A través de los enormes ventanales de El Gancho entra toda la luz natural que brinda una mañana ya casi de verano. Dentro reina el orden aunque el grueso de la actividad de estos días lo tiene el fotógrafo fuera de El Gancho Estudio Creativo con la gran época de las bodas ya encima. Además de que son su especialidad, las disfruta al máximo. «Me encanta mi trabajo y me encanta cubrir bodas», dice Cesáreo Larrosa (Caspe, 1976). Ahí radica buena parte de su éxito: en eso y en que le gusta la gente, entre otras cosas. «Si voy a la montaña y me gusta el paisaje, me siento y lo disfruto. Si pasa una persona y me cuadra bien… Igual saco la cámara y hago una foto», ríe. Su motivación es la gente, contar una historia y en el caso de las bodas, muy personal.
Este género, tan denostado en tantas ocasiones, requiere de una exigencia difícil de asimilar si al fotógrafo no le mueve algo más allá que mero trabajo. «Son muy difíciles y una responsabilidad brutal… Hay mucha presión, no puedes fallar», añade. Ese día en El Gancho ya estaba el material que iba a emplear en orden y revisado a falta de dos días para el evento. Las bodas han cambiado tanto que realmente no hay dos iguales. Todo el tiempo suceden cosas y obliga a estar «al 200%» y a adelantarse.
Larrosa lo planifica todo antes con los novios y, por otro lado, con familia y amigos que siempre tienen sorpresas. «Ahora se hacen películas, arte. Yo priorizo el sentimiento a que me quede una foto perfecta en técnica. Quiero que al verla en unos años les haga volver al sentimiento de ese momento». Si ninguna boda se parece a otra, para todas hay fotógrafo. «Somos muchos y cada uno con su estilo, hay para todos. Yo tengo mi clientela y estoy muy contento y muy feliz», se sincera el caspolino.
En 2022 fue nominado a los premios de fotografía de boda Unionwep. Desde que comenzó hace doce años no ha sucumbido a modas y se mantiene fiel a su estilo de la luz y colores vivos. Sus fotos son reconocibles y se corresponden con el tipo que hay detrás del visor: una persona que se considera tímida en su día a día y que irradia buen rollo todo el tiempo, y con la cámara al cuello más todavía. «Igual que los pintores impregnan en la obra su estado de ánimo, en las fotos también se aprecia. Si tienes mal día, al coger la cámara lo aparcas».
Cambio de rumbo
Larrosa siempre ha sido muy observador y ha mostrado mucha inquietud por encontrar el porqué de las cosas. Eso le llevó a solicitar un salvoconducto en pandemia para salir a fotografiar. «Me tocó la fibra porque ves a gente que conoces sufriendo, pero sentía que tenía que hacerlo», reflexiona. «Pero también fotografié momentos bonitos», avisa.
Desde niño pinta y las artes siempre le gustaron, entre ellas, la fotografía, afición compartida con su hermana mayor. Su primera cámara la compró en la mili en Canarias y más tarde llegó la digital. Fue su mujer la que le empujó a hacerlo y la que le apuntó al curso que lo cambió todo. Lo daba Ramón Peris en Caspe y, tras llevárselo a cubrir una boda, le animó a volar. «Me dijo que no tenía ni idea de manejar la cámara pero que tenía ojo, así que, me enseñó y todo cambió», dice.
Dejó su trabajo en la compra-venta de alfalfa y fue abriéndose camino. Aunque tiene mucho de autodidacta, cada año trata de hacer cursos. «Es indispensable la formación, si no, te estancas», advierte. Cuenta con el apoyo de su mujer y su hija, y nadie se arrepiente del cambio. «Antes viajaba mucho y ahora cada día estoy en casa. Disfruto con mi trabajo y con mi vida», sonríe.











