Se siente y escucha el trajín en la casa de la abuela de los Martínez - Barrachina. Es Viernes Santo y, como si de un auténtico ritual se tratara, acuden en masa para cambiarse. Con un sutil cuidado y con mucha precisión, las mujeres de la familia van colocándoles la túnica, el tercerol y el tambor para dar paso a los primeros redobles. «De repente, aparecemos todos aquí, queremos cambiarnos a la vez y somos casi 20 personas. Es una auténtica locura» (ríen), mientras miran de forma cómplice a la abuela, Pili, y a la tía, Carmen. «Las dos somos una», dicen ellas.
Van distribuyéndose por las habitaciones y cuando están listos suben las escaleras para esperar al resto de la familia. Arriba, en la pequeña plaza que tiene su bloque, toman la fotografía de rigor, que en tan solo 25 años ha ganado ocho integrantes nuevos. «Es curioso porque siempre la hacemos en el mismo sitio y nadie falla», dicen, «a excepción del tío Javi porque es cetrillero y tiene que estar una hora antes que el resto en la plaza», puntualizan.
Lo cierto es que ninguno de ellos se imagina sin subir juntos la cuesta que los lleva hasta la plaza de España para tocar en la Procesión del Pregón. «Es uno de los mejores días del año», confiesan. Mientras esperan pacientemente al resto de integrantes, los primeros redobles ya van sonando. Los primos pequeños, Irene y Alejandro, se fijan en los mayores, Juan y Nacho, y sin que nadie se dé cuenta, el sonido ya se ha apoderado de todos, tal como sucedió el día que se preparó este reportaje. Alejandro inició el toque, le siguió Nacho y, a partir de allí, fueron añadiéndose el resto de tíos y primos. De hecho, eran tantas las ganas por salir a tocar, que Alejandro creía que ya era Viernes Santo.

A la familia, la tradición no se transmitió de padres a hijos, como suele ser lo habitual, ya que el abuelo era de Jaén. Llegó al Bajo Aragón Histórico para trabajar allí, conoció a la abuela y tuvieron cuatro hijos: Juanma, Rosa, Rocío y Javi. A los Martínez - Barrachina, esa pasión se la trasmitió el tío materno, Ángel. Era carpintero y cuando se fundaron las primeras procesiones se encargaba de mantener y limpiar las peanas. Juanma, el mayor de los cuatro hermanos, empezó a salir en la procesión con su tío Ángel a los ocho años. Después, lo hizo Javi, el pequeño de los cuatro hermanos, que, además cuando entró en la junta del Nazareno ya tenía la idea de tomar el relevo del tío, que había fallecido unos años antes.
«Íbamos saliendo siempre. Recuerdo de pequeños, cuando venían al colegio y nos proponían si queríamos ir a ensayar. Lo hacíamos en los paseos del castillo con el padre de Manuel Pascual», explica. Algo similar les sucedía a los ocho primos: Nacho, Juan, Jorge, Óscar, Duna, Jesús, Irene y Alejandro, aunque con unos cuantos años de diferencia.
Nacho recuerda perfectamente cómo en el colegio Escolapios también les ofrecían esas clases de tambor, pero lo mejor de todo aquello era practicar en la huerta familiar los domingos, donde incluso organizan sus propias procesiones porque «la Semana Santa no solo se disfruta durante esos días». «Nos juntamos todos los fines de semana y con dos cañas y un balón ya estaba la fiesta montada», dicen entre risas. «Un día era de noche y pegué muy fuerte al tambor y la tía vino muy rápido porque no sabía que había sido ese ruido», añade con una media sonrisa Alejandro, el pequeño de los primos. Todos colaboran y participan en lo que se tercie, por ejemplo, Duna, el año pasado se encargó de sacar el paso de la Verónica y fue la primera mujer en hacerlo.
Defienden el sonido del tambor y, además, lo hacen con los instrumentos hechos por los tíos Juanma y Miguel Ángel. Es todavía más especial la Semana Santa y los ocho primos los conservan como si de un tesoro se tratara. Un oficio que, también continúa el primo mayor. Se encarga de arreglar su propio tambor, cambiarle la piel o las llaves y quiere seguir aprendiendo todavía más de su padre, Juanma y su tío, Miguel Ángel.
Esa pasión que comparten los ocho nietos, se debe a que sus padres supieron trasmitirles el sentimiento, que tanto han cuidado y valorado mucho entre los cuatro. Se palpa en cualquier esquina del salón de la casa de la abuela, en la alegría de los nietos cada vez que la Semana Santa se acerca y en la abuela y la tía cuando les ven entrar por la puerta acompañados de sus padres.

El Viernes Santo volverán a acudir, repetirán el hecho de tomar la fotografía de rigor y cuando estén juntos volverán a subir la cuesta que los lleva hasta la plaza de España. Las mujeres de la casa les aguardaran, como todos los años, en el Molino, para verlos procesionar,saludarles y capturar el momento.
Al terminar, volverán a casa de la abuela porque ese día, siempre se come allí. El salón se convertirá en una especie de banquete y en el que el tema principal girará en torno a la Semana Santa. «Antes de ir a la procesión ya dejamos las mesas preparadas. En una se sientan los menores de 28 y el resto en la otra», dice entusiasmada la abuela, mientras el resto asienta con la cabeza y ya espera con ansia ese día.







