La apuesta del valenciano Álex Domingo por volver al pueblo de su padre, La Iglesuela del Cid, la localidad vinculada a los fines de semana y veranos desde la infancia ya es una realidad de la mano de un proyecto turístico. Junto a su pareja, Sonia Málago, reabrió el jueves el campin de la vecina localidad de Vilafranca, una infraestructura que llevaba años cerrada y no solo dará servicio a la comarca de Els Ports sino que también beneficiará al turismo del Maestrazgo.
Él nació en Tavernes Blanques y ella en Paiporta pero sus carreras profesionales, muy alejadas del sector hostelero, les han llevado a vivir en varias ciudades españolas y en Alemania. Ahora han decidido dar un giro radical a sus vidas que llevaban tiempo esperando y emprender en un campin que les permite instalarse en La Iglesuela, donde se están construyendo una casa. «Siempre habíamos tenido en el radar encontrar un proyecto para venirnos hacia aquí. Mi pareja también tiene pueblo, en Cuenca, pero le gusta más el mío», explica Domingo.
El proyecto nace como una apuesta personal por la calidad de vida. Tras residir durante años en grandes ciudades como Valencia, Madrid o incluso Múnich (Alemania), la pareja buscaba un entorno más tranquilo. «Llega un momento en el que valoras la naturaleza, la calma y poder desconectar del ritmo de las grandes capitales. Vivir aquí no tiene precio», afirma.
El nuevo camping abrirá con servicio para tiendas de campaña, caravanas y autocaravanas además de un restaurante que comenzará funcionando de jueves a domingo durante las primeras semanas. La intención es ampliar la apertura a los martes en unas semanas una vez estén «rodados». La instalación cuenta con alrededor de medio centenar de plazas y una amplia terraza. El trabajo intenso de la hostelería en verano les obligará en esta temporada a vivir en Vilafranca para aprovechar el escaso tiempo de descanso que esperan tener y dejar el traslado a La Iglesuela para la época invernal, cuando bajará la demanda.
Además de ofrecer alojamiento y restauración, la pareja quiere convertir el espacio en un lugar de encuentro entre visitantes y vecinos. «No queremos que sea un camping aislado del pueblo ni tampoco únicamente un bar para la gente de aquí. Nos gustaría que fuera un punto de encuentro en el que se esté a gusto», señala Domingo.
Una vez todo funcione, de cara al próximo año los planes de la pareja van más allá de la actividad hostelera con actividades como la observación de estrellas, propuestas al aire libre u otras para colectivos locales aprovechando el gran espacio diáfano con el que cuentan como catas de vinos o talleres de manualidades para los niños. También contemplan la incorporación de nuevas fórmulas de alojamiento como el glamping.










