¿Cuántas satisfacciones os está trayendo la película?
Muchas y enormes porque partimos de hace unos ocho años cuando publicamos un libro en el pueblo de Nerín, que está en el Valle del Vió en el Pirineo oscense. Era un libro colectivo que coordiné con el título ‘Nerín Memorias Compartidas’, y eso fue el inicio. Han sido dos años con el libro y luego seis con la película, y es una experiencia tan maravillosa que estamos recogiendo frutos porque está gustando y está emocionando a la gente. Y estoy que no quepo en mí de alegría por venir a Teruel y que la primera proyección en la provincia de Teruel sea aquí y es un honor estar en este festival.
La historia discurre en el Pirineo, pero la despoblación azota a gran parte de Aragón.
Sí, efectivamente, cuando venía a Calanda desde Zaragoza pensaba que me estaba perdiendo porque veía tanta llanura, tanta superficie que se ha cosechado y no se ven poblaciones en el horizonte. Y pensaba que estamos contando en ‘Con con la tierra en los pies’ cómo se vivía en el siglo pasado en los pueblos de alta montaña, pero, ¡ojo! cómo vivirían también aquí en el Bajo Aragón en el siglo pasado. Me emocionaba, sinceramente, al venir por eso, porque encontraba similitudes entre esa despoblación que se produjo en el Pirineo y la que se ha podido producir, o se produjo en estas zonas de aquí.
¿Cómo valoras que en un festival puedas llegar a gente tan variada? Aquí, por ejemplo, hay mucha presencia mexicana que no tiene esta realidad tan cercana.
Seguro que mucha gente descubrirá otra realidad y seguro que muchas personas se sentirán identificadas, porque ese momento en el que alguien de la familia se tuvo que ir y emigrar a Barcelona o a Zaragoza o a Teruel o a Valencia desde aquí, pues, seguramente, ahora cuando vuelvan de vacaciones, se emocionarán de ver lo que hay. Pueden pasar dos cosas: que el pueblo esté despoblado y que no puedan volver porque sus casas están perdidas y en otros casos será un retorno más gratificante porque podrán regresar y pasar sus vacaciones en las casas recuperadas. Otra cosa es quienes están permanentemente en estas zonas, pues, tengan un sustento de vida que no es comparable al del siglo pasado, pero que ahora también tendrán que luchar mucho para mantener las cantidades de hectáreas de terreno y ganadería.
¿Por qué extendéis el libro a una película?
Porque yo tenía miedo. Me metí en la coordinación del libro ‘Memorias Compartidas’ porque tenía miedo de que mi pueblo quedara deshabitado. Afortunadamente, mis padres permanecieron en el pueblo, algún hermano, y eso para mí es un sentir, una deuda con ellos y con todos los antepasados que vivieron con tantas dificultades en el siglo pasado y eso es lo que me movió a hacer el libro. Esa experiencia resultó muy bonita, porque al ser colectivo libro participaron 64 personas del pueblo y algunos escritores etnográficos que les gustan mucho estos temas, pues al final todo eso, ese momento de gloria del libro, es lo que me llevó a hablar con el director Fernando Vera. Es zaragozano afincado en San Sebastián desde hace unos 20 años, y enseguida cogió el guance de que había tema suficiente con el libro y más investigaciones que realizó para hacer la película documental. Hay más material de muchas entrevistas que realizó a la gente del pueblo, de otras publicaciones que le han servido para hacer el guion, y fundamentalmente de la vida del alemán Rudolf Wilmes, que es el filólogo que vino en el año 1930. Es un hecho real y ha sido precioso porque Fernando ha elaborado un guion bordado, porque a través de una persona que viene de fuera a estudiar las lenguas de aquellas zonas del Pirineo, ha encontrado ahí un hilo para hacer un guion precioso y poder contar la historia de Nerín, del siglo XX, pero también la propia del Rudolf Wilmes, que también fue dura.
¿Por qué elegís contarlo con testimonios reales y partes ficcionadas?
El director investigó y el hilo de la visita de Wilmes despertó esa vena creativa de mezclar ficción con entrevistas. Es lo grande y lo que le da un extra a la película. Fernando Vera lo dice, dice que no descubre nada porque en el cine ya existe ese formato, pero realmente en esta ocasión hace mantener un interés de principio a fin en esa mezcla de ficción-realidad con unas entrevistas que te llevan a la reflexión honda y profunda, que, insisto, puede ser del Pirineo, pero también de cualquier pueblo del Bajo Aragón. Calanda con sus 4.000 habitantes se mantendrá, pero hay pueblos cercanos deshabitados con muy poca población.
¿Es la primera vez que te metes en terreno audiovisual?
Sí, yo no tengo nada que ver con este sector. Pero es que pensaba que esto era necesario, que estas historias que han vivido nuestros antepasados merecen ser conocidas y reconocidas. A veces me han llegado a decir en los coloquios que ojalá lo pudieran ver los escolares, porque aquí se ha estado en situaciones de mucha penuria y de mucho sacrificio y esfuerzo, y es bueno que se conozca para que no se vuelva a vivir. Esto es un aprendizaje grande para mí también para valorar mucho más cualquier cortometraje, largometraje o serie que podamos ver tranquilamente sentados en el sofá.
Y en el cine, ¿qué se siente?
Esto es un lujo. Poder proyectarlo en las pantallas grandes es un lujo. Es un lujo poder decir que ha estado unas 90 sesiones en Zaragoza, en Cines Palafox y Aragonia, que ha estado en varias localidades de Lérida, de Huesca, de Zaragoza y también en San Sebastián. De hecho, en San Sebastián aún hay una proyección esta semana. Desde el día 25 de junio que la estrenamos en una salita pequeña ha tenido su acogida y estamos muy contentos.







