Los pinceles forman parte del imaginario de Eva Ricart Tapia (Caspe, 1977) desde que tiene uso de razón. Con 15 años se enfrentó al primer lienzo en blanco, pero ya siendo muy pequeña dibujó sus primeros trazos con lápices de colores. Así empezó a dar rienda suelta a algo que le ha acompañado toda la vida: la pintura. No concibe su día a día sin crear cuando puede y cuando lo necesita, porque no es una afición. «Eso lo descubrí con los años, me di cuenta de que lo mío es amor al arte», sonríe. La curiosidad la llevó a ir formándose y pronto vio que pintar no se le daba mal. «Lo tenía como proyecto personal y me obsesionaba mucho el aprendizaje, hacer obras para mí y era mi forma de expresión. En vez de escribir un diario me expresaba trabajando mis lienzos», dice.
La constancia también la acompaña. Siempre ha ido a tomar clases en academias o con artistas. Esta dinámica, además de proporcionarle los consejos de un profesor, le daba momentos de compartir con otros compañeros de los que aprender e intercambiar opiniones. En sus inicios su obsesión era adquirir técnica y unas bases, y pronto probó el óleo, la técnica en la que más cómoda se siente. También le acompaña la capacidad de adaptarse a las circunstancias, y como el óleo requiere de espacio y tiempo de secado, dos cosas de las que no dispone de momento, se lanzó a lo digital. Se apuntó a cursos de edición en Caspe, que fueron otro descubrimiento. «Me encanta aprender y de lo digital me llamaba mucho a atención saber cómo lo hacían y con ello estoy», apostilla. La pandemia se cruzó en este proceso, pero le sacó partido al tiempo libre que podía dedicar al arte. «Tenía papel y acuarelas y me puse con ella», avanza.
En una técnica tan azarosa como esta se formó por su cuenta probando bocetos de paisajes que luego recreaba y montaba en digital. Reconoce que muchas de sus obras finales no fueron intencionadas sino fruto de «ver qué pasa». Aunque hace tiempo que «vuela sola», dice que sigue en proceso de aprendizaje, y presume de que ha dado clases con maestros a los que admira. De niña aprendió de Suñé en Caspe, años más tarde en Zaragoza en Atrium y luego con Carmen Mur, para más tarde de regreso en Caspe con Álvaro Clavero y con María Piazuelo. Esta última le dio el último empujón que necesitaba. «En cuanto tuve la ocasión de dar clases en su estudio no dudé porque la admiraba mucho», reconoce. Cuando María se marchó, Eva voló por su cuenta. «Ir a clases te da mucha seguridad, pero en algún momento hay que lanzarse y yo lo hice entonces», cuenta.
Influencias desde la cuna
Además de sus maestros, ha tenido varias influencias e inspiraciones. La primera, en casa, en su madre, «la artista de la familia que dibuja y cose de maravilla». En el instituto se dio de bruces con los Impresionistas cuando los estudiaron en clase de Plástica. «Yo me quedé atrapadísima con los impresionistas y dije: ‘yo quiero hacer esto’. No sé cómo se hace, pero quiero hacer esto», recuerda.
Tuvo su primer contacto con los pinceles y certificó que era lo suyo, aunque a la hora de estudiar se decantó por Traducción. Ya sabía francés tras haber vivido de niña un tiempo en Marruecos por el trabajo de su padre, y el inglés le gustaba. «No es tan distinto porque lo que me ha gustado siempre es comunicar, y traducir es parecido a la pintura, es transmitir un mensaje más allá que las palabras», reflexiona. Lo emplea a nivel empresarial en Caspe, donde trabaja desde que regresó hace más de dos décadas.
Acepta encargos y, además, «con mucha ilusión», y, aunque vender le cuesta por tener que desprenderse de obra, sí que ha expuesto y quiere exponer de nuevo. En Caspe o en Chiprana han visto sus obras y a través de www.evaricart.com todo el mundo que tenga internet. Darle vida a este espacio virtual fue su proyecto del año pasado porque también ama el diseño. «El arte hay que ventilarlo y que se vea, igual yo me encanto con obras de otras personas, nunca sabes a quien puedes inspirar. Yo lo llamo tener una ilusión», apunta.









