Es raro decir que te vas a trabajar cuando en realidad vas a hacer lo que te gusta». Marina García-Orta (Alcañiz, 1996) es una de las personas tocadas por la gracia de la vocación. Ni pudo ni quiso frenar su instinto y decidió apostar por ser actriz. Lo es por formación y casi por naturaleza porque hace ya dos décadas que se enfrentó al público por primera vez. Fue de la mano del Grupo de Teatro El Tambor en una extraescolar en el entonces CEIP Emilio Díaz. Micrófono en mano ya supo lo que era tener que sacar el espectáculo adelante pasase lo que pasase. Retomó en el IES Bajo Aragón con Sonia Lanuzza en otra extraescolar. «Con ella aprendí que, a pesar de que yo me hacía mayor, ese juego podía no acabar nunca», sonríe.
Siguió en el seno de la Cucarachona hasta el fin de secundaria cuando marchó a estudiar Maquillaje Profesional y Caracterización. «Mis padres me han apoyado siempre, también cuando dije que quería ser veterinaria después de ver ‘Pelopicopata’, pero me pidieron que estudiara algo más por si acaso», dice. Eso hizo, y peinando y maquillando en los musicales ‘Dirty Dancing’ y ‘El pequeño Frankenstein’ en la Gran Vía madrileña lo vio más claro si cabe. «Me sabía los bailes, los diálogos… Tenía algo que me comía por dentro», ríe. Acto seguido se inscribió en la Escuela para el Arte del Actor que dirigen Clara Méndez-Leite y Alberto Ammann. Allí estuvo seis años: los cuatro de formación profesional y dos más como observadora, una especie de apoyo de la profesora que se fija en otros detalles que de otra forma pasarían de largo. «Puedes detectar si alguien no está bien. Entra dentro del trato familiar que tiene esta escuela, que cuida la integridad de la persona en todos los sentidos», dice. La filosofía que aplican es mucho más corporal a través del conocimiento de los puntos energéticos del cuerpo, la energía y el eneagrama, para saber mover a los personajes. «Pones las emociones al servicio del personaje pero las transita tu cuerpo. Es básico tener herramientas para sacarlo y también para deshacerte de él si se te queda pegado», dice. En sus redes sociales, tanto las personales como las de la escuela de teatro, se puede encontrar muestra de su sello y del trabajo suyo y de la escuela.
Siguiendo la premisa de que si no sale trabajo, créatelo tú, hicieron de unos ejercicios de improvisación de la escuela, una obra teatral llamada ‘Encestar el viento’ que representaron en abril en Malasaña a Escena. El año pasado participó en este mismo evento con Shakespeare. También sabe lo que es llevar a Chéjov a escena y asomarse a lo audiovisual desde Cretas en ‘Bienvenidos a Edén’. «Hice figuración, ojalá lleguen los papeles. La protagonista era de mi escuela y fue guay trabajar así con alguien que conoces». Celebra la apertura a los rodajes de la provincia y confía en que sea una señal para que se empiece a considerar el sector como la industria que es, que se reconozca la formación y que los actores ganen derechos, algunos tan básicos como una jubilación digna. «A veces se confunden conceptos y no siempre el éxito está relacionado con ser famoso», analiza. Sigue haciendo pruebas y preparándose para teatro, series o cine. «No hay papel pequeño sino grandes actores», sonríe.
«Si me pongo exquisita, me encantaría hacer personajes de capa, espada y caballo», revela. «Si esto te apasiona, lo que quieres es actuar… contar historias, ponerte en la piel de alguien que no tiene nada que ver contigo. No hay que juzgar al personaje, hay que comprenderlo haya hecho lo que haya hecho, y eso requiere de un trabajo de introspección muy grande. Es empatía, y me ayuda a entender un poco mejor el mundo».









