En una de las calles cercanas al centro histórico de Andorra hay una casa en la que la Semana Santa no se celebra: se vive. «Para nosotros la Semana Santa es sagrada». Quien habla lo hace desde el salón de una casa donde, desde hace muchos años, los días de Semana Santa se preparan como si fueran Nochebuena.
En la Villa Minera, no hay paso ni tambor que no tenga detrás un nombre familiar. En la familia andorrana de Los Cortés, la tradición parte de la abuela de Jesús, el padre de esta familia: «Es una tradición que se remonta a mi abuela Águeda Alquézar, una de las mujeres más antiguas de la cofradía de La Magdalena, creada en 1864», explica el padre. Junto a él, se encuentra Loli Bravo, su mujer; su hija, Rocío Cortés, acompañada de la pequeña de la familia Victoria Roda Cortés, su hija; y Jesús María Cortés, el hijo, todos ellos miembros de esta cofradía. Además, por si fuera poco, también forman parte de grupos de tambor como La Cochera o Los Rebeldes, donde demuestran su pasión por los tambores. Aunque nacieron lejos del Bajo Aragón, —su padre en Baena y su madre en un pequeño municipio jienense—, los padres de Loli también supieron transmitirle lo que era la semana santa andorrana. «Decían que eran más de Andorra que de sus propios pueblos. Tenían mucha fe en la Semana Santa», recuerda ella con especial cariño.
A los Cortés les resulta imposible señalar un único acto como el más especial: «La Rompida de la Hora, la subida de las antorchas hasta San Macario, la procesión o el fin de los redobles… cada uno tiene su magia», coinciden convencidos.
Y quizás sea precisamente esa diversidad de momentos lo que empujó a Jesús, el hijo, a explorar una forma distinta de vivir la tradición.

Hace ya 26 años, cuando solo tenía 13, decidió cambiar la túnica negra y el traje de la Magdalena por la armadura y el casco romano. «Le pregunté a mi padre si se enfadaría si me iba con los romanos y me dijo que no», cuenta con una sonrisa Jesús. Desde entonces, cada año se cambia en el mismo lugar del antiguo cine de la Casa de la Cultura, algo que se lleva al pie de la letra entre los romanos.
Basta con observar cómo la gente espera a este grupo para comprender el impacto que tiene. Una tradición que se repite cada año para esta familia: ir a ver a los romanos antes de dirigirse hacia la Iglesia como quien espera el pregón de una fiesta. «No he visto correr a nadie por un Santo como corren por ver llegar a los romanos», explican entre risas madre e hija.
Las nuevas generaciones han encontrado también su sitio. En agrupaciones como Los Rebeldes, jóvenes como Rocío han continuado el legado familiar, aportando frescura y energía para mantener la tradición.
«Los Rebeldes nacieron porque los jóvenes no queríamos ir con los mayores. Ahora esos mayores somos nosotros», explica con ironía. Este grupo nació de la escuela de tambores y hoy ya suma medio centenar de integrantes, una muestra viva del relevo generacional. La emoción de los más pequeños, como la hija de Rocío Cortés, que con solo cinco años lleva más de quince días preguntando cuándo es la procesión de las palmas (lo que para otros es el conocido Domingo de Ramos), refleja cómo la tradición se vive con intensidad. Se transmite de forma natural, casi sin proponérselo, de generación en generación.
Las imágenes que se guardan en casa de los Cortés son un álbum de recuerdos que recorre décadas: desde el cruce del Nazareno hasta retratos de Jesús como Romano cuando era niño, pasando por instantáneas con familiares en pleno paso.








