Manuel Clavero Minguillón nació en Samper de Calanda nueve años antes de que estallase la guerra que le separó de su pueblo. La distancia nunca pudo borrar a Samper de su corazón y de su mente en toda su vida. Y es que como «aragonés natural de Samper de Calanda» se refieren a él los periódicos del momento que recogen el hito que logró, uno de los más importantes del atletismo español e internacional, ya que en 1956 en Montjuic batió el récord mundial de lanzamiento de jabalina con 89 metros y 66 centímetros. Nunca se le reconoció porque en lugar de lanzar a lo clásico, empleó el ‘estilo pastor’ o ‘estilo español’, similar al de disco y la barra vasca y aragonesa. No estaba homologado y la Federación Internacional nunca reconoció esa marca.
Manuel falleció el 1 de febrero en San Sebastián con 96 años. «Hasta el último momento hizo su deporte, vivía por y para el atletismo, era su pasión y también verlo, siempre lo tenía en tenía en la televisión», dice su hija Mabel. «Tuvo la espina clavada del récord. La verdad es que, quizá en el momento no podía ser, pero no entendemos como con el tiempo no se le ha podido reconocer o valorar de una manera oficial y pública lo que consiguió», reflexiona.
No es la única gran marca en su palmarés; son unas cuantas y su fallecimiento vuelve a recordar su gesta mundial. Félix Erauzquin fue el creador del ‘estilo español’ y quien se lo comentó a Miguel de la Quadra-Salcedo. El madrileño lo empleó en una exhibición en París antes de que Clavero hiciera la marca. «Nos quedamos sin medallas en Melbourne porque no fuimos ninguno porque no se nos reconoció, pero a Erauzquin y De la Quadra los llevaron a Estados Unidos y a mí no. Si uno lo inventó, el otro exhibió y yo batí el récord, ¿por qué no fuimos los tres?», se preguntaba Manuel en un reportaje en La COMARCA en febrero de 2011. Él siguió superando su propia marca y sin tener respuesta a su pregunta.
También recordó cómo llegó a San Sebastián. Lo hizo desde Barcelona, la ciudad que le acogió tras su salida de Samper y donde compitió en Granollers y luego con el F.C. Barcelona. Aceptó ir al País Vasco cuando se lo plantearon. «No conocía la zona y como estaba soltero, no me importaba moverme», dijo. Su hija añade más datos. «Se alojaba en la pensión que llevaba la hermana de mi madre y se cumplió lo que le dijo la ‘yaya’ de que si se iba a San Sebastián ahí se casaría. En cuanto vio a mi madre, sin haber hablado con ella siquiera, llamó a Barcelona para decirle que, efectivamente, había conocido a la que sería su mujer», sonríe junto a la aludida, su madre Maribel González. Juntos criaron a Mabel y Naiara y ahora disfrutaban de sus nietos Hugo, Ibai y Valentina. La huella que deja es profunda porque el samperino fue entrenador y profesor de Educación Física. «Al tanatorio vino gente a la que entrenó hace muchos años y nosotras ni conocíamos. Estamos muy agradecidas por el cariño», dice. «Y todos con buenas palabras para el señor Clavero con su chándal azul y listas blancas, que es como lo recuerdan muchos».
En su infancia le ubicaban en el pueblo como el hijo de María y Manuel, modista ella y maestro y auxiliar en el ayuntamiento, él. Dos personas que emprendieron la marcha caminando siguiendo la vía del tren hasta dar con su hijo del que perdieron la pista en un momento de confusión al refugiarse de las bombas. Sabían que había llegado a Barcelona en un tren blindado y se encontraron. Se quedó huérfano muy joven y apenas volvió al pueblo pero, como recuerda su hija, «él siempre decía que era aragonés de Samper de Calanda».











