No hay Semana Santa que los Borraz Urrios no pasen en Calanda, su casa. La familia, integrada por Antón Borraz y María José Urrios y sus hijos Santiago y Javier, reside desde hace algunos años en Zaragoza, pero siempre vuelve a su pueblo para vivir estos días tan especiales. Tan solo ha habido un año en el que faltaron, y por causas mayores: el del covid-19, cuando, aún así, salieron a tocar a su balcón de la capital con cubos y cucharas. «Teníamos los tambores y bombos en el pueblo, pero no queríamos dejar de tocar. Hicimos una especie de Rompida particular», recuerdan entre risas.
A pesar de estar algo lejos, el sentimiento de pertenencia es tal que desde hace unos años practican los toques semanas antes en Zaragoza con otros vecinos que también atesoran el tambor. Se reúnen en explanadas, y lo viven como un momento que les traslada directamente a las calles calandinas donde el matrimonio vivió su niñez y juventud, y en las que ahora se reencuentran con el resto de sus familiares. «Es una manera de mantenernos conectados con el pueblo y transmitirles ese sentimiento sobre todo a nuestros hijos», cuenta Antón.
La Semana Santa para ellos, no obstante, es mucho más que tambores, y se siente a lo largo de los 365 días del año. Sus lazos en torno a esta tradición se unen entre la cofradía de El Encuentro y la del Santísimo, encargada este año de organizar los actos y la cual engloba realmente a toda la localidad. A diferencia de otras, en ella no existe banda de instrumentos como tal, sino que siempre se ha regido por un carácter más religioso. Está liderada por 33 Hermanos Mayores encargados de representarla, y Antón pertenece a ella igual que su abuelo (que fue Mayoral en 1959) y su padre. «Siempre tuve claro que quería formar parte de ella para poder representar a mi pueblo en algo tan espiritual como es la religión. El Santísimo siempre ha tenido un papel de salvaguarda, de ayuda, y de cuidado a las personas… Antes, cuando fallecía un cofrade, se iba a acompañarle en su funeral, y a mí es algo que me sigue naciendo, como si tengo que ir en chándal. De hecho, cualquier hermano sigue siendo cofrade, incluso después de su muerte», cuenta Antón.

María José, por su parte, también ha vivido desde siempre la tradición de la Semana Santa, en su caso ligada a El Encuentro. «Es lo que ahora intento transmitir a mis hijos. Ya no solo los actos más conocidos de cara al público, sino también aquellos de recogimiento. La guardia que hacen los Romanos el Jueves Santo, los oficios del Viernes Santo, la Vigilia del Sábado Santo…Ese sentimiento ligado a la religión», añade.
De entre todas las Semanas Santas, ambos recuerdan con especial cariño el año que Antón fue Mayoral del Santísimo. «Fue muy bonito porque lo vives desde otra visión. El acto más emotivo fue cuando Antón pudo sacar junto a su padre el Sepulcro (paso principal de la cofradía)», recuerda María José. Ese mismo año, además, el calandino se propuso cambiar los estatutos del Santísimo, otro 'logro' que también atesora con orgullo. «El objetivo era poder abrir un poco más la cofradía. Antiguamente podía entenderse ese carácter más cerrado, pero ahora los tiempos han cambiado y queríamos que quien tuviera un pie dentro y otro fuera pusiera los dos dentro», defiende Antón.
La voluntad del calandino es tal que también colaboró en la recuperación de la procesión del Traslado del Sepulcro del Miércoles Santo en el año 2016. «A Conchita Navarro, que colabora mucho con la cofradía, se le ocurrió recuperarla, y la verdad es que no fue difícil. Antiguamente se realizaba el jueves por la mañana, pero ahora, con los preparativos de los bares en la plaza, lo veíamos inviable. Propuse hacerla el miércoles por la tarde, y la aceptación y el respeto siempre han sido máximos», añade Antón.
El legado y compromiso de Antón y María José ya ha llegado a sus hijos, quienes pese a su temprana edad tienen clara su implicación en la Semana Santa de su pueblo. Al pequeño, Javier, le encanta el Vía Crucis al Calvario. «Cuando era más pequeño me quedaba en casa, pero ahora ya salgo. El año pasado íbamos primeros», explica tímidamente. Para su hermano Santiago, en cambio, el momento más especial es su llegada a la plaza de España como Nazareno durante la procesión del Entierro el Sábado Santo. «Después me dan un Chupa-Chups, y me encanta poder ver la lucha del Longinos», afirma entre la risa de sus padres.
Años atrás, cuando su padre era joven, el mismo fue el que interpretó a ese personaje tan admirado dentro de la Semana Santa calandina. «Tuvieron que reajustarme el traje porque no me entraba», recuerda Antón. Lo hace justo delante de una fotografía de aquel momento que permanece a día de hoy en la casa a la que siempre regresarán para vivir estos días tan significativos. «Fue un momento muy especial. Y quién sabe, quizás ellos dos también puedan vivirlo alguna vez», concluye.







