Acostumbrándose aún a su nuevo look pero con el mismo brío de siempre, Antonio Clavería (Alcañiz, 1991) se mueve por la plaza saludando a unos y otros. Acaba de volver de uno de sus muchos viajes a Alicante, el centro de operaciones de Uña y Carne, el grupo con el que está «al cien por cien». Junto a su compadre Carlos Salado sigue moviendo ‘Lo que el tiempo no sabe borrar’, el disco que publicaron en 2021 gracias a un «crowfunding». Llega ese día con intención de pasar la Semana Santa en Alcañiz, con su tambor y con su gente mientras luce su pelo ahora corto y sin trenzas. «No sé si me he peinado bien», ríe.
El próximo destino del dúo y la banda es Galicia, en una gira de salas, un formato que les encanta por la cercanía. Seguirán conquistando territorios tras haber hecho lo propio en Castilla y León y Andalucía. Salen de su zona de confort del Bajo Aragón y Alicante, y han dejado al público «bailando y gozando». Y es que quien acude a los conciertos «quiere guerra, quiere pelotazos». La hora y media de show se queda corta. «Los directos son parte de nuestro punto fuerte», avisa.
De sobra conocido es este dato en Alcañiz, donde agotaron entradas en Pui Pinos en tiempo récord y donde siempre han contado con un respaldo tremendo. Lo de profeta en la tierra propia considera que es demasiado, pero sí admite que se siente querido. «Me siento un privilegiado porque siempre he tenido el apoyo de Alcañiz tanto en Sabor a Rumba como ahora con Uña y Carne», reflexiona. Sabor a Rumba sigue adelante con sus primos a los que juntó siendo un adolescente para actuar en El Pitorreo, una peña que hacía sus programaciones en fiestas. Eso le dio calle y salir de casa en la que creció rodeado de rumba y flamenco para enfrentarse a públicos de todo tipo siendo él «una persona tímida».
Dice que lo sigue siendo y el escenario, a la vez que adrenalina, le genera mucho respeto también ahora que vuela con Uña y Carne junto a Carlos Salado. Se conocieron cuando el alicantino buscaba a alguien para hacer un disco de la banda sonora de su película ‘Criando ratas’. Fue la escritora alcañizana Violeta Santos, amiga común, la que insistió a Salado con Clavería. «Él no pensaba que encontraría lo que buscaba en un chaval de un pueblo de Teruel», sonríe.

Directos e Instagram: puntos fuertes
Con el micromecenazgo grabaron ‘Lo que el tiempo no sabe borrar’, un disco que les sigue dando alegrías. Aquello inició un camino que desde entonces ha ido «hacia adelante y hacia arriba» a base de dar «pasos cortos pero seguros». De hecho, desde hace unas semanas el alcañizano se ha lanzado y se dedica en exclusiva a la música, ya no comparte su vida con el reparto de paquetería. «Es un paso enorme. Te genera una confianza brutal porque ya ves frutos y ojalá sea por muchos años».
No descartan grabar otro disco pero, de momento, la fórmula es lanzar las canciones una a una en las plataformas digitales. Los músicos tampoco se libran de la tiranía del algoritmo y de las prisas del usuario que en las escuchas de una canción el cursor va directo al estribillo a ver si encaja. Mantener la curva de escucha es importante y tratan de hacerlo sin perder libertad creativa. «Si la canción tiene que durar cinco minutos, es lo que dura. Por otro lado, sí cumplimos lo de ir publicando una a una, que es como mejor nos funciona», apunta. La industria es cambiante y ellos también se adaptan. Surfean según vienen las olas de la red, que por otro lado, ha democratizado el acceso a la industria y todos los artistas pueden pelear su espacio. Ellos se adaptan a lo que viene y les da razón el trabajo que están haciendo en Instagram, su principal ventana al mundo y que alimentan concienzudamente a base de vídeos cortos. Desde final de año han ganado más de 40.000 seguidores.
Saben lo que es escuchar un disco hasta rallarlo, e incluso conocer los números de las canciones. «Ahora apenas se graban discos, al menos, los artistas emergentes, pero nos adaptamos, hay que fluir y ser flexible. Y hay que escuchar a los demás, que todos tienen algo que aportarte», recomienda.







