Dabí Latas es, junto a Elena Guarc, el alma de Sempiterna, la asociación que se dedica a una tarea tan apasionante como es mantener viva una parte del museo de Valdealgorfa con exposiciones de indumentaria tradicional. «Elena dijo que nuestros antepasados tenían hambre de color, pues yo tengo hambre de historias», dice al tomar el testigo en EncontrARTE de su compañera de fatigas. Los dos leen la historia a través de la ropa y de la documentación que la pone en contexto. En su Sabiñánigo natal sintió la llamada de ir un paso más de una afición por lo antiguo y empezó a indagar. «Comencé en el folclore tocando en el grupo de jota Santiago de Sabiñánigo y nos vestíamos con la ropa que tenían para las actuaciones. Yo me preguntaba el motivo de que se llevase cada pieza de una forma determinada», recuerda. La respuesta que recibía era la misma y no le servía un «porque es así». Dudó de que eso «es así porque siempre ha sido así» y empezó a investigar y descubrió un mundo. «Vas descubriendo muchas cosas pero a la vez hay tanta variedad y tantos aspectos que no sabemos… que esto se convierte en una droga de la que no puedes salir», ríe.
Su querencia por el coleccionismo se despertó siendo un adolescente cuando entró en el mundo de los tejidos viendo a sus mayores. «Los tejidos eran mi pasión, sobre todo, la parte de hilar lana y cáñamo. Me volvían loco las ruecas de mano y husos para convertir la lana recién esquilada en una fibra textil con la que poder hacer cosas». Para él aquello era magia y la aprendió de la mano de una señora mayor de su pueblo que todavía hilaba y que le enseñó a hacerlo. Es más, le dejó su rueca y su huso y, poco a poco, aparte de hilar, vio que aquellos utensilios significaban mucho, «era mucho más que un trozo de palo en el que sujetar la lana». Descubrió que solían ser regalos que hacían los novios a las novias de pedida de mano, y algunas ruecas iban incluso talladas con su simbología y eso, todavía le gustaba más. «Entonces, yo que tengo espíritu de coleccionista, empecé a coleccionar ruecas y husos de Aragón primero, pero luego empecé con material de todo el mundo e incluso con piezas arqueológicas de las que se utilizaban en la prehistoria para hilar», recuerda.
Consiguió una «colección fuerte» que tiene en casa y el hilado fue ganando fuerza, lo que le llevó al mundo de la ropa. «El tiempo es limitado y no puedo hacer todo lo que me gustaría», sonríe. Al mismo tiempo, al empezar a estudiar Hostelería -grado del que es profesor desde hace unos años en el IES Matarraña de Valderrobres- se encontró con que también hay cosas antiguas en el sector. Él acude a mercadillos y anticuarios en busca de piezas de hilado y en una de esas, descubrió que también hay sacacorchos antiguos, entre otras cosas. «Empecé a coleccionarlos también… Es que con esto pasa como todo lo anterior, que son piezas únicas, especiales y con una vida detrás», apunta. Asegura que esas piezas, así como la ropa, hablan. «Es que te hablan y yo quiero que me hablen mucho, quiero más porque cuentan cosas. Es como quien se lee un libro y se engancha a un autor y quiere más de lo mismo, antes tenían hambre de color y yo tengo hambre de historias» señala.
Todo este trajín y aficiones desembocó en la asociación Sempiterna por un lado, y por otro, hace casi una década en Anteayer, la tienda que abrió en Alcañiz. Le sirve de punto de compra y venta porque «al final lo compras todo y a veces son cosas que no te interesan, pero es que te viene gente con arcas llenas de ropa e incluso con casas llenas de ropa», justifica. Él seguía comprando y, como igual que el tiempo, el espacio también es limitado, comenzó a vender algo por internet. Vio que se vendía y para continuar abrió la tienda y vende a más de 25 países. «El fin de la tienda no es comercial sino sufragar mi colección y permitir que pueda seguir adquiriendo piezas. Hay mucho movimiento y me tengo que frenar porque la tienda va muy bien pero se me está comiendo el tiempo porque, además, mi trabajo es otro», se sincera.
La esencia de los localismos
La parte de investigación es ingente en este caso aunque acotan los siglos desde finales del XVIII a comienzos del XX, por lo que el XIX es el que más dominan en Sempiterna. «Puedes indagar y al día siguiente encontrar algo que te diga que lo que pensabas no es así. Ni Elena ni yo hemos vivido esas épocas ni mucho menos somos expertos, ojalá se metiera más gente en esto», desea.
Asegura que sí hay personas a las que les gusta este mundo de la indumentaria pero no tanta la que se decide a estudiarla. «Es lo que hace falta, gente que investigue porque la ropa dice mucho de una sociedad en todos los sentidos», apunta. Y no sólo que investigue sino que estudie con rigor cada comarca, pueblos y localismos porque, de lo contrario, «se tiende a unificar la indumentaria y hacer un uniforme y, precisamente la indumentaria no es uniforme», concluye.







