¿De qué manera la sed marca a la sociedad?
Nos ha marcado a todos desde que existimos. Quizá en nuestro día a día no somos tan conscientes porque el uso que hacemos del agua no siempre es visible, es la que sale del grifo, pero también la que se ha utilizado para hacer nuestra ropa o para todo lo que hacemos. Queramos o no, está siempre con nosotros, somos una especie de sedientos, agua en busca de agua.
Por tanto, ¿condiciona la propia evolución de la sociedad?
Sí, en el instituto, cuando nos hablaban de las primeras civilizaciones, nos quedábamos con la idea de que la civilización nació junto a los ríos, y realmente era así porque eran refugiados climáticos que venían huyendo de una situación de frío o aridez extrema.
¿Ese concepto de refugiados climáticos lo podemos llevar a la actualidad, vemos esas situaciones?
Sí, las estamos viendo. Quizá la más llamativa en los últimos años sean los desplazamientos masivos en el Cuerno de África, pero no somos ajenos. Estamos a nada de vivir esta situación, por lo que dicen los expertos, la previsión es que el 75% de la península aproximadamente sufra una grave crisis de desertificación a lo largo del siglo. Somos cortoplacistas, pero un siglo es muy poco.
Escribes este ensayo desde el Bajo Aragón, donde vemos la falta de agua, y naces en Valdepeñas, Castilla La Mancha, donde también ha habido problemas.
Mi propio desarraigo a nivel personal y el hecho de que haya estado llevando una vida nómada, al terminar el libro me he dado cuenta de que tiene mucho que ver con eso. Tenía muy claro cuál era mi lugar en el mundo, y la respuesta de mi familia siempre ha sido «ahí no puedes estar, ahí no queda agua». Es donde vivieron varias generaciones de mi familia y donde a día de hoy no se puede estar porque no queda agua.
Un lugar que es protagonista en este ensayo.
Es curioso porque en ese mismo sitio, hace unos años, apareció un yacimiento de Las Motillas, una cultura que no conocíamos hasta entonces y que los arqueólogos consideran la primera sociedad hidráulica del continente. Era una sociedad de sedientos que hace unos 4.300 años empezaron a vivir una situación de sequía extrema. En este contexto, varias sociedades en todo el mundo colapsaron porque fue una sequía de siglos. En La Mancha, en cambio, alguien descubrió que había agua bajo tierra y encontraron la forma de extraerla, era La Motilla. En esa misma loma, encima de los Olivos y de la huerta de mi abuelo, se enterraba a esta gente que al fin y al cabo eran sedientos que lograron sobrevivir a una sequía a la que pocos lograron sobrevivir.
Con el paso de los siglos, cambia la situación, ¿cómo fue esa época de tu infancia para que te marcara y decidieras escribir sobre eso?
Tengo muy pocos recuerdos de mi infancia, pero en los pocos que tengo está muy presente precisamente esa ausencia. Por ejemplo, estar mirando un bidón o una olla porque todo el mundo tenía cualquier cacharro para guardar agua. Mi abuelo era el encargado de las aguas en el pueblo, daba y cortaba el agua y yo le acompañaba. Llegamos a una situación en la que solo teníamos agua como media hora al día. Entonces ese poquito rato que la gente intentaba hacer acopio para poder tener algo de agua el resto del día. Normalicé de algún modo la ausencia de agua, el valor del botijo que en casa estaba a la altura de la Virgen.
Ahora tampoco sobra el agua, ¿la gestión que hacemos ha cambiado?
Hay un proverbio que viene a decir que la rana no se bebe el estanque en el que vive. Por desgracia es algo que todavía no hemos aprendido, y así lo hacemos. No creo que nosotros fuésemos el ejemplo ideal, lo hacíamos por desesperación porque no había agua.
¿Se puede repetir esa situación, ese sentimiento de desesperación?
Por supuesto, a pesar de que vivimos sequías cíclicas, parece que es algo que enseguida cae en el olvido. Tengo la sensación de que se olvida sobre todo cuando más afecta a zonas rurales. A diario se habla de las restricciones en Barcelona, pero desde hace unos tres años hay más de 40 pueblos de Córdoba que no tienen acceso a agua en sus casas.
Desde la mitología, siempre ha estado esa relación con el agua.
Sí, se bailaba por la lluvia y ahora muchas religiones siguen haciendo esas procesiones. El año pasado hubo una barbaridad de rogativas y además de diferentes religiones.
Hablas de escasez de agua, ¿es un libro pesimista?
No, más bien es al contrario. No podemos negar lo que está ocurriendo, negar el cambio climático es una actitud suicida. Tenemos que ser conscientes de lo que ocurre, pero sin perder de vista que aún se puede hacer algo, y que en el pasado otras sociedades que lo vivieron encontraron la manera de salir adelante, quizá podemos aprender algo de ellos. Busco encontrar ese resquicio de luz que nos permita aferrarnos a algo de esperanza. Si pierdes la esperanza, vas a pensar que no tienes nada que hacer, y tu capacidad de pasar a la acción se va a ver mermada.
¿Tu anterior libro, ’Detendrán mi río’, conmueve y marca, con ‘La Sed’ ocurre lo mismo?
Sí, de hecho, las dos historias están muy ligadas y ha sido una la que me ha llevado a la otra porque ‘Detendrán mi río’ es la razón por la que vine y me quedé en Aragón. Intentando averiguar por qué me llamaba tanto la atención las vidas de estas personas que en principio no tenían nada que ver conmigo, -mi familia no había sido desplazada para que se construyese una presa, sino que venía de exactamente lo contrario, de una escasez-, me di cuenta de que realmente somos parte de lo mismo, no son historias tan distintas.
Está teniendo un buen recibimiento y lo estás presentando por el territorio, ¿cómo lo vives?
Es bastante sorprendente, está teniendo muy buena acogida y lo agradezco un montón.
¿Piensas continuar escribiendo sobre este tema, el agua?
Estoy centrada en el trabajo en la librería, en la promoción y en los estudios, y son demasiadas cosas. Hay una parte de mí que ya me está pidiendo empieza a escribir, pero a la vez necesito parar un poco. A lo mejor de aquí a un mes, dos o un año, lo que sea necesario, retomaré alguna idea que se van quedando por el camino.









El suicidio es que muchas veces no llueve por los cañones que destruyen las tormentas.
no veo sequía por ningún sitio en el bajo Aragón vamos sobrados los aspersores no paran riegan hasta la carretera osea que no cuela
desde luego que vais sobrados pero no de agua.
luego pedireis solidaridad.
Felicidades, Virginia. Mercedes estará muy orgullosa de tí.
besos!