Recientemente ha sido nombrado presidente de la Denominación de Origen Melocotón de Calanda. También dirige la cooperativa La Calandina. ¿Cuántos años lleva ligado al sector agrícola?
Soy la cuarta generación de agricultores en mi familia, mi hijo será la quinta y mi nieta, ojalá, pueda ser la sexta. En cuanto a La Calandina, no soy socio fundador pero desde un principio entré en el consejo rector de la cooperativa. Ahora ya llevo 29 años como presidente. Y además, también llevo más de 20 años dentro del sindicato central del canal Calanda-Alcañiz.
¿Qué cree que aporta la experiencia a un cargo como el de presidente de la Denominación?
La veteranía es un plus. Me ha tocado vivir de todo: etapas buenas, regulares y malas…No quiero decir con ello que alguien más joven no lo haría bien; pero la experiencia es un factor importante.
¿Qué evolución ha vivido la Denominación de Origen a lo largo de estos años?
Sobre todo, un cambio importante en cuanto a profesionalización y automatización de los procesos. En la zona del Bajo Aragón, concretamente, el cambio de secano a regadío del canal Calanda-Alcañiz supuso un balón de oxígeno muy bueno para todos los pueblos. Pasamos de minifundios, a explotaciones con todos los sistemas de riego ya optimizados: goteo, riego, aspersión…Si nos remontamos a aquellos años, no tiene nada que ver con lo que tenemos ahora.
En la actualidad, ¿qué territorio abarca ya la Denominación?
Tenemos unas 800 hectáreas dadas de alta, de las cuales 700 están en producción. De estas, se obtienen entre 20 y 25 millones de kilos de melocotón amarillo de Denominación de Origen. No obstante, tan solo 4-5 millones son los que pasan el filtro. Es decir, del total y dependiendo del año, un 30-35% va para zumo, mientras que del resto, parte va a convencional, y el 20-25% es el que recibe esa etiqueta negra que le da un valor añadido al cumplir con los parámetros que se marcan desde la Denominación. Que se respeten es fundamental, porque crear una marca y consolidarla cuesta mucho.
¿Cuáles son los retos más importantes que atraviesa la D.O.?
El más inmediato es afrontar la campaña que tenemos por delante. Y en cuanto a otras prioridades, hace solo unas semanas ya mantuvimos el primer consejo de la Denominación, y en junio empezaremos con las inspecciones en campo. Hay que destacar que este año tenemos variedades nuevas, y eso supondrá una revisión para comprobar que cumplen los requisitos. Y obviamente, el mayor logro podría ser superar esa media de 4-5 millones D.O. y ampliarla hasta los 6-7. Eso sí, siempre cumpliendo con los parámetros.
¿Se prevé que esas nuevas variedades incrementen el número de kilos?
Si el año es normal, y el tiempo acompaña, podría ser posible; aunque hay que ser muy conservadores. Este año contamos con la 834 y la Calprebor, pero introducir nuevas variedades no es algo que se tenga que hacer sin más. Trabajamos muy poco a poco en el campo de experimentación que tenemos en Puigmoreno, donde hay diferentes variedades en estudio.
¿Cómo se trabaja en ese campo de experimentación?
Tenemos técnicos fijos y los que se contratan y que se encargan de ir haciendo seguimiento. Hay que tener en cuenta que, desde que se plantan y hasta que empiezan a producir, deben pasar entre cuatro o cinco años. A todo ello, además, hay que sumarle un estudio para ver si cumplen o no con los requisitos de la Denominación. Tienen que cumplir las exigencias, y por eso no sabemos cuándo podremos dar con nuevas.
Y a nivel de marca, ¿cómo se trabaja para potenciar la Denominación?
Todos los años se destina una cantidad bastante importante para promoción y publicidad del producto. Se anuncia en cartelería, televisión y en todos aquellos espacios que se considera conveniente…Y a partir de ahí, las empresas deben seguir trabajando. La D.O. es un paraguas que protege y avala ese melocotón amarillo, pero son ellas quienes deben darle un valor añadido para defender el producto a nivel calidad y precio. No podemos tener un melocotón con etiqueta negra y venderlo por lo mismo que cualquier otro melocotón. Eso hay que hacerlo valer.
¿Qué diferencia al melocotón de esta zona al de otras?
La forma en la que se trabaja. Es un producto muy delicado, y para el cual el tiempo de recogida es muy importante. Hay que saber llegar al consumidor que es un melocotón con valor y mucha mano de obra detrás.
En ese sentido, también es vital que el tiempo acompañe. ¿Les preocupa el cambio climático?
El clima sigue siendo toda una lotería, pero lo hemos vivido así desde siempre. ¿Influye en la calidad del melocotón? Por supuesto. El año pasado, a finales de septiembre, llovió y todo lo que fue la variedad Calante fue un desastre. El producto estaba perfecto, y en cuestión de días se convirtió en pérdidas.
La falta de relevo generacional es otra de las principales problemáticas a combatir por los trabajadores del campo. ¿Qué se podría hacer para animar a que más jóvenes entren al sector?
Eliminar la burocracia. Es un tema que nos está asfixiando, y a ello también se suman los gastos. Llegará un momento en el que, para que a nosotros nos salgan las cuentas, el melocotón tendrá que ir caro. Y al final, ¿quién podrá comprarlo? La mano de obra que se necesita para este cultivo es salvaje, supone el gasto más importante. Por ejemplificar, solo en La Calandina tenemos entre 170-180 personas en el campo, y en el almacén otros 100 trabajadores. Y cuando empecemos la campaña, estaremos hablando de 300.
Afortunadamente, tenemos a jóvenes que nos siguen porque con los nuevos sistemas de riego la gente se está animando. Pero estos problemas de burocracia, de control y de gastos son los que les echan para atrás. Al final, se pasarán a otros cultivos con los que puedan tener mejores condiciones de vida.







