Dice que es la fotografía que más le gusta de las que ha hecho. Eso es mucho decir, porque son miles y miles y miles. En esta, además de que captura un cielo apabullante, la composición y que sale él con su madre lo dice todo. Ambos son una silueta sosteniendo un láser y es hipnótica. Sus padres le inculcaron a Fernando Ruiz Valero (Barcelona, 1964) su amor por la fotografía. A base de trastear con la cámara de su padre, se fue enganchando a este mundillo con el que también aprendió a ver el mundo de otra forma.
Es mercedario en el Monasterio del Olivar en Estercuel donde reside desde 2017. Suele ir provisto de su cámara y, además, el entorno es privilegiado para fotografiar los cielos y el entorno. Siempre es igual, pero siempre es distinto. «No vemos las cosas como son sino como somos nosotros», dice citando a Saint-Exupéry, autor de ‘El Principito’. «Miramos al cosmos con una mínima noción, sabemos que hay órbitas, gravitación, luz… Y todo eso influye en la manera de ver. Lo que has vivido, pensado, lo que has entendido, te hace ver de una manera o de otra», explica.

Como religioso ha tenido oportunidad de viajar y recorrer muchos mundos y no turísticos. «Yo no puedo hacer viajes para fotografiar como sí hacen otros compañeros, pero he tenido ocasión de fotografiar lugares como Venezuela y, especialmente, Guatemala. Como religiosos estamos en contacto con las gentes del lugar y no vemos lo más turístico, sino muchas veces lo más auténtico», reflexiona.
Dice que la fotografía le ha enseñado a mirar y que «saber mirar es saber amar». Esta frase se la toma prestada a Garci de su película ‘Canción de cuna’. «Una vez aprendes técnica y la dominas ponerse a fotografiar no requiere de mucho más esfuerzo pero todos pasamos por épocas en las que no te encuentras», apunta.
Hace unos años se fijó en el cielo, y en el Monasterio del Olivar comenzó a sacarle sus mejores poses. De él, de Fray Fernando, aprende todo el que pasa por el monasterio para disfrutar de los retiros y las actividades de observación de estrellas. Y él aprende de todos ellos. Y sonríe sonrojado cuando le recuerdan el respeto que infunde entre los fotógrafos. «Lo que sé lo he ido aprendiendo de compañeros, y sigo aprendiendo», apunta.

El cielo siempre le ha despertado curiosidad. Siempre sintió fascinación como asombro humano y también porque tenía una vocación de ciencias. Con 14 años comenzó a navegar y en este campo se mantiene la antigua referencia a las estrellas. «Cuando alguno de mis patrones alguna vez sacaba un sextante, eso me parecía una ciencia maravillosa y secreta, complejísima. Por eso siempre tuve afición por intentar conocer el cielo y distinguir las constelaciones», se sincera.
Las primeras imágenes las tomó al cielo desde el suelo de Estercuel en el invierno de 2017. «Me encontré con la cámara en la mano y el cielo por encima. Empecé a probar, a alargar un poco más el tiempo, a alargar un poco más el ISO y así, poquito a poco, aprendí a fotografiar cielos aquí, en el Olivar», añade.
Muchas imágenes las muestran en redes sociales del monasterio y, entre eso, y el carisma de los propios frailes, se han hecho hueco en las agendas de mucha gente que llena su hospedería todo el año. El monasterio acoge y está abierto. Desde allí se implican en la vida social del entorno y en cómo mejorarla. Aportan en reuniones y grupos de trabajo. En todo. «Pese a nuestro voto de pobreza tenemos un montón de amigos y estamos rodeados de gente maravillosa, así que, tenemos la mayor riqueza», celebra.










Tengo el honor de guardar unas preciosas fotografías que hizo cuando reparamos la carretera de entrada al Monasterio