Las últimas semanas de noviembre transcurrieron entre tomas decisiones. Había que elegir qué obras iban a una exposición y cuáles debían esperar a otro momento y esa tarea no es sencilla para Pili Casanova Cervellón, que produce a buen ritmo y, además, mucha variedad. El puente de la Constitución expuso en Maella y la selección tuvo que ser muy concienzuda porque la sala sobre el casino la compartió con otros seis colegas.
La muestra se vio durante el fin de semana del puente en la localidad natal de Pablo Gargallo, donde el arte sigue siendo inagotable y muy variado, como quedó patente con los estilos que desplegó Pili Casanova junto a Antonio Barberán, Carlos Andreu, José Miguel Pradilla, Ramón Alberto Lacasa y dos maellanas de adopción internacional como son Anji Luke y Anastasia Kokkinidou. «Cada uno con lo suyo, y ya ves la variedad que hay», decía Pili en la apertura de la exposición, un momento que disfrutó en contacto con el público y compartiendo pareceres entre los propios artistas. En ese rato se reencuentran, se saludan, se sonríen y se comentan los trabajos.
Muchos de los que llevó Pili marcan las horas. Optó por enseñar una parte de lo que hace en resina, una técnica en la que se mueve como pez en el agua desde que se atrevió con ella hace seis años de una forma autodidacta. «He hecho muchas destrozas», ríe. «La resina es muy costosa de trabajar pero luego el resultado es muy vistoso, es muy agradecida en ese sentido», añade.
A la resina le pone pigmentos y ya controla que las mezclas tienen sus tiempos y condiciones. Se inspira mucho en el mar y tiene unos cuantos relojes con este motivo. Son grandes, de los de colgar en la pared, y cada cual tiene un tamaño o incluso una silueta ya sea la de un animal o algo abstracto, geométrico o personajes animados para habitaciones infantiles. Nació a orillas del mar catalán, pero creció en Caspe, y fue allí donde aprendió lo que sabe de pintura en las clases de José Suñé, maestro que tantas clases impartió. Ha seguido formándose con cursos cuando ha podido y más recientemente acudió a clase con Álvaro Clavero. «La vena artística no sé de dónde me viene, pero siendo bien pequeña ya me pasaba horas con un lápiz dibujando», apunta.
La vida la llevó a Maella hace unos cuántos años y su don de gentes lo practica a diario porque gestiona una peluquería en el pueblo y otra en Mazaleón, además de acudir un día a la semana a peinar a la residencia. «Es vocacional porque quería ser peluquera desde que era una niña, me apasiona mi trabajo y me gusta la gente», sonríe. Su tiempo para pintar empieza cuando echa el cierre al negocio. «No pongo la televisión y duermo poco, que eso me lo pregunta la gente», ríe. «La pintura me llena y en plena concentración me olvido de todo, tanto que se me van las horas y no me entero», añade.
«Y, además, a la gente le gusta lo que hago», apunta en vista de los encargos que recibe, algo con lo que está «muy agradecida y muy contenta» y que va haciendo tanto en resina como en cuadros al óleo, una técnica por la que siente predilección. «Me encanta y suelo hacer pintura moderna pero no abstracta, pinto muchas caras porque me gusta pero son muy suaves, muy sutiles…», dice. En su cuenta de Instagram de vez en cuando va mostrando algo de sus obras.
Si puede, a los cuadros les coloca más aderezo y su sello personal ya sea con relieves, pan de oro, alambre, chinchetas o, por supuesto, resina «Me gusta mucho la mezcla y voy probando. En cualquier caso, son cuadros con mucho sentimiento, al menos así lo siento yo y así me sale expresarme», reflexiona. Cada exposición es una oportunidad para mostrar y para vender obra. «Además de los encargos, haya o no haya exposición, yo voy haciendo porque necesito sentarme un rato diario con mi pintura», dice.
Ya tiene experiencia en exponer. Lo ha hecho en Maella, pero también en Chiprana, Caspe o Calaceite, donde fueron más de 800 personas. «Las fui apuntando una a una, me gusta saber estas curiosidades», sonríe.










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