¿Por qué se presentó a la alcaldía?
Porque en un pueblo tan pequeño no es fácil que salga gente. No me gusta la política pero quería hacer cosas por mi pueblo, algo que ya hacía.
¿De qué manera?
He sido juez de paz hasta ahora durante diez años, presidente de la Asociación Cultural Jatiel y siempre he colaborado en todo lo posible. He estado en todo menos en la parte política.
¿De qué manera funciona la política en un pueblo de 50 habitantes?
Censados somos 49. No hay concejales, sólo el alcalde y sus apoyos. Al anterior -Jesús Gálvez- le apoyaba yo. Mis tenientes de alcalde son él y su experiencia, y Esther Ayuda, que dinamiza mucho. Hace cuatro años Jesús insistió en que me presentara pero tengo mi empresa y no era momento. Le pedí cuatro años más y en mayo le tomé el relevo en el PSOE como independiente. Ambos cumplimos.
¿Algo que le haya sorprendido?
Que requiere mucho tiempo y recursos. El papeleo es enorme, los tiempos de la administración son muy lentos y hay que tomar muchas decisiones sobre la marcha de temas que desconoces. Nuestro presupuesto es pequeño y no tener dinero ni personal hace que el alcalde esté para todo. Nuestros problemas son muy inmediatos, es arreglar las baldosas rotas de la calle.
Ser pocos sí que se nota...
Por ejemplo, si toca limpiar los depósitos yo subo, me entero del mecanismo y los vacío para el día que me dicen; o un socavón se arregla cuando encuentras albañil y precio. En otro pueblo se soluciona con una llamada del alcalde a la brigada. Tenemos un operario contratado con una subvención por diez meses y se nota. De momento la herramienta la pongo yo de mi empresa de suministros industriales. Se podría comprar pero no sin tener asegurada una ayuda.
Con un presupuesto pequeño hay que lograr subvenciones. ¿Qué urge?
Ya voy aprendiendo, pero es todo un mundo en el que no cuadra nada y de mucho papel. Nos urgen dos cosas y no hay forma: un pabellón nuevo y reabrir el albergue. Tenemos la cripta gótica pero las visitas no se pueden tomar un café. Hay ayudas para reformas o impartir talleres, y en la mayoría tienes que adelantar dinero que un pueblo con unos 70.000 euros de presupuesto no tiene.
¿Cómo distribuye su tiempo?
En la oficina en Zaragoza tengo el ordenador de la empresa y al lado el del ayuntamiento y el teléfono desviado. Para las llamadas soy maniático, siempre las cojo y me gusta que hagan lo mismo. Cada semana estoy en Jatiel y si hay asuntos de Comarca también.
Triunfaron con su I Feria del Libro.
¡Pues no he conseguido subvención del ministerio! Pero seguiremos, y ahora estamos creando un punto de lectura.
¿Qué le une a Jatiel?
La familia materna. En la fresca con los mayores me empapé de la pasión que le tenían mi abuelo y su hermana. Mi casa ya era de mis tatarabuelos.
¿Qué tiene Jatiel?
O te enamora o te deja indiferente. No hay paisajes pero siento orgullo de su gente acogedora. Hemos crecido de 38 a 49 y se van vendiendo casas a gente con y sin vínculos. De hecho, van quedando menos familias de las de siempre. Por este cambio de tendencia me propusieron como juez de paz.
¿Cómo fue eso?
Hace años había dos sectores que no terminaban de encajar: los nativos de sangre y los que habían venido de fuera, los forasteros. Ambos me consideraban de los suyos porque no vivía de continuo aquí pero soy descendiente. Entre eso y mi carácter calmado me propusieron para juez de paz. Es muy difícil discutir conmigo. Quizá porque siempre me he dedicado a la venta y hay que aguantar (ríe). Aparte de lo cotidiano, en diez años tuve un juicio que llegó a acuerdo, y una boda.
¿Y surtió efecto?
Sí, hay armonía. Se creó la Asociación Cultural Jatiel para unir a todo el mundo. No era de ningún un bando porque la montaba Javier, o sea yo.







