*Por Sergio Hueso, director de Toro Live
El calandino Álvaro Puig Simón brilló este 12 de octubre en una plaza de toros abarrotada para la tradicional corrida de toros del Día del Pilar. El becerrista local cumplía uno de sus primeros sueños taurinos delante de su gente, una circunstancia que se dejó sentir desde el inicio, cuando, una vez concluido el paseíllo, el calandino salió al tercio para recoger la primera ovación de la tarde.
Vestido de luces por primera vez, el joven se estiró a la verónica ante el becerro de Colomer Hermanos, al que fue sacando con habilidad hasta los medios antes de rematar con una media. Después dejó también un quite por chicuelinas. Con la muleta estuvo voluntarioso y dispuesto ante un buen animal, que encontró especialmente por el pitón izquierdo una embestida franca y profunda, llegando a desplazarse con mucha calidad. El joven calandino trató de aprovechar esas virtudes en una actuación marcada inevitablemente por la bisoñez de quien empieza. La espada terminó emborronando el balance numérico, pero no el recuerdo de una tarde que difícilmente olvidará: la de su primer vestido de luces, en Calanda y ante los suyos.

Aunque además de la actuación de Puig, Calanda vivió una de esas tardes que trascienden el resultado. Justo de fuerzas salió el primero, al que Álvaro Lorenzo saludó estirándose a la verónica. El toledano dejó después un quite por chicuelinas desde los medios de mucho compás y temple. Brindó desde el centro del ruedo y comenzó sobre la diestra ante un toro que tuvo calidad por ese pitón. Peor estilo mostró por el izquierdo, por donde terminó los viajes con la cara alta y desentendiéndose del engaño. Lorenzo regresó entonces a la mano derecha y consiguió enroscarse al animal en redondo, dejándole la muleta puesta al final de cada embroque para tirar de una embestida que fue apagándose progresivamente. Tras dos pinchazos, dejó una estocada baja.
Más suelto y algo adormilado apareció el segundo, que apenas terminó de definirse en el capote de Joaquín Galdós. El paso por el caballo cambió, sin embargo, la condición del animal, que se vino arriba especialmente por el pitón derecho. Por ahí llegaron las cotas más altas de la faena del peruano, que bajó la mano y consiguió romper una embestida inicialmente rebrincada hasta terminar sometiéndola. Por el izquierdo el toro protestó más, echando la cara arriba y sin completar los viajes. El epílogo por ayudados a una mano puso un cierre de gusto a una labor bien construida. Pinchó antes de dejar una estocada baja suficiente.

Con brío tomó el capote el tercero, al que Tomás González recibió a la verónica, por bajo y con la rodilla semiflexionada. Antes de brindar desde los medios dejó también un quite airoso desde los medios. El novillo tuvo mejor condición por el pitón izquierdo, aunque González cimentó buena parte de su labor con la mano derecha, dando el toque firme y llevándolo embebido en la muleta para intentar ligar en redondo. Al natural logró correr la mano con largura en varios muletazos con la figura más desmayada. La espada terminó diluyendo cualquier opción de premio tras varios pinchazos y un golpe de cruceta. Leves palmas.
Se estiró nuevamente a la verónica Álvaro Lorenzo para recibir al cuarto, abrochando el saludo con una media. El brindis fue esta vez íntimo. Tuvo el toro calidad por ambos pitones, aunque exigió que cada muletazo se construyera prácticamente de uno en uno. Cuando tomaba el engaño, lo hacía humillando y con una embestida entregada. Lo entendió pronto el toledano, que administró los tiempos y fue dando forma a una faena que creció en su segunda mitad. Se trajo al toro por la espalda en redondo y dejó varios circulares invertidos antes de cerrar con molinetes. Una estocada dio paso al aviso y a varios golpes de descabello. Ovación con saludos tras aviso.
Hizo amago de saltar al callejón el quinto nada más aparecer en el ruedo, pero Joaquín Galdós consiguió pararlo con suavidad desde los medios toreando a la verónica y cerrando con una templada media. Hubo también un quite por chicuelinas de mucho temple que anticipó la línea que tendría después su faena. Comenzó por bajo, con torería y ligazón, y mantuvo durante toda la labor una marcada apuesta por la suavidad. Sin brusquedades, administrando los toques y acompañando las embestidas, fue construyendo una faena de buen gusto por ambos pitones, aunque fue por el derecho por donde encontró la mayor continuidad. Una estocada fulminante puso el punto final. Dos orejas.
Más serio, con hechuras más propias de toro, fue el sexto, el segundo del lote de Tomás González. Lo recibió con garbo a la verónica y remató con una media genuflexa. Posteriormente quitó por chicuelinas para cerrar con una preciosa larga. Sentado en una silla junto a tablas comenzó la faena por alto antes de sacar al novillo hacia fuera. Si algo no se le pudo reprochar a González fue la colocación. Frente a un animal de viajes más medidos, el novillero planteó una labor paciente, cruzándose continuamente y buscando el sitio entre muletazo y muletazo. Lo mejor llegó al natural, por donde surgió algún pase suelto de notable empaque. Dejó una estocada delantera y necesitó posteriormente un golpe de cruceta. Oreja.







