Más de un millar de personas se desplazaron el primer fin de semana de junio a Alcañiz para abrazar sus raíces procedentes de diferentes provincias españolas y también de Francia. Eligieron la capital bajoaragonesa para celebrar el XLV Encuentro de Comunidades Aragonesas en el Exterior, una cita organizada desde la Federación que las une a todas desde los años sesenta. Su presidente, José Antonio Lázaro, analiza el pasado, presente y futuro de estos conocidos comúnmente como casas o centros aragoneses a los que les queda larga vida pero con objetivos y cometidos diferentes a los que abordaron cuando se crearon fruto de la emigración masiva de aragoneses a otras ciudades.
¿Qué balance realizan del XLV Encuentro celebrado en Alcañiz?
Cuando se programa un encuentro de estas características con 1.100 personas intentamos tenerlo todo muy bien preparado para que el público, grupos que participan y personas del pueblo que también nos acompaña disfrute y salga todo según los objetivos marcados. Pero en esta ocasión, nos encontramos con la ciudad de Alcañiz que tiene un encanto especial con un centro urbano que tiene una arquitectura ante la que hay que descubrirse. Ha ido todo muy bien y este año hemos hecho una innovación de la que creo que todos estamos muy contentos de ella como ha sido bailar la Jota de Alcañiz.
¿Por qué surgió la iniciativa de poner a decenas de parejas a bailar la Jota de Alcañiz?
Para hacer un homenaje al pueblo que nos ha regalado esta pieza del folclore que llevamos todos los grupos de los centros en los repertorios. La de Alcañiz es una de las cuatro jotas de la antología bailada junto con la de Andorra, Albalate y Calanda. Hemos querido testimoniar nuestro abrazo como aragoneses en el exterior -que seguimos siendo aragoneses-, con los aragoneses que tenéis la suerte de vivir aquí dentro.
¿Cómo se vio ese momento del baile desde el escenario después de tanto trabajo previo?
Fue perfecta. Enviamos con antelación vídeos de cómo se exige bailar esta jota en el Certamen Oficial por si los grupos la tenían que matizar, ensayar o aprender, pero es que son grupos ya profesionales artísticamente. Ver bailar allí a más de 110 personas en la plaza de España fue un regalazo, fue un día histórico para la federación.
Durante el encuentro y entre las 1.100 personas se vio mucha gente joven. ¿Hay larga vida para las casas regionales?
Claro que sí. Entre las múltiples actividades que se realizan en las casas como grupos de teatro, grupos de tambores y bombos, algunos tienen charangas, se hacen presentaciones de libros, conferencias o exposiciones… el folclore y la jota en concreto es lo más demandado. Los que van a las escuelas de los diferentes centros son niños, adolescentes, jóvenes y gente de mediana edad y, en ese sentido, la continuidad de las casas está más que asegurada.
Todo esto es posible con el trabajo de la federación que preside. ¿Qué papel realiza?
A finales del siglo XIX nacen los centros aragoneses y los más antiguos son los de Valencia y Bilbao. Nacen porque existía la necesidad de coincidir con personas que habían salido de su tierra para buscar una vida mejor que la que tenían en sus lugares de origen. Una vez se trasladaron a esas nuevas ciudades, el conjunto de aragoneses decidió que era bueno crear una asociación para reunirse y recordar las raíces que se llevaron consigo en una alforja a los lugares de destino. A partir de ahí empezaron a florecer centros aragoneses en toda España y por el mundo, fundamentalmente en Iberoamérica. Se abrieron centros en México, Argentina -que es donde más hay con más de media docena-, Brasil, Cuba, Venezuela, también ha habido en Ámsterdam (Países Bajos) y existe uno en Toulouse (Francia). Una vez creados, hubo gente que propuso concentrar esfuerzos y seguir una línea más o menos unificada de actividad y aprender unos de otros de lo que se hace en cada uno. En 1950 hubo un gran apogeo de los centros aragoneses pero todavía no estábamos en la época de la autonomía, por lo que se hizo un gran esfuerzo para ser escuchados por las instituciones de Aragón como el ayuntamiento, la diputación y el gobierno civil de Zaragoza, así como las diputaciones provinciales porque no existía el Gobierno de Aragón. Se celebró el primer Congreso Nacional de Centros Aragoneses en Zaragoza en las fiestas del Pilar en 1959 y surgieron unas conclusiones que se pusieron en práctica para mejorar el funcionamiento. Un año más tarde, en 1960, se creó la primera federación de centros aragoneses de España y en 1963 se celebró el segundo Congreso Nacional.
¿Con qué objetivos se creó la federación entonces?
