Cuando el estruendo de los tambores del pregón del Viernes Santo suena y resuena por todas y cada una de las esquinas de la plaza de España de Alcañiz, ahí, justo al lado, pero sin que poca gente se de cuenta y lo sepa, se están ultimando los detalles de la procesión de por la tarde. Dentro de su capilla, en la iglesia, las mujeres de la cofradía de la Virgen de la Soledad están acabando de cerrar flecos «a la par que la emoción, nervios e ilusión no para de crecer y crecer porque ha llegado su día». «Cuando sabes que va a pasar por debajo de la iglesia algún familiar tuyo salimos a verlos procesionar y retratarlos, pero enseguida se vuelve a entrar dentro para seguir con preparativos», dice María Ángeles Magallón, cofrade de la Soledad.
Su procesión es a las 20.00, eso sí, desde que acaba la del año anterior, ya se piensa en la siguiente y con libreta en mano y bolígrafo se apuntan las cosas a mejorar. Es viernes por la mañana y toca dejar listas las flores, recoger los mecheros para encender las velas, que van pasando de cofradía en cofradía, y se comprueba también que haya alcohol para que prendan, será después, por la tarde, cuando se destapen los faroles y se coloquen las antorchas en su sitio.
Tras ello, cada una se retira a su casa, tienen que vestirse para acompañar a la Virgen María en su duelo, que acaba de perder a su hijo, Jesús. Llevan una falda negra por debajo de la rodilla, un abrigo negro, medias negras y zapatos negros, todo al negro, de hecho, lo único que portan de color es la camisa blanca. A la indumentaria, se añade la mantilla, «que a veces cuesta cinco o diez minutos ponerla, pero, en ocasiones, hasta tres horas».
«Cuando te empiezas a vestir, afloran los nervios porque todo salga bien. Es Viernes Santo y no sabemos porque, pero siempre hay nubes», dice. En el caso de María Ángeles, se pone el vestido, las medias y el abrigo y espera a que venga su hermana, Maribel, que es la que le coloca la mantilla. «Tengo la suerte de tener una gran hermana. Me acuerdo que el primer año que me la colocó en enero ya estábamos haciendo pruebas porque ese día estamos todos nerviosos», (ríe).
Primero, se hace un pequeño moño en la parte de atrás del pelo, donde posteriormente, ahí, se clavará la mantilla grande. A continuación, se mide la mantilla, que el centro esté en la nariz y que las puntas queden en las manos. Después, llega el momento de la verdad: ponerse de pie y comprobar si ha quedado bien, si no, se vuelven a repetir los mismos pasos. No obstante, para todo aquel que no sepa colocarla en el salón de la música de la casa parroquial tres o cuatro personas se encargan de ello. «Unas semanas antes, te apuntas a unas listas y te dan hora. Entre todas nos vamos ayudando y suelen acudir unas 30 personas».
Cuando ya está todo bajo control cogen la vela, que se acompaña con un pañuelo. y parten hacia la iglesia a esperar a que empiece el momento, que define «como de recogimiento y de pensar en la bueno y lo malo del año. «Es mucha gente la que hay alrededor, pero el mundo parece pararse pararse. Hay momentos en los que no se ve ni a las personas».
Son muchos los detalles que pasan desapercibidos cuando se procesiona, los previos, los posteriores y también las personas que, desde el anonimato, ayudan a que todo esté en orden. Por ejemplo, Alberto Tomás se encarga de controlar que las cofrades tengan alcohol para que prendan las velas, de localizar los cuencos, de vigilar las antorchas… y así una larga lista. «Es herrero de profesión y cualquier cosa que necesitemos de él nos ayuda; a nosotros y al resto de cofradías». Otros, son los encargados de la mantilla que lleva la virgen, lavarla, plancharla. Colocarle el vestido, que se le pone para el Septenario y la procesión ,además de la enagua, entre otras cosas «Es como si vistieras a una persona. Quieres que todo esté arreglado, limpio y que no le falte detalle. Al final, cada uno pone su granito de arena y, a veces, no quieren que se les reconozca»,
Entre los elementos que no se ven, y que muy poca gente conoce, está el cojín que sostiene una corona de espinas en la peana de la Virgen, a los pies de la cruz. Momentos antes de empezar con la procesión se coloca y no se ve. «Es lo primero que se recoge después, se encarga el cabo y está siempre guardada a buen recaudo». Es una base de madera, forrado en terciopelo y encima está la corona de espinas.
La procesión ha ido evolucionado a lo largo de los años. Anteriormente, salían personas con la cara tapada, que nadie sabía quiénes eran. «Se veían y de repente llegaban a la iglesia y se mimetizan». Esta es una forma de dar gracias a Dios y que cada uno vive de forma muy personal e individual, al igual que ocurre en la actualidad.








