«Uf, no sé por dónde empezar», sonríe ante la frase «cuéntame tu caso», y salta directamente a finales de los 2000, cuando ya había pasado su adolescencia. «He sido muy bicho raro desde siempre, pero fue con veintitantos años cuando ya me planteé qué hacer… porque algo había que hacer», apunta. Estel Royo Sorribas es de Mas de las Matas y nació en 1985, por lo que el camino a transicionar lo emprendió en 2008, en una época sin apenas información, internet empezando a despegar y sin referentes a la vista. Se puso en manos de los psicólogos, que entonces debían autorizar el acceso al tratamiento hormonal durante dos años y, transcurrido ese tiempo, ya se podía plantear el cambio de identidad en la documentación oficial. Se trata del proceso denominado ‘El test de la vida’.
El cambio de nombre en el DNI pasaba por la esterilización obligatoria consecuencia del tratamiento de dos años, un proceso muy traumático para muchas personas que querían transicionar y mantener la posibilidad de tener hijos. La esterilización había que acreditarla ante los médicos y el forense del Registro Civil. «Para cuando yo rellené los papeles ya había cambiado la ley. En ese momento no había forense disponible en Alcañiz y llamaron a uno de Zaragoza, que dijo que no venía porque no tenía que mirarme entre las piernas al haber cambiado la ley, no tenía que firmar nada», explica Estel. «Hoy en día no sé decir muy bien qué pasos son, pero lo que es seguro es que está mucho más accesible que entonces», apunta.
Estel transicionó en un periodo de tiempo en el que los cambios en la legislación y en el propio proceso eran rápidos. Desde hace ya un tiempo se contempla que la gente trans «sea andrógina y variada» y no necesariamente binaria «en el sentido de hombres-hombres o mujeres-mujeres. No se sigue un guion o una lista». Hace años hubo manifestaciones con el lema ‘Stop 2012’, para que se eliminara la transexualidad del catálogo de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE). En 2018, la OMS dejó de considerar la transexualidad un trastorno mental, pero «a veces sigue saliendo como enfermedad en los partes médicos».
El gran avance: la información
Celebra cada uno de los avances que se han dado, especialmente, en el ámbito de la información. Existe y está al alcance de todo el mundo y de una manera muy variada en medios de comunicación y también en internet y redes sociales en canales adecuados, así como asociaciones. Tener toda la información cerca contribuye, entre otras cosas, a que cada vez más gente que lo necesita da el paso y «se atreve más a salir del armario». La proliferación de información ha llegado a la ciudadanía en general, y también al personal médico, que dispone de muchas más herramientas. Hay más investigación y eso se refleja en más y mejores tratamientos y a menor coste. «Los estrógenos se hacían, literalmente, a partir de orina de yegua preñada; luego salieron los tratamientos sintéticos y eso fue una revolución a todos los niveles tanto de salud como económicos», recuerda. Hace años «la gente se apañaba como podía» y, «aunque sigue habiendo, entonces había muchos suicidios», dice, y explica que también hubo quien prefirió marcharse de su país para vivir su vida y transicionar sin que nadie lo supiese. «Creo que eso ha cambiado y no hay gente que opta por este camino, que es todo más sencillo», dice.
Reconoce que, especialmente, desde la pandemia, el negacionismo se ha instalado en muchos sectores y uno de ellos son las redes sociales. Desde ellas se sigue ejerciendo odio y homofobia al aliento del avance de la ultraderecha. «Dentro de cómo está el mundo, en España no estamos mal, pero en Reino Unido o Hungría, por ejemplo, es muy bestia», apunta.
El sexilio rural
El sexilio sigue obligando a personas del colectivo LGTBIQ+ a salir de sus pueblos. En unos casos es por discriminación, en otros por la falta de referencias y en otros, por una mezcla de todo. «En los pueblos pequeños todo esto también es diferente. A mí me pasó porque salí del armario viviendo fuera. Ahora estoy en Zaragoza donde vivo y trabajo y sí que he conocido a gente como yo, y también a gente nacida en otros pueblos», apunta.
Estel salió para encontrar a personas afines en una época con referentes escasos y que en televisión eran personajes como la Veneno, un perfil que no le representa. «No me gusta nada llamar la atención ni con la ropa», dice. «Si una de cada 500 personas es trans, en el pueblo no te vas a encontrar con nadie y se suele recurrir a las ciudades más grandes ya por una cuestión de números», explica.
Estel vive y trabaja en Zaragoza y acude a ver a su familia y sus amistades al Mas, donde asegura que las relaciones con su entorno se han normalizado. «Hace años sí que parecía que tenía que esconderme un poco o seguir la corriente a la gente para encajar, pero con el tiempo está todo mejor», añade. También reconoce que en el «tema LGTBI la gente lo ve todo muy mezclado» y dejó de dar explicaciones. Se presenta por su nombre y ya, que decidan. «En mi caso, a mí no me molesta que se dirijan a mí en masculino o en femenino, pero eso a otras personas sí le puede perjudicar. Yo me presento y si alguien tiene dudas que me pregunte, no tengo problema en responder si me preguntan», apunta.







