En Molinos está desde hace 14 años el lugar en el que encuentra la paz una catalana que buscaba un pueblo para vivir. Rastreó y rastreó hasta que dio con el que desde entonces es su hogar, el lugar donde encuentra el sosiego que desaparece por completo en cuanto llega primavera y verano y arranca la temporada de conciertos y festivales. Son los meses más intensos del año cuando se concentra la mayor oferta cultural y ahí tiene que estar Marjorie Lindo con sus más de tres décadas de experiencia al frente del mundo de la producción y la organización de grandes eventos. Desde hace un tiempo trabaja con el mismo promotor que se encarga de traer a España a artistas internacionales de la escena jazz. Ella se encarga de la producción de su gira desde que el artista llega al país hasta que se marcha. Diana Krall es una de las estrellas que le han confiado sus conciertos en España, pero hay muchos más. «Es todo muy intenso porque, además de que trabajar con artistas es estresante, en tres o cuatro meses tengo que ganar suficiente para el resto del año», explica.
Habla al teléfono en una conversación por llamada whatsapp, que es mucho más fluido que una telefónica porque la cobertura va y viene en Molinos. Así es el nivel de desconexión que logra al acabar las giras y volver. No siempre fue así, y si lo es ahora, es porque así lo eligió después de muchos años frenéticos dando vueltas por el mundo. De hecho, ha vivido en Costa Rica y ocho años en Nueva York. Allí estudió la carrera universitaria de Dirección Hoteles. «Me gustaba mucho, pero al volver no me veía trabajando entre cuatro paredes 12 horas. Para mí lo de ir a la oficina se ha quedado anticuado, no lo quiero ahora tampoco», reflexiona. Lo que le gustaba de esos estudios era la gestión pero sin estar en un despacho. Al final convenció a un amigo que trabajaba en eventos, empezó como asistente y fue evolucionando. Ha estado en la organización de toda la infraestructura de citas como el Mobile de Barcelona y también trabajó como representante de prensa para artistas como el ilusionista David Copperfield o el Circo del Sol. «Las notas de prensa y comunicados se enviaban a los medios por fax, mira si ha pasado tiempo», ríe. Tiene un buen recuerdo de su experiencia con la prensa pero siempre se ha desenvuelto más como tour manager.
Trabajó en los primeros años del Sónar y Benicàssim, dos de los grandes festivales y más señeros en el país. Pero ahora son todavía más grandes, y más y más grandes… y eso es lo que le hizo cambiar a otra cosa. «Pasas de un equipo de 20 a uno de 200 porque empiezan como un proyecto chiquitito y crecen tanto que acaban perdiendo la esencia, por eso me encuentro bien ahora en el mundo del jazz, porque sigue siendo un formato más exclusivo, no está masificado», apunta. Ella se siente cómoda entre los técnicos, tanto, que le hubiera gustado terminar técnico de sonido pero lo dejó porque no se puede estar en todas partes. «Si tienes que ser quien coordine, no puedes estar a tantas cosas», argumenta. Y, como «todo tiene un principio y un final», los cambios le llevaron a buscar un lugar donde no tuviera que «trabajar para pagar», que es lo que estaba haciendo y lo que sigue sucediendo. «Pasado el tiempo, no necesito tanto para vivir. Cuando encontré Molinos fui construyendo mi casa durante 12 años hasta que estuvo lista. Había un festival de música y palabra y me quedé», recuerda con orgullo. Cuida de su huerto y del día a día, porque lo de aburrirse no sabe lo que es. «A veces me preguntan qué hago en un pueblo tan pequeño y, yo no sé a los demás, pero a mí me faltan horas en el día para hacer todo lo que tengo que hacer», sonríe. En Molinos sigue habiendo ración cultural.
Después de vivir en grandes urbes entiende menos cómo se puede llevar una vida así. Ahora sigue yendo pero cuando toca por trabajo. De hecho, la semana de la Mercè estuvo en Barcelona, su ciudad, trabajando en una serie de conciertos. «Voy a trabajar y regreso rápido. No entiendo esa forma de vida de las grandes ciudades, por eso creo que es un lujo vivir en un pueblo», confiesa y lamenta que a los jóvenes se les esté poniendo tan dura la vida. «Es imposible acceder a una vivienda en una ciudad, pero quedarte en el pueblo tampoco es fácil sin trabajo…», dice porque lo ve en su hija y amistades. Esta vez deja a un lado el apellido Hernanz para acompañar su nombre con Lindo, el materno, en una especie de recuerdo a su madre y su gusto musical. «Soy barcelonesa y mulata, hija de un catalán y de una panameña que nos hacía escuchar mucha música de jazz y blues en casa… Puede ser que me venga de ahí. Ella venía de América y nos ponía lo que se llevaba allí», sonríe.







