Ángel va repasando las paredes de su bodega con la mirada. «Es nuestro rincón de la Semana Santa», dice a modo de carta de presentación de un espacio muy acogedor. La familia Soro pasa buena parte del tiempo allí entre fotografías y otros recuerdos. Entre ellos, el Tambor Noble que la Ruta concedió a los alabarderos en las Jornadas de Albalate en 2003 y que recogió Ángel. «Es la cofradía de mi vida», añade. De hecho, aunque se retiró de la primera línea tras muchos años de entrega, continúa siendo el presidente. Posee el mismo reconocimiento que el rey Felipe VI. Siendo príncipe, lo recibió en Madrid de manos de representantes de los nueve pueblos, entre ellos, el propio Ángel tal y como atestigua una foto en la que ambos se estrechan la mano. Las va repasando mientras abre un álbum en el que guarda muchas más, algunas muy antiguas. Es desde una de esas en las que se adivina Albalate en la primera mitad del pasado siglo, desde donde observa en blanco y negro Santos Soro Gazulla. Es el padre de Ángel y aparece pertrechado con su traje de alabardero, el escudo y la lanza. «En esta casa empezó todo con él cuando cogió el traje de mi tío José, que ya salía de lancero. Su hermano emigró a Francia y para que no se quedara el traje en casa, lo sacó mi padre», añade custodiado por el escudo y la lanza apoyada en un rincón.
La lanza apunta a una fotografía de la pared en la que salen cuatro jóvenes delante del Monumento a la Jota de Albalate. En ella está Ángel con un gran bombo, junto a sus hermanos con el tambor. «La hicimos por mi padre y no llegó a verla porque murió», explica con el nudo ya en la garganta hasta que hablar de ese bombo le devuelve la serenidad. Con ese bombo y con unos cuantos más ayudaron al resurgir de la Semana Santa de Albalate de un bajón que hubo allá por los años 70. «Apenas salían una veintena de personas a romper la Hora, se quedó muy floja. Los alabarderos, entre ellos mi padre, dejaron de salir con sus trajes para hacerlo con la túnica negra y el tambor y que la gente se volviera a aficionar, y funcionó», apunta Diego, el hijo de Ángel y tercera generación de alabarderos. «Con la furgoneta de la granja me fui a Calanda y me traje diez bombos. Entre unos cuantos empezamos a salir y salíamos a muerte, a ver quién daba más fuerte y mejor y sin parar… ¡Toda la noche así!», ríe. «Al día siguiente no me podía ni peinar y no me podía tocar la espalda, así que, vendí el bombo, y me cogí el tambor, el calderico», añade. Los esfuerzos que se pusieron entre unas cuantas personas en Albalate por relanzar la Semana Santa surtieron efecto pronto. «Un año en la plaza conté 217 bombos y 700 tambores», señala. Los contó desde su posición de capitán de los alabarderos, cofradía en la que empezó a salir en 1962 y en su caso no como lancero sino tocando la corneta y marcando. Le enseñaron los hermanos Berlanga, «Manolo y Pepe, unos buenos músicos». Al volver de la mili trató de marcar con el cornetín en la banda de alabarderos, pero desistió. «Tiene un sonido más agudo y los compañeros empezaban una nota más alta, así que, tuve que cambiar a la corneta», cuenta divertido.
Pronto empiezan a aparecer las fotos en color en el álbum y el rojo del uniforme de alabardero llama la atención. Ángel va recorriendo con el dedo índice los rostros que van apareciendo, muchos de ellos ya no están aunque siguen muy presentes. «Hay muy buena armonía en el grupo, después de las procesiones nos tomamos algo juntos, hay mucho de comunidad y compartir y estamos muy orgullosos porque, además, todo nos lo hemos costeado nosotros», dice Diego. Él sale en muchas fotos con su padre, los dos vestidos con el uniforme en procesiones porque desde su adolescencia han compartido muchos años juntos en la formación hasta que Ángel lo dejó y se pasó a la túnica negra y el escapulario para formar parte de la organización de las procesiones. Diego coincide con su hijo Alonso, que va pidiendo paso aunque todavía le queda por aprender. «De críos salíamos en La Piedad hasta que pudimos salir con los alabarderos. Ahora tenemos unos cuantos niños y ensayamos todos los días», apunta. Él reside en Zaragoza, así que, entre semana practican por su cuenta en la ciudad, hasta que vuelven al pueblo y se suman al resto y la casa de los padres siempre es el punto de encuentro. «Ahora más porque mi hermano está en Zaragoza y yo en Alcañiz, aquí siempre nos juntamos», apunta Marián que siempre sale con su tambor, costumbre que ha inculcado a su hijo. Ella, casada con un alcañizano, se reparte la Semana Santa. «Yo estoy muy contenta de que siga estando en los actos de su pueblo», apunta Ángeles Pérez, la madre, que suele salir con la Dolorosa además de encargarse de toda la intendencia de unos días tan frenéticos. «Tanto mi hijo Pablo como mis sobrinos Alonso y Carlota, ensayan y no van obligados, les gusta y es bonito que siga la tradición de generación en generación», reflexiona Marián. «Estoy muy orgulloso de mi familia, y mis hijos me han dado a los nietos, que estoy loco con ellos», sentencia el abuelo.











