosotros empezamos a hacer eso, a componer. Es decir, que la música tradicional ya somos gente del siglo XXI y avanzamos. Es importante saber de dónde venimos para saber a dónde vamos.
¿Y si no?
Si no lo sabes y te quitan todo lo que tienes, en Estados Unidos vives igual que aquí. Y no pasa nada, la sociedad va por ahí, pero creo que para cuidar el planeta, a nosotros y para que el entorno siga siendo saludable tenemos que conocerlo. Para apreciarlo y relacionarnos de una forma más humana, debemos estar en contacto con la naturaleza y las otras personas y es difícil con tanto cemento y tanta pantalla. Para montar el Centro de la Cultura Popular estuvimos hablando con gente un año y medio, lo que dura el ciclo festivo y laboral, y por eso hacemos la música que hacemos. Tus méritos se deben a toda la gente que ha estado a tu alrededor desde antes de que tu nacieras incluso.
¿Cómo se aplica esto en clase?
Entre otras cosas, creamos el Aula Abierta de Folclore que da una visión global y algunos van a bailes populares para aprender los pasos básicos y salen con mis grupos a tocar por ahí y así tienen todo el recorrido. En esto también me quiero implicar más, y en estudiar más de percusión, mi campo, porque aunque estoy en el nivel alto, las nuevas generaciones quieren tocar la batería, instrumentos étnicos y hay que hacerlo. Dulzaineros del Bajo Aragón estamos grabando disco y he metido un yembé en vez de un pandero. He aprendido técnicas con los africanos que hay en Zaragoza. No te puedes ceñir.
¿Cómo empezaste a investigar?
Siempre me ha interesado y en Zaragoza encontré gente como Biella Nuei que creó un taller propio de construcción de instrumentos porque no había. Investigaron y se eligió para la dulzaina en SOL reproducir la de Híjar del Tío Salao; y para la de LA, la de Noel Vallés de Alcañiz. Lo mismo con las gaitas de boto, que casi desaparecen. En los años 80 hubo un movimiento de recopilar repertorio y transcribir, algo de lo que nos retroalimentábamos nosotros para ponerlo en escena. Lo subimos de la calle al escenario con el riesgo que conlleva, al igual que sucede con la jota como baile popular que se sube a un escenario. La jota es un género más de todos los que hay en Aragón, donde hay muchas formas de celebrar el ciclo de la vida del hombre y la mujer con cantos religiosos y profanos, romances, cantos de amalgama o de bodega.







