Lo que iba a ser una participación puntual en una obra de teatro se convirtió en un flechazo que todavía hoy, doce años después, perdura. Aunque no era la primera vez que Carlos Balbín pisaba un escenario, sí lo era de una manera diferente. Esa obra de teatro fue el empujón para crear al Señor Balbín y dedicarse al arte de la comedia a través del monólogo, pero sus inicios se remontan a los ochenta. Fue en Mazaleón, en su pueblo, donde el club de la juventud montó un grupo de teatro dedicado al playback en el que tenían más peso las caracterizaciones. Él, junto a otra compañera, condujo esos shows un tiempo y además hacía un par de actuaciones. Y también presentó la gala de las reinas de fiestas en varias ocasiones.
«Escogí una profesión un tanto maldita para compaginarlo. Soy cocinero y eso implica fines de semana y festivos y aparqué todo lo relacionado con eventos», explica. Esa invitación a colaborar en una representación teatral llegó en 2012 y, con una estabilidad laboral con un turno de lunes a viernes, se planteó retomar. «Dije ‘sí’ creyendo que sería una actuación de fiestas, pero me gustó mucho. La obra salió muy bien, la llevamos a varios pueblos del Matarraña y quise seguir», recuerda. Apareció el cómico José Boto con cursos de improvisación y eso supuso otra vuelta de tuerca. «He hecho muchos cursos desde entonces, y con Boto nos caímos bien y me propuso probar con la comedia, y aquí estoy», sonríe. Balbín pronto entró a formar parte de la familia del Juan Sebastián Bar, un clásico zaragozano en humor y que al cerrar trasladó su actividad al Refugio del Crápula. También en el territorio es un habitual, en La Nit en Blanc o en el CSA L'Argilaga han disfrutado con su humor, y seguirán haciéndolo.
Un buen momento para la comedia
Los cierres de locales fueron consecuencia de la pandemia y las redes sociales resultaron clave. Él en su Instagram va dando cuenta de su agenda y de nuevo contenido. «Hubo un bache grande pero ahora se ha recuperado y creo que hay buena salud en la comedia por parte de los cómicos y por parte del público», reflexiona. «Está en un momento muy dulce y muy creativo, somos muchos y haciendo cosas muy diferentes», añade. Cada uno se esfuerza por mantener su sello dentro de una evolución. «Hace años se veía al cómico soltar el texto, pero ahora hay mucha interacción con el público, que cada vez más va entrando en el juego. Para eso tienes que estar muy curtido en improvisación», apunta.
Detrás de cada show hay horas y horas de trabajo, de sentarse a escribir y de preparación. «Soy aficionado y ya me dedico bastante a ello, pero compañeros profesionales se sientan a trabajar en su espectáculo como cualquiera en su jornada laboral», dice. Le gustaría captar más a los jóvenes, que «no terminan de entrar en los espectáculos». «Me quedé alucinado cuando me enteré de que ven las series al x2 de velocidad, porque 'así ven más cosas', dicen. Luego van a un monólogo y te dicen que era bueno a ratos… Es que no es hora y media de risas».
La autocensura por evitar malos entendidos también sobrevuela al sector. «La comedia es comedia y no hay que analizar cada chiste, para eso mejor quedarse en casa», considera. Otra cosa es adaptarse al perfil de público. «En el Matarraña me siento como pez en el agua, hago muchas fiestas populares y van a verte de todas las edades. Los temas tienen que ir un poco acordes porque si no las referencias no se captan», apunta. Pronto comenzará su periplo rural, una vez pase Semana Santa porque ahora el calendario festivo está más que servido. «En uno de mis monólogos hablo de que los pueblos, de tranquilos tienen poco. No te aburres si no quieres», ríe.
Defiende la labor de asociaciones y agrupaciones durante todo el año más allá del verano y fines de semana, «cuando todos los pueblos son divertidos». «En invierno hay que buscarse la vida y se la buscan… como es el caso del teatro, que quien piense que es un grupo de señoras con café y pastas que quedan a leer que se olvide. Es potente lo que hacen, lleva sus ensayos, su estudio de textos, sus atrezzos… Es genial».







