Los premios cumplen cinco ediciones, ¿en qué momento están?
Es un orgullo después del inicio, porque esto comenzó en 2020 y con la pandemia ese año no pudo ser. Los primeros se celebraron en la feria FEMOGA de Sariñena por la amistad y el compromiso con Valeriano Tella, presidente entonces. Luego, con el cambio al actual ayuntamiento con Miguel Ángel Estevan, se trasladó a Alcañiz, que era lo propio. Va a ser la tercera edición en la ciudad y estamos muy contentos.
¿Cuál es el objetivo?
Reconocer a la gente desconocida del mundo rural que ha hecho cosas muy importantes. Muchísimas veces no se les da ni protagonismo ni la posibilidad de ser conocidos, y la trascendencia de lo que han hecho va más allá de su propia vida, ya son cuestiones vitales del propio territorio. En estos cuatro años hemos premiado a la persona que lo hizo todo por salvar la raza de vaca pirenáica, a la única familia que mantenía los nabos de Mainar desde el siglo XVIII, al matrimonio que salvaguardó semillas de secano de Muniesa, y a una familia de hortelanos por defender la huerta y sus variedades y, sobre todo, un proyecto de vida de gente joven que sigue pasando entre generaciones. La falta de relevo generacional es un grave problema en conservación de patrimonio alimentario y muchos oficios desaparecen.
¿En qué nos repercute esto como sociedad? ¿Somos conscientes?
No. La sociedad no se ha puesto las gafas para ver bien la trascendencia. El panorama es bastante desolador si pensamos en que las huertas es de lo que está en una situación más precaria, están desaparecidas. Nadie quiere ser hortelano y es una de las profesiones más antiguas. Cuando el ser humano pasó a ser sedentario comenzó a cultivar variedades de cereales y hortalizas, así de antigua es esta actividad y, hoy en día, la sociedad es dependiente del alimento que viene no se sabe de donde a veces. Y esto sucede teniendo tierra, agua, conocimiento y sabiduría. Hay que pensar en quién dirige el tráfico, en por qué la sociedad está abandonando acciones que son seculares de toda la vida como es producir y consumir en el territorio cercano, y estamos haciendo que sea dependiente de alimentos que vienen de miles de kilómetros. No podemos depender de cereales que viajen 5.000 kilómetros o de legumbres de a 10.000 kilómetros de distancia como ocurre ahora en América, ni de hortalizas de África. Es de locos. En el planeta Tierra nunca había pasado esto, es muy grave, y la gente no hace caso. ¿Y quién lo decide? Esa dependencia tiene mucho poder porque comer, comemos a diario. La comida es patrimonio y no estamos haciendo nada ni por conservarlo, ni protegerlo, ni salvaguardar la sabiduría que hay en torno a él.
¿Cómo debería ser el futuro?
Somos personas universales porque hay que cambiar el concepto de nacionalismo, de mi tierra y de mi pueblo. El nuevo mundo hay que construirlo con comunidades en territorios donde buscar la manera de satisfacer lo máximo en alimentación, en las que podamos colaborar, ayudarnos, y en las que hagamos una buena gestión territorial dando de comer, dando trabajo y facilitando la vida a las personas, y el alimento es el elemento principal.
Darío Vidal se empleó a fondo en esta tarea. ¿Cómo nace la amistad que hace que sigas manteniendo y difundiendo su legado?
Yo daba clases en Hostelería en Caspe hace años y conocía su bibliografía, le invité a venir y en las tertulias fuimos estrechando amistad. Un día encontré una receta en un libro que firma José Manuel Porquet y coincidía con una suya porque la habían plagiado y, además, se ha reeditado más veces. No me parecía justo y le pedí, que si me daba su consentimiento, daríamos a conocer su trabajo en un libro. El resultado es ‘El arte de la cocina aragonesa’, que se publicó en 2023. Él murió en 2020 y, aparte de un homenaje, quise rendir cuentas y contar a la sociedad quién es el verdadero autor del que para mí es el recetario más importante de la segunda mitad del siglo XX en Aragón y uno de los más importantes en España.
¿Por qué es tan importante?
Porque habla de recetas, de personas y de lugares, y eso no es habitual. Darío hizo un libro vivido porque en los años 70 se pateó los pueblos con el coche con las comunicaciones de entonces. Lo suyo fue compromiso y fe ciega por conservar el legado porque desde Barcelona, donde vivía entonces, veía cómo se desmoronaba la cocina tradicional. Parte de nuestra amistad, además de por los libros, vino porque me dedicaba a recoger semillas por todo el territorio, tengo más de 500, y me decía que siguiera.
Ya fue un visionario Darío Vidal.
Es la persona que más y mejor ha sabido leer la situación del alimento en Aragón, pero a veces en esta tierra no queremos mirar al que destaca porque nos deslumbra, nos vemos pequeños y no queremos reconocer su labor. Pero Darío es una figura muy importante en Aragón, aparte de periodista y de manejar muchos roles de conocimiento, en el tema del alimento es primordial. El libro está funcionando muy bien. El año pasado editamos la segunda edición prologado por la directora de La COMARCA, Eva Defior, y seguimos trabajando porque todavía no se conoce en todo Aragón. El premio, que a mi juicio es de los más importantes, va a tener un recorrido espero que de muchos años porque el criterio es valorizar lo que hablábamos con Darío: ver qué hay en el territorio, quién lo conserva, quién sabe sobre ello y a quién le interesa.







