Las V Jornadas en torno a la gaita de boto en la Tierra Baja han reunido, este sábado, en Alcañiz a músicos de distintos puntos del territorio con un objetivo común: preservar, difundir y compartir la música tradicional. La jornada ha comenzado con un taller musical dirigido por el profesor y coordinador del encuentro, Francisco Quesada, en el que los participantes han trabajado distintas piezas, poniendo el acento no solo en la técnica, sino también en la escucha y el respeto colectivo.
Tal y como explicaba el propio Quesada: «Esto es un foro de unión y de convivencia de músicos que tocan instrumentos minoritarios en la zona». Asimismo, ha subrayado la importancia de crear espacios donde los intérpretes puedan encontrarse y compartir experiencias.
En total, alrededor de 25 músicos procedentes de localidades como Andorra, Alcorisa, La Codoñera y la propia Alcañiz han participado en esta edición, que sigue creciendo y consolidándose con el paso de los años.
Imágenes del pasacalles y las distintas actividades./ A.F.
Música tradicional entre vecinos y visitantes
Durante la tarde, la música ha tomado las calles con un animado pasacalles por la calle Blasco y Alejandre de la capital bajoaragonesa. El sonido conjunto de gaitas de boto, chiflos y tarotas ha creado una atmósfera vibrante, envolviendo a vecinos y visitantes en un recorrido lleno de ritmo y tradición.
El ambiente ha sido festivo y cercano: familias asomadas a balcones, curiosos siguiendo el recorrido y músicos avanzando al unísono, demostrando que estos instrumentos, aunque minoritarios, siguen muy vivos gracias al compromiso de quienes los interpretan.
Quesada ha recordado que la gaita de boto no es originaria de esta zona, sino del ámbito pirenaico y de comarcas como Monegros o Ribagorza. Sin embargo, su recuperación desde los años 80 y la globalización musical han permitido que cada vez más personas se interesen por ella. «Teníamos músicos repartidos en distintos pueblos que ni siquiera se conocían entre ellos. Era necesario generar este punto de encuentro», ha señalado.
Entre los participantes destaca la presencia de Amaya Espejargas, de 11 años, la más joven del grupo, quien representa el relevo generacional. Su historia refleja el futuro del instrumento: comenzó a tocar tras descubrir la gaita en un concierto y, pese a las dificultades técnicas, asegura disfrutar plenamente de ella. «Tienes que estar pendiente de todo a la vez, pero me gusta mucho», explica.
Las jornadas se consolidan así como un espacio de convivencia intergeneracional donde tradición y aprendizaje se dan la mano. Más allá de la música, el encuentro refuerza la identidad cultural del territorio y demuestra que el patrimonio sonoro también necesita comunidad para sobrevivir.

























