El yacimiento del Roquizal del Rullo, en Fabara, está a punto de culminar su proceso de recuperación y musealización tras un siglo prácticamente olvidado. Los trabajos, iniciados en 2024 podrían finalizar este mismo mes, según los cálculos del arqueólogo al frente de la actuación, José Antonio Benavente. Tras la señalización del enclave, será visitable por parte del público, además de estar incluido en la Ruta de los Íberos del Bajo Aragón.
El asentamiento se remonta a la Edad de Bronce y se estima que albergó hasta ocho generaciones durante cerca de 300 años. No era especialmente grande, pero estaría conformado por unas 60 o 70 personas. «Es más que prehistórico, es protohistórico», señala Benavente, que añade que en el yacimiento han aparecido influencias de la cultura de los campos de urnas, vinculada a movimientos de población procedentes de Centroeuropa que introdujeron nuevas técnicas y costumbres en el valle del Ebro, y que apuntarían a un momento de cambio cultural.
Entre los materiales hallados destacan cerámicas decoradas con motivos geométricos, moldes de fundición para objetos de bronce y evidencias de actividad metalúrgica, además de utensilios domésticos y piezas relacionadas con el tejido. También se han documentado cambios en los rituales funerarios, con la introducción de la incineración frente a la inhumación tradicional. Todos los artículos fueron trasladados al Museo Arqueológico Nacional, aunque para el arqueólogo la consolidación del Roquizal supone una oportunidad para organizar una exposición temporal en su localidad de origen.
Viviendas amplias y los primeros indicios de jerarquía social
Sobre la estructura del poblado resalta que está organizada en torno a tres agrupaciones de casas y un espacio central, una disposición habitual en asentamientos de la época. En total, se han identificado alrededor de una docena de viviendas, con dimensiones notables, de hasta 50 o 60 metros cuadrados.
Uno de los aspectos más relevantes es la posible diferenciación social dentro del asentamiento. Dos viviendas situadas en la parte más elevada y protegida podrían corresponder a familias dominantes. «Fue un momento en el que empezaron a surgir élites de tipo aristocrático y guerrero», explica el arqueólogo, quien relaciona estas construcciones con un mayor control de los recursos y la producción.
Esta teoría va vinculada también con el cambio de la ubicación del acceso que creían que se realizaba por la ladera este y que, tras los trabajos, se cree que era por la oeste. Como curiosidad, Benavente subraya que en una de las casas se ha localizado una concentración de moldes de fundición, que apunta a una especialización artesanal dentro del propio poblado.
La intervención ha sido posible gracias a un modelo de colaboración entre administraciones. El Ayuntamiento de Fabara ha aportado la mano de obra a través de su brigada municipal, mientras que la dirección técnica ha corrido a cargo del Gobierno de Aragón, con asesoramiento arqueológico y de restauración. Por su parte, el Consorcio de Patrimonio Ibérico ha financiado materiales, transporte y señalización, y la Comarca del Bajo Aragón-Caspe se hizo cargo de la limpieza.
De cerro olvidado a recurso turístico
Antes del inicio de los trabajos, el yacimiento apenas era visible. La vegetación había ocultado completamente las estructuras excavadas un siglo atrás y descubiertas en 1926 por Lorenzo Pérez, hasta el punto de que "incluso la población local desconocía su existencia", incide Benavente. Tras las labores de limpieza, consolidación y adecuación, el cambio será notable. «Difícilmente se reconocería el mismo sitio», añade.
El Roquizal del Rullo será el tercer yacimiento de este tipo en la comarca que entra en la Ruta de los Íberos del Bajo Aragón , junto a La Tallada y el poblado y la necrópolis de la Loma de los Brunos, ubicados en Caspe.









