Tiene bien fijado en su cabeza el verano de 2008. Fueron unos meses importantes de descubrimiento y de investigación. Fue el verano en el que Pepe Buisán Socada (Caspe, 1993) comenzó a ver el mundo a través del visor de una cámara de fotos. «Tenía 15 años y en mi grupo de amigos éramos varios con inquietudes artísticas y nos pasábamos los días probando con una cámara, que entonces eran de las pequeñitas digitales», dice. «Esa época la tengo grabada», añade sonriendo.
Fue tan importante ese tiempo porque descubrió un mundo del que ya no quiso salir. Ahí unió la fotografía a sus dibujos, pinturas e ilustraciones porque nació con una vena artística muy marcada. Tanto, que con tres años empezó a dar clases. «Recuerdo a mi abuelo llevarme. No es que se me diera bien entonces, es que en casa veían que me entretenía pintando», apunta. Ese entretenimiento se fue transformando en disfrute y pronto, en una virtud cada vez más acentuada. Belén fue su primera profesora, e iba los sábados como actividad ofertada por el ayuntamiento. Luego llegaron las clases de una hora diaria después del colegio, sesiones que recuerda como un rato con amigos con los que retarse a mejorar y un momento de desfogue y desconexión entre el colegio y los deberes. Álvaro Clavero y Joaquín Ferrer ‘Feguars’ fueron sus profesores en la adolescencia: con el primero aprendió y con el segundo perfeccionó.
Dio clases hasta los 17 años, cuando comenzó a cursar el Bachillerato de Artes y para entonces ya había descubierto la fotografía. «Direccioné mi vida hacia la foto pero de la mano con el dibujo. Siempre tuve muy claro que eso iría conmigo porque dibujar forma parte de mí, es una extensión de mí mismo», cuenta. Siempre lleva «una libretita en la que hacer rayujos y probar cosas» y si cae cena en grupo en un restaurante con mantel de papel, «algún garabato» dejará. A mano tiene también el iPad, que «va muy bien para crear y borrar, crear y borrar» porque es perfeccionista y exigente consigo mismo. Le sale ahí la parte atormentada del artista, una palabra que, por cierto, rechaza para sí mismo y la deja para quienes han sido sus maestros. «Es una palabra muy grande porque, aunque lleve 28 años pintando y 15 haciendo fotos, sigo aprendiendo», argumenta.
Entre los maestros aparece Cesáreo Larrosa, la primera persona que confió en él en fotografía. «Necesito un apartado especial para agradecer», sonríe. De su mano entró al grupo Enfoque donde empezaron a salir sesiones de fotos y formación; y Larrosa le confió una sesión para catálogos de moda, todo su material y más trabajos. No iba mal encaminado su mentor porque disfruta fotografiando moda y también viajes. «Me fijo en la escena cotidiana, en la conversación entre dos personas delante del monumento más que en el monumento», cuenta. En su Instagram hay buena muestra de su estilo tanto en fotografía como en ilustración.
Desde hace seis años trabaja en Zaragoza en una tienda referencia de Mango donde también ha podido explotar su faceta artística. Su huella está impresa en un mural de una sala de reuniones, y también se han empleado algunas fotos suyas. «He podido hacer sesiones tipo editorial como pruebas nuestras pero que luego han gustado mucho y las han tenido en cuenta para mostrar nuestro trabajo», apunta. Combina su trabajo en la tienda con las sesiones de fotografía, algo que sí le gustaría convertirlo en su dedicación en algún momento. «Lo que no quiero soltar nunca sea trabajo, sea afición o sea lo que sea, es dibujar. Es algo que va conmigo casi desde que nací, y quiero que esté conmigo hasta que me muera», avisa. Firma fotos y dibujos como Buisán Socada en un homenaje a sus padres. «Tengo una familia que me ha apoyado en todo siempre, esa es mi gran suerte», sonríe.













