¿Cómo nace Fragolino?
Mi sueño era tener una pequeña editorial para publicar cosas que me interesaran y, sobre todo, cosas fuera de lo común con una línea de poesía y otra para cosas especiales como las llamo yo. Así nació en 2015 y me estoy dando cuenta de que hemos cumplido diez años. La primera publicación fue ‘Poesía líquida’ de Víctor Guiu, seguí con David Giménez, los libros de tradiciones bajoaragonesas de Bea Royo y el último de Guiu, su recopilación de artículos en ‘Calvarios’.
Aniversario redondo y Guiu abriendo y cerrando círculo.
¡Es verdad! Pero es que Guiu da para mucho (ríe).
¿Cómo te organizas solo?
Es un proyecto personal pero me rodeo de profesionales, sobre todo, para maquetación e impresión. He trabajado años con Víctor Montalbán y para imprimir recurro a Gráficas Salduba en Cuarte de Huerva porque le ponen mimo. Y me rodeo de amigos que me ayudan en correcciones y más cosas. Entre ellos, Guiu y Giménez.
Ahí se entiende cómo salen unas ediciones tan cuidadas y que tanto caracterizan a Fragolino.
Quería que los libros estuvieran bien y fueran bonitos. No por una cuestión de ventas, que es secundario, sino porque gana mucho un libro bien maquetado y con detalles dentro, que es algo que trato de cuidar. Me gusta poner cosas escondidas por las páginas y que la gente las encuentre o no. Así intento dejar mi huella.
Dices que ganar dinero no es el objetivo, tampoco publicas de seguido en este mundo de constantes novedades y entrar en una librería es abrumador. ¿Te llegan propuestas?
El objetivo no es ganar dinero, pero tampoco perderlo. Llevo mi ritmo según me lo permite mi trabajo y de si tengo alguna opción para publicar. No es que sea exquisito, pero publico lo que quiero y me han mandado manuscritos por diferentes vías porque se publica muchísimo, pero no es lo que quiero sacar. Nunca he buscado negocio en la editorial, la premisa es clara desde el principio y es que nadie gana nada, ni los autores, ni yo. Todos los libros que he hecho se han ido autopagando. He perdido dinero, pero como la pérdida es poca puedo seguir asumiéndola. Publico un libro al año o dos.
¿Lo tuyo es romanticismo?
Puro y duro, pero me encanta y, sobre todo, me gusta brindar a la gente cosas diferentes, especiales. Hago ‘long sellers’, porque sé que no voy a vender toda la tirada, pero han pasado diez años de publicaciones y me quedan un par o tres, es decir, que todavía vendo.
¿Qué papel juegan las librerías? Tienen que entender tu modelo.
Mi distribución es a mano. No tengo distribuidora. Envío los libros a las librerías que siempre me han acogido por correo, los llevo o se los doy a un amigo para que los acerque. Hay muchísimas librerías, sobre todo en las grandes capitales, que no trabajan así, ni quieren, pero las entiendo por el aluvión de publicaciones que hay y lo quieren todo automatizado. En librerías pequeñas o en los pueblos, hay margen y creo que ofrecer cosas que le interesen a la gente del territorio es un bien para todos. Por otro lado, tengo claro que mis libros son bastante aragoneses. Alguno se ha vendido fuera de Aragón, pero en sitios concretos.
Resides en Barcelona y vuelves con frecuencia, pero ¿la literatura es otro nexo de unión?
Estoy muy al tanto de lo que pasa en mi tierra a diario. Es otra cosa que también he tenido clara, tanto los autores como el enfoque de temas con ese orgullo aragonés que llevo por bandera.
¿Te ayudan las redes sociales?
No me molesto en publicidad ni en promoción en redes, todo eso me espanta. Ediciones Fragolino tiene un Instagram por tener. No sé si explotará con tanta sobre información pero cada día las entiendo menos y no me merece la pena.
Es otra manera de ver las cosas.
Son dos maneras distintas de hacer las cosas entre los pueblos y las ciudades grandes, porque en Zaragoza en las librerías más pequeñas donde tienen que estar mis libros no tengo problema. Tampoco me como mucho la cabeza con esto. Además, Víctor Guiu y David Giménez son autores con tirón, con público que busca lo que escriben.
Solo hay que verlos en presentaciones, que mención aparte merecen. Todas tienen sorpresa.
Las presentaciones de libros son un coñazo y hay que hacerlas un poco graciosas. Ya que la gente pierde su tiempo para venir a verte, no hay que dar la tabarra.
La última puesta en escena que vimos en Alcañiz fue con el tercer libro de tradiciones bajoaragonesas de Bea Royo que dejó encaminado antes de fallecer. Familia y amigos vestisteis la librería Santos Ochoa de otoño. ¿Qué planes hay respecto al resto pendiente?
Vamos a seguir adelante con el proyecto que tenía de hacer unos 12 libros más o menos de tradiciones bajoaragonesas. Los escribiremos entre todos como podamos, con las cosas que nos cuente la gente y con sus anotaciones y directrices, que las tenía claras. La idea en 2026 es sacar otro título de los libros infantiles de Bea Royo.
¿Fue la entrada a la línea infantil?
Sí. Y es muy agradecido, porque en este caso, además, son libros benéficos para la Asociación Española Contra el Cáncer y la gente se vuelca mucho más. Son los que más se han vendido, se han agotado tiradas hasta de mil ejemplares de algunos cuando nuestra media es de 250. Vender eso es una barbaridad ahora en cualquier sitio. También tengo un cómplice muy bueno como es Eugenio Ramo en Santos Ochoa.
Es el algoritmo físico, os tiene en una estantería específica.
Editoriales como la mía necesitamos de la ayuda de estas personas que tienen una librería y pueden recomendar cosas porque conocen a su público. Son los prescriptores que había antaño igual que los había en la radio que recomendaban música y ahora te la recomienda un algoritmo de mierda. Esta figura del librero y, sobre todo, una librería de pueblo pequeña que tiene que seleccionar muy bien el material que tiene, te ayuda mucho. Y Eugenio siempre está para lo que necesite, cero problemas siempre y siempre dispuesto a todo.