Con el surgimiento de las autonomías el sentimiento regionalista nace en todas las regiones de España y aparecen nuevos grupos folclóricos y nuevas casas. En Cataluña nada menos que nacieron casas y centros aragoneses hasta llegar a 25. Uno de los objetivos que existe dentro de la federación es compartir experiencias de lo que hacen unos y otros. La actividad más solicitada es el folclore y la jota en especial, pero hay muchas otras actividades y además, participamos en muchos eventos en la ciudades en las que estamos. Ahora, a estos centros los hemos convertido en embajadas de Aragón, de tal forma que cuando se quieren promocionar productos alimentarios o cualquier tipo de evento, uno de los mejores sitios para poder hacerlo entre otros es la sede de los centros aragoneses y en algunos tenemos sedes muy importantes. En cuanto a la federación como tal, digamos que la actividad más importante que hace son los encuentros anuales que se realizan por rotación en las tres provincias de Aragón. En 45 ediciones hemos pasado por muchos pueblos. Ha bajado la participación porque la pandemia causó estragos en los centros, pero con todo, desplazar a 1.100 personas de 31 ciudades de España con 23 grupos folclóricos a Alcañiz es todo un éxito.
¿Cómo ha cambiado el papel de las casas y centros?
En un principio eran centros de añoranza, de recordar, de ir para ver si te encontrabas con una persona que fuera un pueblo próximo el tuyo. Se buscaba esa relación social porque entonces no había los medios de comunicación que hay ahora y la difusión que hay ahora. No existía la comunicación por carretera y tan siquiera vehículos, con lo cual, acceder a las localidades de origen era muy complicado. Con los medios actuales las distancias se han acortado mucho y sí se vuelve al pueblo varias veces o incluso se mantiene la segunda residencia. Esa añoranza se ha suplido por ser embajadas donde la cultura florece, donde se recuerda la historia que ha tenido Aragón, donde se establecen relaciones con las instituciones locales y donde se promocionan productos gastronómicos, se realizan jornadas o encuentros folclóricos de centros próximos. Ha cambiado mucho.
¿Cuál es el perfil de las personas que están en las casas? Muchos ya son nietos de aragoneses que continúan.
Ahora somos la segunda y tercera generación. Piensa que en Castellón, por ejemplo que es donde estoy yo, somos 4.500 personas de primera generación y eso hay que multiplicarlo por dos o por tres porque hemos tenido descendencia y nuestra descendencia ha tenido descendencia. Dijéramos que el aragonesismo que trajimos los que nacimos en Aragón ha redundado en que lo hemos transmitido a nuestros descendientes. Las generaciones actuales ya no han nacido en Aragón pero mantienen ese cariño hacia la tierra en la que nacieron sus padres y la forma de vida que llevaron y el sentimiento que ellos les han ido transmitiendo.
¿Es fácil mantener estas entidades en pie?
En estos momentos es difícil. Primero, porque la emigración aragonesa, afortunadamente, ha dejado de ser tan importante como lo fue en los años 50, 60 y 70 que fue la época de la industrialización. Hubo una salida importante de aragoneses que fueron a parar a lo que otrora fueron las regiones que pertenecieron a la Corona de Aragón -llámese Cataluña, llámese Valencia-. Eso ha disminuido casi llegando a cero, ahora si hay algún tipo de emigración es prácticamente de funcionariado pero no es masiva. Por otra parte, el aliciente de encontrarse con personas del entorno y el pueblo de cada uno, se ha transformado en que ahora la posibilidad de ir al pueblo de origen es mucho más fácil, por lo que esa necesidad de estar en el centro aragonés dijéramos que ya no está. Por otro lado, el relevo generacional no es nada fácil porque la juventud lo que tiene que hacer es estudiar y trabajar para buscar un mejor porvenir y en el centro aragonés eso no se encuentra. En el centro aragonés se encuentra camaradería, clases de jota, clases de bombos y tambores, exposiciones y conferencias, pero la vida se la ganan fuera. Participan mucho y hay grupos de jóvenes que han hecho mucha amistad, pero la población de los centros aragoneses es en general envejecida. Una de nuestras batallas desde hace años es conseguir esta renovación, pero en el campo de las directivas implicarse en cargos como la presidencia conlleva mucho tiempo y muchas obligaciones y la juventud está por otras cosas. Esto no quiere decir que no estén de otra forma. Yo en la junta directiva tengo 16 personas de las que 8 son mujeres y 8 hombres y la mayoría están en torno a los 35 y 40 años. Pero esto son casos excepcionales porque en la mayoría es gente muy mayor.
¿Cómo trabajan con las administraciones?
Para que los centros funcionen se necesita dinero que se consigue a través de las cuotas de los asociados y con las ayudas del Gobierno de Aragón, que es de donde viene el grueso. También en las ciudades en las que estamos recibimos subvenciones del ayuntamiento, la diputación y de la autonomía. Todo esto ha disminuido casi a la mitad respecto a diez años atrás y es una de las cosas que hay que cuidar porque el centro tiene gastos. Más de la mitad somos propietarios de las sedes y hay unos gastos enormes, pero también los tienen los que están en alquiler o cesión. Pero gracias a esas subvenciones subsistimos y podemos hacer las actividades que programamos.







