Con traje, unas veces de chaqueta y otras con jersey de cuello, pero siempre bien elegante. La ocasión no merece menos y, además, lo requiere. Así luce Antonio Zapater Abadía ‘Majano’ en todas las fotografías que guardan sus nietos Igado Zapater y así lo recuerdan. A todos los ha llevado de la mano a las procesiones y a tocar el tambor a la calle, mientras él observaba la estampa desde un lado. Siempre dejándoles su espacio pero sin perder de vista a las criaturas que apenas andaban. Antonio amaba la Semana Santa. «Nunca lo hemos visto con un tambor, ni con unos palillos, pero se sabía todos los toques y los tarareaba», dice Laura Igado, la mayor de cuatro hermanos. «Yo tengo la imagen de él bien elegante con su traje y mirando la procesión», coinciden Marta y Roger, los dos pequeños. En medio está Bea, que comparte más de una de esas fotos con su hermana mayor y el abuelo que, además, fue quien compró el primer tambor a cada uno. «Ahora los padres estamos más encima, pero esa labor de estar tan pendiente y con estos detalles, muchos abuelos la siguen haciendo», considera Laura.
Antonio no se lo pensó y en cuanto comenzó la Escuela del Tambor en Samper allá por el 84, apuntó a Laura y le compró su primer tambor. «Es éste, sigue con nosotros», señala riendo. Así introdujo el tambor el abuelo en la familia sin ser consciente de ello ni de que ese gesto tendría tales consecuencias que ha alcanzado hasta a sus bisnietos, la generación de niños que representan José, Julia, Martín y Leo quien, sin haber cumplido los 3 años, en cuanto le cuelgan el bombo al hombro no puede parar de dar mazazos. Y es que es casi hipnótico, porque también canturrea, en su caso, una canción que habla de que por Samper de Calanda pasa el tren y cuya melodía ayuda a seguir el ritmo del toque. Toda técnica para enseñar a los más pequeños es bienvenida, es la forma de que continúen y está funcionando porque, además, arrastran a los padres. «Yo reconozco que nunca he tenido ese gran apego, pero ahora digamos que he vivido un retomar por mi hijo, porque quiero que él toque y es que además le encanta», sonríe Roger. Leo es la quinta generación por parte de su madre Sara. «Por nuestro lado no tenemos tanta tradición detrás, pero creo que vamos haciendo méritos en el presente», bromea Roger. Él fue alabardero, igual que su padre un tiempo, y como él a veces también saca el Nazareno, y otras veces la Cruz procesional cuando le toca a su cuadrilla, la peña Descontrol. Pero lo dice especialmente por sus hermanas Laura y Marta, que están comprometidas con la Escuela del Tambor y, en el caso de Marta, también con la Ruta, donde es Vocal y está en el grupo de oficiales desde 1999.
Hace unos años entraron a la Escuela a enseñar «por echar una mano» igual que muchos padres acuden si hace falta. «Ha habido gente que se ha preocupado por enseñar, y sentimos que ahora tenemos que devolver eso a las nuevas generaciones», reflexiona Marta. Los cuatro hermanos aprendieron en el colegio en Samper cuando las sesiones se daban después de las clases. La demografía cambió, ellas mismas salieron a Zaragoza, Teruel y Calanda, -aunque no lo parece porque siempre están en Samper-, y hace tiempo las clases son en fin de semana cuando hay más niños. Siguieron los ensayos y con añadidos con actividades, como excursiones a otros pueblos de la Ruta o las rondas con los pequeños y sus padres la tarde de Sábado Santo para que se empapen de algo tan samperino y que se conserva. «Se hacen tantas cosas porque lo piden ellos, participan en todo y las familias apoyan», dice Laura. «En Samper hay pocos niños y entre los dos grupos en los ensayos hay 50 que salen de los de aquí y de los que vienen de Zaragoza, que algunos vienen al ensayo y se vuelven. Por eso es importante la Escuela, para que mantengan el vínculo con su pueblo», añade. «Luego van pasando a juveniles, oficiales… Se asegura el relevo», apoya Marta. «Y se ha desterrado eso de que el bombo se aprende solo y no es fácil de tocar ni aguantar. Hubo un tiempo que había pocos y un grupo de chavales lo salvó», añaden.
Igual que hacía el abuelo, tampoco pierden de vista a los pequeños, les cantan para que todo sea más fácil, y les insisten en la importancia de ir a las procesiones. «Son cinco, y en casa nos enseñaron a que podíamos rondar toda la noche, pero a la procesión se va y, además, con toda la indumentaria impecable», dice Marta, que rompe una lanza por las mujeres de la generación de su madres y abuelas. Son otras protectoras que trabajan incansables. «Mis padres no tocan pero vamos todos a su casa esos días y de ahí se sale en orden a las procesiones, de toda la vida», concluyen.













