El alcañizano José Luis Alejos, sucesor de la emblemática pastelería fundada por su padre en 1925, falleció el pasado sábado, 18 de enero, con 88 años a causa de un cáncer. Se fue a las doce en punto del mediodía, justo cuando terminó de sonar el Ave María de Schubert, la misma pieza que unos allegados tocaron el lunes durante su funeral celebrado en la iglesia de Santa María la Mayor. Él mismo lo había planificado en verano, cuando empeoró de su enfermedad, tal y como descubrió la familia al hacer los arreglos de la ceremonia. Alejos pasó sus últimas horas en casa, como él quería, rodeado de sus seres queridos. Tenía un hijo, Antonio; tres hijas, María José, Carmen y Begoña; dos nietas, Laura y Clara; y dos nietos, Nacho y Samuele.
Antes de descansar eternamente en el cementerio de la ciudad, junto a su mujer Josefina, Alejos pasó por última vez por la plaza de España, donde se crió y trabajó durante muchos años cuando el negocio familiar estaba ahí ubicado. Fue allí también donde transcurría el juego infantil que, con el afán de sus progenitores de evitarlo, le llevaría a descubrir una de sus grandes pasiones, la música. Con alrededor de siete años, cantaba con otros niños a los operarios que regaban las calles y todos los días acababa chipiado. Su madre, desesperada, lo apuntó a clases de piano con doña Pilar Martínez para tenerlo «recogido». Alejos tenía talento y, pese a las muchas horas que estaba en la pastelería, logró con un esfuerzo ingente compaginar sus estudios y pasar los exámenes en el conservatorio de Zaragoza. «Mis abuelos siempre lo animaron», destaca su hija María José.
La gran mayoría de los vecinos, no obstante, conocían a Alejos por su talento culinario. Desgraciadamente, su hermano murió con tan solo 22 años y él, desde muy joven, tuvo sobre sus hombros la responsabilidad de continuar con el legado familiar. En el obrador era «muy exigente» con todos, en especial, con él mismo. «No era de los que mandaban y no hacía nada. Él era el primero en coger una escoba o lo que hiciera falta. Su frase siempre era que para saber enseñar hay que saberlo hacer», recuerda María José. Entre esas paredes pasaba «más horas que un reloj», sobre todo, en fechas importantes como Semana Santa o Navidad, cuando -para poder cumplir con todos los encargos- se pegaba hasta tres días seguidos sin subir a dormir a casa, echando cabezadas en el despacho y comiendo lo que sus hijas le bajaban. Unas «bestialidades» a las que tuvo que poner fin cuando sufrió un infarto en 1995.

Los dulces de la pastelería Alejos son un emblema de Alcañiz. Tanto que sus turrones o pastas de té, que comenzó a elaborar el fundador, Antonio Alejos Lizana, siguen siendo populares dentro y fuera de la capital bajoaragonesa. Una de las creaciones que introdujo su hijo José Luis años más tarde fueron las monas de chocolate, a raíz de los cursos de pastelería que estudió en Barcelona. Desde entonces no faltan en ninguna Pascua. El desempeño profesional de José Luis Alejos siempre estuvo respaldado por su esposa Josefina, así como por todos sus hijos, que ayudaron siempre en el negocio, como era habitual en la época. En la vida del pastelero, su trabajo y su familia eran un binomio.
Después venían las aficiones como la música, la Semana Santa alcañizana y los toros. De hecho, fue en la plaza de toros de Alcañiz donde conoció a la que sería su esposa, natal de Calaceite. Cuando se jubiló, su actividad favorita era bajarse a la finca fuera la época que fuese. Cada día, tocaba una trompetilla para anunciar a sus vecinos que iba a preparar café y, como si de un bar se tratase, siempre acudían sus fieles parroquianos. En esas tertulias, «arreglaban Alcañiz» y hacían un repaso de las obras inacabables. Sobre las doce y pico, cada uno regresaba a sus faenas en el huerto. «Mi padre era feliz invitándoles. Ellos son los que realmente han hecho compañía a mi padre», resalta María José. Los encuentros terminaron hace unos tres meses, cuando Alejos comenzó a sentir unos fuertes dolores que, finalmente, le llevaron a ser ingresado en diciembre.

100º aniversario
Cuenta María José que su padre «no tenía miedo a morir», aunque si por él hubiera sido «todavía le quedaban mil cosas por hacer». Nunca pensó que «se haría tan mayor», pero conforme fue cumpliendo años «se ilusionó» con llegar a 2025 para ser testigo del centenario de la pastelería Alejos. Tenía muchas ideas para celebrarlo y hasta le pidió a su hija limpiar unos calderos de cobre por si montaba una exposición. Su corazón dejó de latir antes de organizarla, pero durante 18 días pudo vivir el aniversario.











Personas podrán olvidar lo que dijiste, podrán olvidar lo que hiciste,pero nunca olvidarán como las hiciste sentir D . E . P .
El resultado del trabajo de la familia Alejos ha sido, durante muchos años, la tarjeta de presentación de Alcañiz. Sus diferentes dulces como las pastas de té, bombones, etc, han sido los presentes con los que los alcañizanos obsequiábamos a nuestros amigos que visitábamos fuera de la localidad. Su buen hacer, garantía de la casa. Muchas gracias José Luis!! D.E.P.